DANIEL MARTÍNEZ
Puede sonar extraño, pero Mircea Cărtărescu tiene una relación a veces muy cercana con la cultura popular. Aunque su obra ha destacado por su amplitud, sus alcances y ha llegado ya a ser de lo mejor de la literatura europea contemporánea, en ella es muy común encontrar guiños, alusiones o referencias directas a temas de música popular o incluso del mundo “geek”, lo cual la vuelve aún más entrañable para quienes gustamos de la cultura pop. De pronto vemos aparecer en sus libros un nombre del mundo de J.R.R. Tolkien o de Star Wars, pero sobre todo referencias a la música de finales de los sesenta y principios de los setenta, años de su juventud temprana.
Desde Nostalgia (1993) las empezamos a encontrar. En ese relato semiautobiográfico se refiere a sí mismo como un adolescente alejado de los gustos rockeros de sus compañeros de escuela, aunque los tiene muy bien ubicados:
Mis compañeros venían siempre a clase con discos, generalmente en mal estado, con las carátulas pegadas con cinta adhesiva a lo ancho y a lo largo. En el brillo de las carátulas destacaban los rostros duros, grotescos, de unos barbudos vestidos de manera excéntrica, o paisajes con fábricas melancólicas con chimeneas gigantes sobre las que volaba un cerdito alado. Vocablos misteriosos se cruzaban en el curso de las conversaciones a las que asistía ausente: “Inagada Davida”, “Led Zeppelin”, “Samba pa Ti”, “Imagine”. Murmuraban estribillos hipnóticos y recitaban versos ásperos: “No creo en Hitler / no creo en Zimmerman / no creo en los Beatles / Creo solo en mí / en Yoko y en mí/ Esta es la realidad / El sueño ha terminado” (p. 123).
Clara referencia al Animals de Pink Floyd y menciones directas de Iron Butterfly, Led Zeppelin y canciones de Santana y John Lennon. Los versos que menciona son el final de la canción “God”, esa especie de anticredo en el que Lennon abjuraba de todo, incluida su propia banda, apenas unos meses después de haberse desintegrado, para decir que solo creía en sí mismo y en su pareja Yoko.
Páginas después se lee: “Miraba con envidia a las parejas que caminaban abrazadas, a las mujeres vestidas a la última moda, a los jóvenes de mi edad con sus sempiternos discos bajo el brazo, intercambiándoselos delante de la tienda “Muzica”: Sticky Fingers más cincuenta céntimos por Deep Purple in Rock; Caravanserai, más el single My Generation de The Who, por Ummagumma” (p. 129). Menciones directas de álbumes de Rolling Stones, Deep Purple, Santana y nuevamente de Pink Floyd: el disco más experimental de toda su obra: Ummagumma (1969). Y a inicios de la tercera parte del largo relato, llamada “REM”, dice: “Echo otro vistazo a mi alrededor y mi mirada recae en una pila de discos colocados sobre una estantería pequeña. Saco uno que tiene en la portada una fotografía grande, a color, de un joven que sujeta por los cuernos a un carnero inmenso y lanudo” (p. 206). Otro claro guiño, ahora al álbum Ram (1971) de Paul McCartney.
En su novela más reciente, Theodoros, publicada en 2022 y en español apenas en 2024, encontré algunas curiosas alusiones “indirectas” a la obra de Tolkien y a la saga Star Wars. En una carta que el protagonista escribe a su madre, en la que enlista a las mujeres que lo acompañan en sus aventuras marítimas, dice: “Están además Daurita, Ftatateeta la egipcia, Leia Organa, Begonia, Icosaedra, Turcoaza, Berilia, Isaura” (p. 358). Sí, leímos bien: dice “Leia Organa”, la famosa princesa Leia de la saga de George Lucas. Asimismo, un par de veces menciona una victoria militar memorable, en un lugar llamado Gondor. Sí, Gondor, como el lugar en el que, en El señor de los anillos, habitan los hombres del senescal, donde se encuentra la gloriosa ciudad de Minas Tirith. En Etiopía, país en el que se desarrolla gran parte de la historia del libro, hay un lugar llamado Gondar, pero no existen registros de un lugar real llamado Gondor. Cărtărescu sólo cambió una vocal para hacer un guiño al lengendarium de J.R.R. Tolkien. Dice: “…pues aprendisteis de la derrota de Davarqi mucho más que de una victoria, y vencisteis luego en Gur Amba, en Gondor, y en Aishal, batallas gloriosas en las que los príncipes guerreros de Etiopía…” (p. 433). Y más adelante: “Aunque tu ejército también era más pequeño esta vez, como lo había sido a lo largo de todo tu camino salpicado de victorias —Gur Amba, Gondor, Ayshal—, no se te pasaba por la cabeza pensar en la derrota” (p. 512).
Pero la mención más importante es cuando habla del bisabuelo de John Lennon, James Lennon (c. 1831–c. 1898) y hace un repaso de la genealogía del beatle. Dice que James, hombre de origen irlandés con dotes de cantante, acompañó a Theodoros en sus travesías por el mar, pero la nostalgia por su país natal lo hizo querer regresar a Irlanda; luego la hambruna que se vivía ahí en esos años lo llevó a Liverpool, donde conoció a una mujer llamada Jane, con la que tuvo varios hijos, incluido Jack (1855-1921), el abuelo de John. Este, con talento musical también, tuvo quince hijos con una mujer llamada Mary, entre los que estaba Alfred (1912-1976), un hombre errático e inestable que se casó con una mujer de nombre Julia, quien disfrutaba de la música y la libertad. Con ella tuvo a John Lennon (1940-1980), con quien tuvo una relación complicada y distante. “Y John, que llegaría a ser un cantante famoso (…), había cambiado el mundo con su voz y su guitarra, con su nariz aguileña y sus gafas redondas, con su japonesa siempre acurrucada junto a él, con la borrachera infinita de su fin de semana perdido y, por fin, con las cinco balas de calibre 38 que recibiría por la espalda una sangrienta tarde de diciembre” (p. 482).
Todos los datos mencionados son reales, excepto el de la relación del bisabuelo James con Theodoros, el personaje histórico en el que está basada la novela de Mircea. Pero en su imaginación Mircea unió a un aventurero irlandés que cantaba una canción folclórica sobre una mujer perversa llamada Nellie Ray, con un hombre que llegaría a ser rey de Etiopía. Un siglo y tres décadas después, su bisnieto cantaría la canción “Maggie Mae”, incluida en el álbum Let It Be (1970), cuyos orígenes se remontan aquella canción folk. Sin duda todos estos detalles, mención aparte de la gran calidad de su obra, han hecho que el escritor rumano se gane el cariño de miles de lectores. O al menos de quienes, como yo, disfrutamos mucho de la cultura y la música popular. Nos leemos en la próxima.

Fotografía extraída de https://romaniancreativeweek.ro/