JESÚS UGARTE VÁZQUEZ
La «cocaína para niños» que a su vez oculta el verdadero nombre de una sustancia tan adictiva que resulta ser, en muchos casos, el preámbulo para otras drogas: el metilfenidato. Un medicamento estrella en el mercado farmacéutico, un hitazo noventero que incluso llegó a la pantalla chica con un Bart problemático tomando Focusyn.
A muchos niños de esa generación nos parieron enfermos, con la choya trastocada, al tiempo que veíamos estrellarse dos aviones contra dos torres en el centro de Nueva York. Niños enfermos que necesitaban un balance químico en la cabeza, niños susceptibles a la depresión, niños que debían adaptarse a un mundo así: caótico. Niños a quienes se les exigía concentración mientras a sus padres los embaucaban con el Fobaproa; niños endeudados.
Un medicamento que lleva la marca registrada de un país que resuelve todo con antidepresivos y su consumo representa las dos terceras partes del mercado mundial.
Las drogas no son tanto un problema como un síntoma —como decía el comediante George Carlin con esa visión tan crítica de gringolandia— de una sociedad hundida en el desasosiego de lo práctico, lo rápido, lo mejor. El bienestar express, la recuperación que no debe prolongarse más allá de un par de horas.
Del cambio de paradigma que significó pasar de la terapia tradicional al enchochamiento compulsivo, Barbara Ehrenreich en su libro Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo escribe:
“La psicología positiva, sea lo que fuere —hallazgo científico o palmaria tentativa de conseguir repercusión y dinero— ha venido a resolver los problemas más prácticos de la profesión. Desde finales de la década de 1980 existen en el mercado antidepresivos eficaces, que puede recetar un médico de atención primaria tras una consulta de diez minutos, así que, ¿qué les quedaba a los psicólogos? En la década de 1990, las empresas de sanidad privadas y las compañías de seguros norteamericanas le dieron la espalda a la psicoterapia tradicional, y dejaron de cubrir los tratamientos de esos profesionales que ofrecían cursos y terapias habladas largas.”
¿Cómo saber si los índices de felicidad registrados por Naciones Unidas no están sostenidos, en parte, por estos medicamentos? ¿Cuál sería la medida real de la felicidad si no se consumieran? Hay quienes argumentan que es algo normal, que es parte del desarrollo tecnológico de las farmacéuticas —acompañado siempre del ejemplo de la penicilina y de cómo vivimos mejor gracias a ella—, pero yo no puedo creer que haya que sortear con medicamentos aquello que nosotros mismos hemos provocado. Es decir, el combate contra las bacterias es una cosa; el combate contra nuestra ansiedad, nuestras fobias, nuestra desesperación, nuestra tristeza, es de una naturaleza muy distinta.
Diferentes estudios sugieren que una de las grandes fatalidades que llevaron al Imperio romano al declive fue la presencia de plomo en su uso diario. Hoy se habla de personas invadidas de plástico, fetos con tanto plástico que peligra su desarrollo. Si pensáramos como farmacéuticas, la solución sería simple: idear algún medicamento que extrajera del organismo todas las partículas de plástico acumuladas en la persona. Si pensáramos como empresarios, agregaríamos: que fuera un medicamento de consumo regular ($$$) y, dado que ya se puede eliminar el plástico del organismo, podrían lanzar por fin, y sin titubeos, el famoso «plastiqueso»($$$).
Elon Musk propone aumentar las jornadas de trabajo a 120 horas por semana o más. Una idea que nos remite a las condiciones laborales del siglo XVIII y que proviene de alguien que ha admitido públicamente los beneficios que le ha traído el consumo frecuente de ketamina, tanto a él como a sus inversores, quienes deberían estar agradecidos de que el señor se droga para que esos números sigan al alza. Así que, ¿cuál es el problema?

Imagen: Freepik
¡Excelente, muy interesante!