Fotografías: Cortesía
SARA ANDRADE
Me acuerdo haber visto una de sus tunas inflamadas, parecidas al corazón de los santos, iluminados por el fuego del Espíritu Santo, y sentir dentro del pecho una especie de correspondencia que sólo se puede sentir cuando te enfrentas a algo que parece que estabas esperando ver toda la vida.
Los mejores artistas son esos que, en lugar de crear algo de la nada, parece que descubren algo que ya estaba ahí desde el principio de los tiempos, esperando su turno para aparecer formados e iluminar la vida de los demás. Ésos que te señalan el paisaje que ya dejado de maravillarte por la costumbre y que te muestran una nueva manera de verlo.
Así me siento yo con las tunas de corazón inflamado de David Hernández. Así me siento yo con sus flores y el Cerro de la Bufa y los señores con sombrero y las niñas de trenzas largas.
Les conozco. Les he visto toda la vida tanto que se borran en el fondo de mi vida, pero cuando los veo de vuelta en la cuadrícula del Instagram de David, a veces me parece que estoy frente a un espejo.
Éstos son los colores que pintan mi alma. Éstas son sus formas. Éstas son las historias que me componen.
En el acto equitativo de artista y testigo, no puedo más que asombrarme de que David sea capaz de desempolvar lo que significa ser mexicano o, más específicamente, ser zacatecano. Lo que se siente ser millennial, haber crecido con acceso ilimitado al internet, escuchando música de todo el mundo, viendo películas en laptops que calentaban las piernas, viviendo hechos históricos a través de redes sociales; lo que se siente escoger el optimismo, a pesar de todo.
Así que siempre que pienso en el arte de David, pienso en sus tunas rojas con la cresta de hierba seca simulando el fuego de la inspiración divina. Pienso en la suavidad de las curvas de los cerros. O en las nubes que asemejan las panzas de las ballenas, o en el azul índigo de las sombras debajo de los ojos, en el rojo grana cochinilla, en el verde brillante de zacate luego de la lluvia, en el amarillo de las casas, en el rosa del rubor, en el marró de la piel quemada por el sol.
Pero también pienso en que esa primera vez que vi su tuna-corazón deseé, con el fervor de un niño que pide por un juguete o la ingenuidad de las misses de belleza que piden por la paz del mundo, que pudieran estar en la portada de un libro que yo escribiera en el futuro.
Se lo conté a David mucho tiempo después, cuando pudimos colaborar los dos de esa misma manera, que el hecho de poder tener una de sus pinturas en la portada de mi libro se sentía como un regalo.
Mi primera gran impresión de su arte fue egoísta y ambiciosa; quería cometer el mismo acto de los ladrones del Louvre y hacer mío algo que no habían fabricado mis manos, pero que representaba perfectamente lo que mi espíritu siempre quería decir.
Todo buen arte es codiciado, pues es la forma más cercana que tenemos de la divinidad. Y la divinidad no es más que lo humano dicho con precisión, eso que no acepta más ni menos que lo formulado.
Quizá por eso codicié sus tunas, sus flores y sus cerros, los perfiles de sus personajes, la solidez de sus manos, porque supe desde el primer vistazo que solamente él podía entender lo que era ver una tuna y pensar en el corazón del Sagrado Corazón o ver una casa vacía con señales del abandono repentino de sus dueños y encontrar ahí una historia digna de plasmar, o ver las espinas de la argemone y encontrar ahí una equivalencia en el proceso creativo.
David Hernández es el vocero de los que no vemos en su tierra un callejón sin salida, sino la tierra fértil de una creación honesta y real.
Él es la mano que te señala donde mirar el cielo para que puedas comprender su profundidad. Tan grande como sus murales, pero tan suave como el pastel de sus colores.
Así que pienso en sus tunas inflamadas, como un estandarte para hablar sobre la obra y el pensamiento de David, esperando que, con su forma familiar, pero transformada en objeto de meditación, resulte adecuado para comenzar a entenderlo y a experimentar junto a él la maravilla de ser testigo.
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David es alto y gentil, como te imaginarías al protagonista de una novela contemplativa.
Eso es lo primero que pienso cuando pienso en él. Y me doy cuenta ahora que escribo esto que es lo mismo que pienso cuando pienso en un cerro, así que supongo que yo, que ahora debo dibujarles a ustedes la silueta de David Hernández, debo partir del símil de cerro.
David está constantemente entre los caminos pisados de los cerros de la capital. Si ve un matorral o una flor que le parezca bella, le toma una foto. Si el cielo, parece decirle más de lo que suena el aire, también la retrata. En sus caminatas, no sólo por el cerro, sino también por la ciudad, cada esquina, resquicio o irregularidad tiene capacidad de formar parte de un lienzo.
Así como la pendiente suave del cerro, David habla cuidadosamente, dando la impresión de que está pensando en cada palabra antes de pronunciarla, y cuando saca su cuaderno de dibujo y hace una raya, un movimiento que no debería llamar la atención, se vuelve precioso, como cuando un cerillo saca chispas en la lija antes de encenderse.
De la misma manera, cuando te escucha, lo hace con atención. Abre los ojos y asiente; sonríe cuando dices algo gracioso y frunce el ceño cuando dices algo triste. Como un modelo ideal del ciclo de la comunicación, hablar con David se vuelve un flujo sin fricción, un diálogo en toda forma. Te hace recordar que la capacidad más importante que tenemos como humanos es el de la atención, la de aplicar voluntariamente nuestro entendimiento hacia lo que nos rodea.
Hay que estar atento para poder representar este mundo y su gente de la manera en la que David lo hace. Hay que ser gentil también. Y, quiero suponer, que también hay que ser alto, para tener ventaja de vista sobre la cabeza de los demás.
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Lo que busco explicar con esta descripción es que un artista es tan obvio como la mañana.
No se puede fingir que el sol no ha salido por el este.
Él mismo cuenta que desde chico dibujaba conejos, en la edad en la que todos los demás apenas podemos salir de los muñequitos de piernas de palos y manos gigantes. Su fascinación nacía de ver a los demás hacer aparecer un personaje de televisión en el blanco cegador de la libreta de dibujo, pero no solamente por el gusto de calcar, sino con todo el propósito de recrear. O, usando sus palabras, con el propósito de “atrapar”.
El dibujo es, sobre todo, práctica. Antes de que aparezca un mural avizorando la ciudad, hay páginas y páginas, pedazos de papel, servilletas, recibos. En el caso de David, quien se considera autodidacta, toda oportunidad para labrar su oficio es importante. Un boceto tiene la importancia de un lienzo preparado, pero porque él sabe que cada línea se apila en el cuerpo, en una memoria muscular que no aparece solamente por el genio de nacimiento, sino por el genio de la disciplina.
David es, sobre todo, un dibujante. El que sus piezas hayan alcanzado el tamaño de un mural, como él dice, es casi casualidad.
Lo que no es casualidad, sino esfuerzo diario, es su propio estilo, que fue germinando paso a paso, como un karateca que va adquiriendo un nuevo cinturón con cada nueva habilidad desbloqueada.
De dibujar a lápiz, David pasó a dibujar en acrílico y óleo y de ahí, dio el salto al muralismo. Un salto enorme, de deportista olímpico. ¿Cuánta será la diferencia entre una hoja de opalina y la pared de un edificio?
Debe haber una equivalencia también entre el recorrido de dibujar personajes de televisión en un cuaderno hasta llegar a dibujar impresionas propias y el recorrido que David hizo por el país cuando comenzó a trabajar con el colectivo Tomate. Dos viajes en un mismo momento: el viaje del artista que se encuentra a sí mismo en el movimiento de la brocha y el viaje a través de la geografía mexicana, que también informó su visión, que la acrecentó, que la nutrió.
Es por esta razón que la identidad de David vive en su proceso creativo. Él es un artista que se realiza cuando está en el acto de crear, que para él empieza con los ojos y la experiencia, con los recuerdos y los deseos a futuro, con su vida misma, como si todo él fuera parte del resultado final.
Como el sol, que pinta una curva en la bóveda celeste, su pintura nace inmaterial, una posibilidad dentro de él y su tarea no es más que desenmascararla, a través del dedicado trabajo del pintor.
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El primer día que hablé con David me narró sus impresiones desde el andamio que se volvió su segundo hogar mientras pintaba un mural en Ciudad Juárez.
Con la ventaja de un faro sobre el mar, él observaba a los transeúntes y vislumbraba sus historias a partir de su caminata, de su ropa, de las cosas que cargaban en las manos o del rumbo que tomaban. En la frontera, veía a la gente aparecer y desaparecer hacia un norte misterioso.
Veía las fachadas de los edificios a su alrededor y comparaba la suciedad del diario con la limpieza brillante de la pintura que él colocaba estratégicamente para formar una imagen. Era curioso para él tener que representar la historia, en forma de locomotora o con el rostro de un campesino, y luego ver otra historia desenvolverse frente a él, una más personal y anónima: una hilera de hombres cargando una escalera sobre los hombros, convirtiéndose en un gusano de desierto, personas dormidas en la calle, sin origen aparente, policías que reflejaban el cielo en sus lentes de sol, mujeres que cargaban comida y agua para los que, en su intento de irse de México, se quedaban en la raya, o eran escupidos por la crueldad de Estados Unidos.
En ese trabajo él tenía la oportunidad de convertirse en espectáculo y espectador. Y cuando me lo contó a mí, yo tuve la oportunidad de ver en acción ese proceso creativo en acción.
No solamente porque me pareció una anécdota deslumbrante, sino porque cada palabra que pronunciaba pintaba una imagen muy clara, como si en el aire delante de nosotros pudiera ver claramente al gusano hecho de hombres. No tuve duda alguna de que, si podía describirme con absoluta nitidez un recuerdo, la emoción que me embargó cuando vi sus tunas en forma de corazón era parte de su intención creadora.
Me estaba dejando llevar. Incluso si nunca hubiera visto una tuna en un nopal en mi vida, iba a entender precisamente lo que David quería representar, porque cada parte de su proceso estaba encaminado a ese propósito: el de ser visto, el de ser escuchado, el de ser sentido, así como él había visto, entendido y sentido el mundo a su alrededor.
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Su sensibilidad fue nutrida por la vida que tuvo al lado de sus abuelos, quienes lo instruyeron y le heredaron el gusto por la cocina, la introspección y el amor por el campo. Fue su abuelo quien lo llevó por primera vez al cerro a cortar las tunas que se volverían corazón y quien le enseñó a mover las manos para crear. Fue su abuela quien le enseñó la manera de estructurar sus palabras y sus pensamientos, en la forma ordenada de una canción o un poema.
David reconoce que durante muchos años dijo no haber crecido dentro de una familia de artistas, pero con el tiempo fue entendiendo que el arte se hace también desde la cotidianidad, de la vida que se hace con atención y cuidado, y no solamente ésa que se crea dentro de un salón de clases o un taller.
Si el arte es aquello que se elabora con la intención de que lo sea, ¿no puede ser una vida un pedazo de arte también?
Para David, el ser dibujante o muralista o maestro, tiene que ver precisamente con esta atención, que debe ser renovada de manera consciente todo el tiempo. Como artista, no puede darse el lujo de dar por sentado ni su espacio ni su propia experiencia, ni de desdeñar lo que puede ofrecerle el mundo, ya sea desde una galería de Pinterest o un libro de historia del arte. Así como es un artista generoso (y tienes que serlo si te vas a arrojar a la experiencia de pintar kilómetros enteros de murales) es un ávido espectador.
Y también es uno de la ciudad que habita.
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Zacatecas es un tópico difícil para los artistas zacatecanos.
Todos entendemos el doble filo de crear desde aquí, las complicaciones, los obstáculos y la invisibilidad inherente de estar fuera del centro artístico. En la ciudad no sólo hay falta de apoyo económico, sino también de apoyo entre los mismos creadores.
Es por eso que para David, el crear desde Zacatecas tiene que ser tomado desde el lado conceptual, para nutrir ese empirismo vital que estructura su estilo: la ciudad, dice, está en la médula de su trabajo.
Lo vemos en los nopales que dibuja, en las muchas caras de La Bufa, en las flores silvestres que adornan sus pinturas. Incluso, en la manera en la que las compone: muy barrocas, amontonadas, hechas de pedazos que forman un todo íntegro, que no podría ser de otra manera.
Es así que su obra se siente orgánica, extraída de la vista y plasmada en el lienzo del momento, pero rehecha, sin necesidad de caer en el hiperrealismo, porque la pintura no es una fotografía, sino es un acuerdo entre la necesidad de decir algo y la imposibilidad de decirlo perfectamente. Es eso que se queda en el medio, entre el deseo y la capacidad de sus dedos. Es la concesión total de su esfuerzo al material, ya sea un carboncillo o un bote de pintura Comex.
Zacatecas de mano de David está suspendida.
Es un alivio poder ver el Teleférico, coronado de nubes, cumpliendo su labor, fuera de todo el caos y la violencia de Zacatecas de verdad. Es un descanso necesario, una oportunidad de vivir a la ciudad como es, sin la pátina de dolor y desasosiego que tiene el resto del tiempo.
Su obra no está descontextualizada, ni romantiza ni niega su realidad. La obra de David toma una decisión, que todos los artistas hemos tomado en el momento de la creación. Entre escoger esta palabra o su contrario, entre la inclinación de este bisel u otro, entre este color y el siguiente, David decide que el azul de su cielo busca inspirar, que el rosa de tunas busca llamar a la reflexión, que el amarillo de sus flores busca regresar al por qué de la creación.
Es una propuesta valiente también. Ésa que invita a preguntarse por qué estar aquí, dibujando, pintando, escribiendo o construyendo. ¿Es por el dinero? ¿Es por la arrogancia del que se siente mejor que los demás? ¿Es por miedo? ¿Es por denuncia? ¿O es porque, simplemente, la idea de no crear es peor que la fatiga de la creación?
David entiende que para que un pintor pueda ofrecer esta oportunidad en sus espectadores, él mismo debe partir de un sentido de la pertenencia que sea real. Y no solamente una pertenencia a un estado o a un movimiento artístico, sino a una pertenencia corporal y espiritual propia, que en él se desenvuelve como un estambre, como una cinta de video. Empieza desde su vida familiar y sigue por su anhelo infantil de emular hasta llegar a las alturas inciertas del andamio sobre una ciudad desconocida.
Durante todo este recorrido, David ha sabido perdurar, no solamente en esfuerzo, sino también en carácter. Sus ojos siguen curiosos, su trazo sigue firme.
Y quizá es por eso que al enfrentarnos a cualquiera de sus piezas (ya sea una comisionada para un restaurante, a Pepe el Grillo, las nubes barrocas en su cielo profundo, sus pajaritos de barro pintado) no podemos dejar de maravillarnos ante la cercanía, como asomarte por la ventana y ver, por fin, ese mismo pulso que te habita.





