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DORALI ABARCA
Me da fomo cuando veo que todxs se ríen en la combi y yo traigo audífonos.
Una risa colectiva, un comentario que se vuelve escena, varias personas que se miran y se entienden por un instante.
La combi es un territorio colectivo y transitorio. Personas extrañas compartiendo calor, cansancio, prisa, silencio. Nadie sabe a dónde va el otro, pero todxs avanzamos juntxs por un rato.
Ahí circulan sonidos, pláticas ajenas, miradas, gestos. Los “buenos días”, las bendiciones al bajar, el “con permiso”, el asiento cedido, el “gracias”. Todo eso también cuenta historias. Son narrativas colectivas sin escritura, formas mínimas de comunidad.
Vamos juntxs, pero aislados. Convertimos el espacio público en burbuja privada. Elegimos qué escuchar y qué ignorar. Y casi siempre, lo que dejamos fuera son los otros.
No romantizo la combi: es incómoda, ruidosa, saturada. Pero ahí todavía se ensaya algo que hoy incomoda: estar con desconocidxs sin mediación, sin algoritmo, sin filtros.
Porque una sociedad que deja de escucharse en lo cotidiano aprende, sin darse cuenta, a no mirar alrededor. A no reconocerse en el ruido del movimiento.
Tal vez por eso conviene tanto que viajemos distraídxs, encerradxs en playlists y pantallas, creyendo que estamos conectadxs, mientras practicamos todos los días la desconexión.

Imagen: Freepik