IMAGEN: CÁMARA DE MORIARTY: Virginia en St James Park
GONZALO LIZARDO
He sido convocado hoy para saldar una deuda que contrajimos hace tres años, después de un evento consagrado al Ulises, realizado entre varios amigos. Desde entonces nos prometimos conmemorar con un conversatorio otra novela igualmente clásica, consagrada por el canon: La Señora Dalloway, de Virginia Woolf. Razones no nos faltan para traerla a la memoria, en estos días que ha cumplido cien años sin perder vigencia ni poder. A la manera de Sor Juana Inés, que destacó entre los portentosos poetas del Siglo de Oro, Virginia Woolf destacó entre los gigantes de la Novela Moderna Europea. Al igual que ellos —Thomas Mann, Marcel Proust y James Joyce—, Virginia Woolf estuvo obsesionada por aprehender la realidad concreta, el aquí y el ahora de una Europa asolada por las guerras. Tanto los unos como la otra reflexionaron sobre la forma y la estructura narrativas, con el fin de renovarlas y multiplicar la potencia expresiva de la novela.
Es sintomático que Joyce y Woolf buscaran un mismo objetivo: condensar la totalidad del Mundo en el devenir de un día. Pero son más elocuentes sus diferencias formales. Mientras el irlandés eligió una estructura laberíntica muy teatral, la inglesa nos propuso una estructura lineal, pero muy cinematográfica. En cierto modo, el Ulises es una tragicomedia cósmica disfrazada de novela, mientras que La señora Dalloway es una especie de filme experimental, traducido a novela, en una época donde el cine apenas daba sus primeros pasos. Me explico. En términos fílmicos, La señora Dalloway está narrada en un plano secuencia: una sola toma, sin cortes, que nos conduce de lo personal a lo social y de lo público a lo íntimo. De ese modo la voz narradora crea una agradable ilusión de flujo temporal, mientras nos pasea por el alma de sus personajes, sale por la ventana, camina por Londres, captura in fraganti los sueños de un diplomático, los delirios de un soldado o la nostalgia de una joven migrante. Una técnica similar a la que usaron La soga (1948) de Alfred Hitchcock y la reciente miniserie de Netflix, Adolescencia (Philip Barantini 2025).
Gracias a ese recurso técnico, la narración se vuelve espiral y polifónica. Nos traslada a un miércoles de junio del año 1923, en la ciudad de Londres. La guerra ha terminado, aunque la ciudad siga llena de ruinas y luto. Al centro, Clarissa Dalloway parece representar las virtudes femeninas de su clase, la aristocracia inglesa. Aunque sea una noble más bien atípica. Su educación privilegiada le ha permitido forjarse un pensamiento propio, liberal y ateo, que la incita a “hacer el bien sólo por amor al bien”. De joven leyó literatura “subversiva”, y tuvo un affaire lésbico con su mejor amiga, Sally Seton, una joven sin prejuicios que escribía poemas y que amaba romper las convenciones. Si Clarissa contrajo nupcias con el conservador Richard Dalloway, fue porque él le otorgaba la libertad individual que jamás le hubiera concedido Peter Walsh, su otro pretendiente: un casanova liberal que la describe como “la anfitriona ideal”, dueña de su casa, dueña de su tiempo, dueña de sus ideas y decisiones.
Como amante de la vida y la belleza, a Clarissa Dalloway le aterra su Sombra, su lado siniestro: todo aquello que le recuerda la fragilidad de lo vivo y de lo bello. Esta fobia es una especie de monstruo que se le aparece en ocasiones y aniquila su justa satisfacción por ser amada y por tener un hogar hermoso. Ese monstruo se manifiesta a través de Septimus Warren Smith, un oficinista que Clarissa no conoce. A diferencia de ella, Septimus tuvo una vida muy difícil. Muy joven abandonó a su familia, se educó en bibliotecas públicas, se enamoró de su profesora de inglés y se fue de voluntario a la guerra, donde acabaría perdiendo a su mejor amigo. Casado con Lucrezia, una jovencita italiana, Septimus padece una aguda neurosis de guerra: un trauma de estrés postraumático que le produce delirios de calibre apocalíptico.
Al contraponer estas dos figuras se esboza una interpretación alegórica de la novela. Clarissa Dalloway condensaría lo mejor del Imperio Inglés: su historia, su cultura, su tradición literaria y filosófica, los valores de una aristocracia liberal y progresista, afín al incipiente laborismo, pero sin el fervor monárquico de las clases populares. Septimus Warren Smith, por su parte, encarnaría a la generación de postguerra, la Sombra del Imperio: jóvenes de origen obrero que defendieron al Imperio en las trincheras y acabaron desarraigados, con la psique destrozada —como el protagonista de The Wall (Alan Parker 1982), la fábula antibélica de Pink Floyd. Cuando se entera del trágico final de Septimus, Clarissa se conmociona, no sólo por piedad. Todo en la novela la condujo a esta dolorosa epifanía. Cuando se derrumba su visión edulcorada de la vida y descubre que para sobrevivir —para no suicidarse— hay que encarar lo numinoso: lo sublime y lo siniestro que habita en la historia humana, en su propia nación y en ella misma.