DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
Existen diversas maneras de conocer el mundo. Desde hace un siglo, en occidente, se ha privilegiado la experiencia directa y demostrable de las cosas. Si corro hacia una pared, sin intenciones de detenerme, lo más probable es que esa experiencia me ocasione lesiones graves y uno que otro hueso roto. Sería una manera empírica de demostrar la dureza de los ladrillos versus la blandura de un cuerpo humano, así como las variables de la velocidad y del peso que tanto ha estudiado la física.
Otra manera de conocer el mundo es a través de la contemplación, la cual funciona con los ojos externos para despertar la mirada interna. Esto es, ver más allá de las formas reconocibles para encontrar significados que no sabíamos que estaban ahí. Quizás esto ocurre mientras observamos un atardecer, el mar, las montañas, incluso una pintura. Por ejemplo, con san Ignacio de Loyola (y su método contemplativo) se propició la experiencia directa de Dios a través de las imágenes, y las imágenes se usaron, en efecto, para ese fin.
Una forma de mi especial predilección es el conocimiento del mundo a través de la lectura de obras literarias. Pese a lo que digan, este tipo de conocimiento no necesita demostración alguna, ni mucho menos esa separación que implica contemplar un objeto de su sujeto. Cuando leemos, el pequeño reservorio de recuerdos, vivencias, imágenes y estados de ánimo se ensancha un poco más.
Puedo estar seguro de que, en muchas ocasiones, sentimos mayor empatía por un personaje de novela que por un familiar directo. O nos conmueve más un verso que un formidable amanecer. O aprendemos más de una fábula con animales de granja que de los dogmas de la escuela. Supongamos que tenemos a la mano El principito, de Saint-Exupéry. Leemos más de la condición humana (amistad, amor, vicios, traiciones, etc.) que en la biografía de cualquier hombre.
El riesgo (no tan riesgoso) es que confundamos esas realidades literarias con la realidad misma. No sabría distinguir entonces si un día comí una madalena y comencé a recordar toda mi vida, o lo hizo Proust. Tampoco sabría diferenciar si esa caminata de regreso a casa, después de la odisea de todos los días, la hice yo mero, u Homero. No sabría si el pueblo de mi madre es Momax o Comala.
A fin de cuentas, qué más da. La escritura de la literatura, pese a los contextos políticos, económicos y sociales siempre va un paso delante de la teoría y de la práctica. Hace más de cien años mentes como la de Pessoa o Baudelaire ya habían profetizado nuestro presente. O más cercano, Ramón López Velarde anticipaba esa metralla perpetua de su tierra. Por ello, no hay peligro en conocer el mundo desde la literatura y mezclar las realidades.
El tiempo, cómo trágicamente aseguraron filósofos como Schopenhauer o Nietzsche, no cambia. Lo único que se mueve o se transforma es la materia. A veces sentimos y comprendemos físicamente, otras anímicamente, otras letradamente. La sustancia con la que conocemos (el alma) es eterna. Nos leemos después.

En efecto, la lectura de obras literarias nos ayudan a conocer el mundo en todas sus formas. Se puede sentir mejor el odio, el desamor, la nostalgia y hasta el paso de una mariposa, porque a través de la narración, los autores nos mezclan entre las palabras que de manera atinada embellecen las imágenes y muestran la vida tal y como se puede ver en una realidad que nos rebasa.