DANIEL MARTÍNEZ
Hoy, mientras escribo esto, se conmemora el llamado “Día de la Raza”, esa celebración instituida por gobiernos del siglo pasado en la que se pretendía conmemorar el mestizaje y el sincretismo de los pueblos latinoamericanos, producto del “encuentro de dos mundos”. De un tiempo para acá se ha dado más por llamar a éste el “Día de la Resistencia Indígena”, refiriendo, en oposición, un despojo histórico, cultural y material de los pueblos originarios del territorio de lo que hoy llamamos México. El tema genera controversias y polarizaciones: hay quienes hablan del encuentro intercontinental como un hecho funesto que sólo trajo desgracias y despojo a nuestra porción de tierra; hablan de genocidio y saqueo con bastante rencor histórico. Por otro lado están los que observan el transcurso de la historia con fría objetividad, en tanto sujetos y productos del devenir histórico y dejan de lado esa noción de “daño” recibido por “los otros”, “los españoles”. Lo que sí es un hecho es la irreversibilidad de lo acontecido y que ese concepto de nación, eso que denominamos hoy México, querámoslo o no, es el resultado de un pasado indígena, una época virreinal de tres siglos y el periodo, digamos “poshispánico”: lo que llamamos el “México independiente” (apenas dos siglos). Y más allá de resentimientos por el pasado o de tomar posturas radicales, podemos hablar de quizá la consecuencia más importante del encuentro con España: nuestra lengua.
La Península Ibérica ha tenido un desarrollo histórico muy rico y variopinto en cuanto a pueblos que la han habitado e influencias que ha recibido. Ha sido, sucesivamente, habitada por tartesios, celtas e íberos; luego provincia del Imperio Romano; después invadida por pueblos germanos (visigodos, suevos, vándalos…); tuvo una época de ocupación árabe, terminada por la llamada Reconquista; y finalmente, los reinos hispanos medievales y las monarquías modernas. Todo esto dio como resultado la que hoy llamamos lengua española, que tuvo su desarrollo en el milenio más reciente (los 1001 años de la lengua española, el grandioso libro de Antonio Alatorre). Es la lengua heredada de España, de la que hemos creado nuestra propia versión y que bien pudiera aplicársele la misma descripción que hizo López Velarde refiriéndose a la “patria” y su “novedad”: “castellana y morisca, rayada de azteca”. No sé si exista una lengua tan rica y diversa, cultural e históricamente, como la española; y más aún, como la mexicana, con su pasado indígena y su cercanía con Estados Unidos. Además de tener alrededor de seiscientos millones de hablantes, es una lengua que, aparte de España, se encuentra dispersa en la mayoría de nuestro continente; es decir, es una lengua “descentralizada”: pese a la RAE, la lengua española ha tenido un desarrollo riquísimo en un territorio que abarca varios países con tradiciones lingüística, literaria y artística propias. La consecuencia más feliz de todo lo que venimos diciendo es la producción literaria en lengua española: amplia, heterogénea, abundante, “pluricéntrica”, variopinta histórica y culturalmente. No lo sé a ciencia cierta y quizá no se pueda saber, pero dudo que haya otra literatura con estas características (el inglés tiene una mayor cantidad de hablantes y una producción literaria más vasta, pero es una producción menos diversa y más centralizada). Casi me atrevo a afirmar que, por cantidad de países y hablantes, distribución, diversidad y riqueza cultural, la literatura en lengua española es la más robusta, si no en términos cuantitativos, sí en términos cualitativos. En este sentido, quizá sea más acertado decir que es la más nutrida.
Una persona cuya lengua nativa es el español puede tener el privilegio, si así lo quiere, de leer en su idioma original la poesía del Siglo de Oro (la mística y la profana), una novela de caballería, el Quijote, Sor Juana, los cuentos de Borges y Cortázar, la poesía de Neruda y Vallejo, la obra de Rulfo, las novelas del Boom latinoamericano, los ensayos de Paz y a los escritores de las llamadas generación del 98 y 27, por mencionar solo los ejemplos más notables. Difícilmente alguien pueda presumir de poder leer en su lengua natural una literatura de semejantes proporciones. Y natural en un sentido doble: porque es la lengua materna del lector y porque es la lengua original en la que fue escrita la obra, es decir, sin la intermediación de la traducción. Más que enaltecer o repudiar hechos históricos, podemos más bien celebrar legados culturales. Celebrar la fortuna de ser hispanohablantes, la fortuna aún mayor de ser hispanohablantes mexicanos y la mayor fortuna de todas: la de ser lectores hispanohablantes mexicanos.

PIE DE IMAGEN 1: Ilustración de El Quijote de Gustave Doré



