SARA ANDRADE
No tengo nada más que esta resiliencia que, a veces, me parece desubicada. ¿No debería echarme a llorar mejor? ¿A quién le beneficia esta muestra tan necia de optimismo? Si tener esperanza y no tenerla no afecta el resultado final, entonces ¿por qué no me dejo arrastra por la corriente salvaje del spleen?
Pero, como he enarbolado tanto tiempo esta bandera de la belleza en las pequeñas cosas, a veces siento que, de no hacerlo, dejaría de ser yo y, si no tengo nada más que esta bandera y esta espalda cansada, ¿por qué habría de entregárselas a la nada?
El otro día, de camino al camión, me detuve a ver un terreno baldío lleno de hojas que se marchitan. Durante la larga temporada de lluvia, el espacio estuvo a reventar de un verde húmedo y brillante, que me saludaba todas las mañanas cuando iba a trabajar. Del verde glaseado pasó al amarillo de las flores y del amarillo, al resplandor de las telarañas. Eso era lo que estaba viendo: una araña rayada caminando encima de su red, afanosa y siempre ocupada, a diferencia mía, que estaba de pie, ajena al mundo a mi alrededor.
Llevo meses pensando en que me gustaría meterme ahí y experimentar el terreno baldío del otro lado. No ser espectadora, sino ser hoja brillante o flor amarilla o araña hacendosa, pero sólo lo pienso en el segundo que paso por ahí y cuando me subo al camión se me olvida de nuevo.
Ese día, luego de una secuencia bastante patética de situaciones exasperantes, consideré hacerlo. Lo sentí en la parte trasera de las rodillas; el impulso de saltar, las ganas de querer hundirme al verde y verme a mí misma desde la banqueta, invitarme de vuelta a saltar, en un bucle de decisiones impulsivas. Sin embargo, antes de que la comezón en las piernas se tradujera en acción, detrás de mí pasó el camión que me iba a llevar al trabajo y, al no verme en la parada, se pasó de largo.
Genial. Ahora, por detenerme a ver las flores voy a llegar tarde al trabajo.
Sin embargo, nunca sentí el rencor que suele poseer cuando algo totalmente evitable sucede. No me enojé conmigo misma, no me enojé con el chófer, ni con el mundo ni con Dios. Me dio risa. Me hizo sentirme humana. Me hizo darme cuenta de que todavía tengo la capacidad de atestiguar las pequeñas bellezas y considerar eso un triunfo.
Me hizo recordar que, en el patio de mi casa, vivía otra de esas arañas rayadas de jardín. Le pusimos Berta y cuando tendíamos la ropa le dejábamos libre el espacio en el tendedero donde había anclado su telaraña. La veíamos mecerse en el viento, aferrarse a la reja cuando llovía, hacerse bolita cuando hacía sol y enredar, con mucho afán y paciencia, las moscas que atrapaba.
Un día ya no la vimos. No supimos si se murió o se mudó a un mejor patio. En el tendedero dejó una pelusa, que había sido la estructura de su casa durante su tiempo de inquilina.
En el camión, pensé que de haberla matado en el momento que la vimos, no hubiéramos tenido la oportunidad de verla vivir, solamente. De que viviera con nosotras y ya. No era necesario que hiciera nada más. No tenía que ser la mejor araña del mundo, la más guapa, la más inteligente. Solamente tenía que ser ella y nosotras, dentro de la casa, solamente teníamos que seguir siendo nosotras.
Así que, 15 minutos tarde para llegar en el trabajo, me lanzó pero hacia la metáfora, hacia la creación literaria, la que me salva cada vez, y construyo una oración en la que Berta y la araña del lote baldío piensan lo mismo que yo, y me ven con compasión, diciendo, ¿acaso no es lindo? ¿detenerse a ver las flores?