ENRIQUE GARRIDO
Llegó la spooky season. Desde niño disfruto de estas fechas donde lo terrorífico adquiere normalidad, lo monstruosos se vuelve estético. Abundan películas, libros, leyendas, anécdotas, videos… vamos, narrativas con un elemento paranormal, porque todos coqueteamos en algún momento con lo fantasmagórico, lo extraño, lo desconocido.
Me gusta caminar entre grandes hordas de monstruos que piden dulces, paisajes embrujados, fantasmas de jardín. Lo siniestro se vuelve familiar, la creatividad se enfoca en lo sangriento, se vive la exuberancia de las criaturas, sean mitológicas o cinematográficas, pues los disfraces son también termómetros culturales del miedo.
Pese al encanto que me genera la figura del monstruo, no recuerdo la última vez que me disfracé para una fiesta o evento. Pienso que se debe en gran parte al hermetismo que he adquirido a lo largo del tiempo, pues mientras muchos se visten de seres siniestros una vez al año, yo me disfrazo de normalidad todo el tiempo. Me divierte pensar a los monstruos como la materialización de los miedos, representaciones culturales de la naturaleza humana. Así, cada año aprovecho para evaluar mi nivel de monstruosidad.
El tiempo no pasa en vano y siento que he perdido la energía juvenil propia de la licantropía, pues, a pesar de conservar la vellosidad en el rostro, no hay luna llena que me saque de mi escondite, además, hoy más que nunca anhelo la plata. Quizá mi naturaleza se acerca más al vampirismo. Hace poco regresaron los intentos de probar los ajos, junto con los de tomar más sol y dormir temprano. Atrapado en el sarcófago laboral, soy mi propio alimento, poco a poco me consumo por las noches. Con algo de elegancia, soy más parecido al Nosferatu de Murnau, flaco de dedos largos, siempre de saco, horroroso para la mirada sensible, pero con la ternura para aparecer en Bob Esponja.
Admito que fallo como fantasma, la discreción no es mi fuerte y mis sábanas y ropa nunca se mantienen blancas. Encuentro más afinidad con el monstruo de Mary Shelly. No con Víctor Frankenstein, representación del ego humano, sino con la criatura sin nombre. En eterna búsqueda de sentido, comparto la melancolía de un ser marginal, pues también me construyeron de pedazos: películas, poemas, canciones, tristezas, alegrías, deseos, series, personas, pláticas, amigos, familia, seres queridos y no queridos; con orfandad de padre, busco encajar en un sistema que se empeña en excluirme: el capitalismo. Y es que el capitalismo es una fábrica de moderna de monstruos en serie, convierte humanos en zombies que despersonalizan a los demás, que sólo consumen carne, ya sea en OnlyFans, en Instagram, en TikTok, caminan erráticos con la mirada perdida y los brazos al frente.
Los monstruos se actualizan porque también lo hacen los miedos, pues reflejan las ansiedades culturales, sociales y tecnológicas de su contexto. Hoy le tememos más a amenazas como la guerra nuclear, la fuerza de la naturaleza o la escasez de recursos naturales. Aunque, en el fondo, seguimos temiendo lo mismo: la soledad, el rechazo, el olvido. En ese sentido, el monstruo sigue siendo un espejo más honesto.
Quizá por eso me resulta más fácil identificarme con ellos. No necesito disfraz para parecer un espectro de oficina, un vampiro que sobrevive a base de café y sueños vencidos. Camino entre hordas de zombis con el celular en la mano, sonrío como la criatura de Frankenstein cuando alguien me dice “buen día”, y huyo del ajo como de los coach de vida. Tal vez mi monstruosidad no sea un defecto, sino la última forma de humanidad que me queda.
«hoy más que nunca anhelo la plata»
«un espectro de oficina»
«Yo me disfrazó de normalidad todo el tiempo»
«Poco a poco me consumo por las noches»
«Atrapado en el sarcófago laboral»
Si, creo que está es una historia de terror, me asusté genuinamente, mi angustia creció. Quisiera creer que vivir así no es normal.