El libro se abre frente a nosotros como una profecía del mar rojo. Adentro la obviedad: palabras, pero más adentro se abre un hueco que luego se cierra para volverse vacío de nuevo. Los versos se encabalgan uno a uno como dos amantes que se cobijan con la penumbra y las sentencias de vida y muerte se entrecruzan como los retazos de tela que zurce una abuela para hacer ropa de cama: hilo tras hilo, puntada tras puntada, letras y puntos, espacios y aliento.
La poesía de Sergio Pérez Torres nos recuerda el acto fundamental de la poesía: nombrar y nombrarnos: hacernos verbos y carne, náufragos y visitantes. Sin embargo, el viaje no es lineal, los temas son diversos y los motivos cambian, aunque las sentencias permanecen como una sed antigua que no acaba de saciarse.
Dispersonal es el origen y el centro, pero no el final; es una recolección de fragmentos que conforman una Pangea literaria de mi querido amigo. De alguna manera, este libro es apenas un collage de las múltiples máscaras que ha habitado Sergio antes de que finalicen los días: la de amante, la de su alumbramiento, ser mitológico y ojos de buitre, pero también está la máscara del hijo amoroso y el lector que hace del mundo un intertexto en el que la lengua no basta, pero que, incluso, tampoco lo hace el silencio.
El corpus de estos poemas es extenso, como la mirada de Sergio, nos incita a escribir(nos) sin miedo, aunque con precauciones, a vestirnos con la piel del otro y a comenzar de nuevo, oda del desamor como un amanecer que renace, y a quedarnos en el amor que es elíptico. Comenzar de nuevo: cada poema, cada vida, cada odisea, cada lectura, porque si hay algo que nos deja constancia este libro es que lo único que no está permitido es lo estático.
Dispersonal, en propias palabras de Sergio, es lo disperso y personal. Queda en nosotras y nosotros, queridas lectoras y estimados lectores, la tarea de engranar las piezas de este rompecabezas hasta que regresemos al Paraíso o dejemos constancia de nuestro ser en este Edén propio de los mortales: sufrientes, amantes, eróticos y sintientes, mirajes navegando sobre un mar de alcohol, creando y descreando, zurciendo y deshilando porque sí, así es la vida: personal y fragmentada.
Hoy los invito, como simple y mortal lectora, a adentrarse en las palabras de Sergio, a desmontarse la ropa y vestir también una que otra máscara antes de comenzar el ritual de la luna. Dos cosas más: incluso en tierra desolada, mientras haya un amigo, yo tengo un hogar, y mientras tengamos comunidad aquí alumbrará El Mechero. No lo olviden juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero