Reseña
DANIELA ALBARRÁN
Me gusta mucho la literatura que están haciendo las mujeres en Japón porque me invitan a conocer, además de su cultura, otras formas de pensamiento y una visión del mundo que yo no conozco. Desde que leí a Banana Yoshimoto, hace ya algunos años, me he zambullido, a través de las letras, a su país. He encontrado cosas maravillosas y he podido ver que la mayoría de escritoras como Mitzuyo Kakuta, Sayaka Murata, Yoko Ogawa, de quien hablaré en este textito, e incluso Murakami, tienen algo en común: hablan del mar, en la orilla del mar, bordean el mar y hablan sobre mujeres, pero no desde una perspectiva occidental, ni siquiera las ven de manera constumbrista: las mujeres de estos escritores son comunes e incluso, desamparadas, pero no causan lástima, ni admiración, tampoco es para compadecerlas, sino simplemente para mostrar lo que sienten, lo que piensan, sin juzgarlas.
Hotel Iris es un libro extraño, busco una palabra mejor para describirlo, pero no la encuentro; es extraño y lánguido, transporta al verano, a la playa, al amor prohibido, sabe a sal, a los pies cuando los ahorca la arena; es un libro donde aparentemente no pasa nada, y si el lector busca divertirse o emocionarse, este estilo narrativo no los entretendrá.
Pero justo eso es lo maravilloso de la narrativa de Yoko Ogawa, aunque jamás me enganchó, tipo, no puedo dejar de leer el libro, tiene algo atrayente, y es tal vez, el hecho de que muestra cómo se relacionan dos personas: Mary y el traductor.
No sé cómo sentirme frente a su relación, ella tiene 17 años y él ya es una persona muy mayor, es inevitable pensar en Lolita, pero también es inevitable no pensar que no debe gustarme este tipo de literatura, pero el libro existe, y dejo al lector de esta columna y de la novela, que juzgue desde su perspectiva.
Mari siente una atracción por el Traductor, no es física en un principio: es de autoridad, de sumisión. Ella es la sumisa, y está consciente de ello, de que su cuerpo, para él no es otra cosa más que un objeto de uso, deseo y deshecho.
“No me convertí solamente en silla, sino en toda clase de objetos: mesa, mueble, zapatero, reloj de pared, lavabo, cubo de basura. Él me ataba los brazos y piernas, las caderas, los pechos el cuello […]” ( p. 137)
…y mientras más la lastima, más placer sienten los dos.
Es, por supuesto, un libro erótico (no sé si deba disculparme por llamar erotismo a un libro donde la mujer sufre vejaciones) pero, Ogawa sabía perfectamente lo que quería provocar en el lector: odio y deseo al mismo tiempo; odio hacia el anciano, deseo por el cuerpo lacerado de Mari. No es por supuesto Sade, ni siquiera se acerca a esas abyecciones del cuerpo, aun el deseo sigue estando velado, aunque, extrañamente, es muy explícito.
Léanlo si les interesa la literatura erótico/contemplativa, si quieren tener una lucha moral en su interior, también. Es un libro que quizá ha pasado desapercibido, pero no tiene pierde, es delicioso, es asqueroso también.
