MARÍA DE LOS ÁNGELES MORENO PADILLA
En el marco del Día Internacional de la Lengua de Señas, ser receptoras y receptores de un mensaje a través de la vista y el corazón de quienes viven día a día la experiencia de ser parte de la Comunidad de Personas Sordas es una lección de vida, resiliencia y dignidad.
Julieta Rodríguez, presidenta de la Comunidad Sorda de Zacatecas A.C. y miembro activo de la Unión Nacional de Sordos de México (UNSM), nos comparte con franqueza y sensibilidad lo que significa abrirse camino en un mundo que, con frecuencia, se olvida de garantizar accesibilidad y derechos.
“Ser persona con discapacidad auditiva es una lucha diaria y constante”, afirma. La escuela, la vida laboral e incluso los servicios de salud suelen cerrarse como muros invisibles. Durante su paso por la secundaria y preparatoria, enfrentó burlas, rechazo, indiferencia y el cruel comentario de un maestro que le dijo: “si no oye no es mi problema, mejor váyase a su casa”. Sin embargo, Julieta no se detuvo. Hoy, orgullosa, comparte que ha retomado sus estudios y cursa la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Durango.
El punto de inflexión en su vida llegó a los 16 años, cuando conoció la Lengua de Señas Mexicana (LSM). “A partir de ese momento descubrí mi propia identidad. Comprendí que no estaba sola, que pertenecía a una comunidad y que podía comunicarme plenamente desde quien soy”. Para Julieta, el Día Mundial de la Lengua de Señas significa reconocimiento: “Es el reflejo de la lucha que hemos venido dando para lograr inclusión y respeto a nuestros derechos humanos”.
Aunque la discriminación persiste, también hay destellos de esperanza. “Es reconfortante cuando alguien se esfuerza por comunicarse en señas, cuando me deletrean una palabra o me preguntan cómo se dice algo. Esos pequeños gestos nos hacen sentir una plena inclusión”.
La tecnología, dice, se ha convertido en un puente invaluable: aplicaciones que transcriben voz a texto, plataformas con subtítulos automáticos, redes sociales y hasta la inteligencia artificial facilitan su acceso al conocimiento. Pero no basta. Para lograr una verdadera inclusión en la educación, Julieta defiende la educación bilingüe, en la que las y los docentes dominen profesionalmente la LSM y se garantice la presencia de intérpretes con certificación.
Su mensaje también se eleva contra un fenómeno que considera preocupante: la trivialización de la lengua de señas. “Muchos la ven como un hobby o una forma de lucrar en redes sociales, pero sin bases ni respeto por nuestra cultura. La LSM no es español, tiene su propia gramática y expresividad. Solo quienes se preparan profesionalmente pueden enseñar con responsabilidad”.
Cuando se le pregunta por su sueño de inclusión, responde con sencillez y de forma irrebatible: “Si pudiera entrar al cine con mi hija y disfrutar una película con subtítulos; si pudiera hacer mis trámites sin depender de que un oyente me acompañe; si la gente dejara de gritarme al enterarse de que soy una persona sorda… entonces sí estaríamos hablando de una sociedad inclusiva”.
A la postre, hace alusión a lo siguiente: “Somos una minoría, pero importamos. Estamos aquí y tenemos los mismos derechos que toda persona. La lengua de señas es patrimonio lingüístico de México y aprenderla es un derecho, pero también una responsabilidad de respeto hacia nuestra cultura”.
En Julieta, y en cada miembro de la Comunidad de Personas Sordas, late la convicción de comprender su mensaje desde su lengua, su historia y su lucha, es abrir los ojos a un México que solo será completo cuando nadie quede fuera de la conversación ni de sus derechos fundamentales.

Fotografía: Cortesía. Julieta Rodríguez, presidenta de la Comunidad Sorda de Zacatecas A.C. y miembro activo de la Unión Nacional de Sordos de México (UNSM).