ALFONSO VALENZUELA CISNEROS
En la fútil individualidad del hombre, la mayoría está destinada a la intrascendencia. El suspiro que somos se convierte en grito mudo ante el voraz infinito, y nuestra huella es tinta deleble sobre una faz a la que no le importa nuestro paso. Somos el reciclaje cósmico de la explosión de estrellas innombradas.
Llegamos al sitio del que no se nos pidió ser parte. Nuestro llanto y desnudez fueron cubiertos por el entrañable abrazo materno; exploramos la vida y sus colores desde los primeros pasos: la frescura de la primera gota de lluvia, el sabor de la fruta madura, las alas de la mariposa o la piel erizada al ser rozada tenuemente por una hoja. Fueron sensaciones primeras con las que, en la tersa conciencia infantil, se vislumbró el mundo boyante en que se habita.
Luego, la cotidianidad mató la capacidad de asombro y nos perdimos en la vorágine del hastío. El adulto le arrebató la visión multicolor a su niño interior y lo encerró en el calabozo del negro, que solamente sabe degradar a lo claro. Los grises intermedios son ahora el prisma con el que se vislumbra una realidad limitada.
Aun ante la bruma, siempre asoman pequeños esbozos de la magnificencia de la creación. El universo artístico se abre para los que están despiertos a la existencia, los que conciben partituras que tocan el alma, los poetas que evocan a la memoria y el suspiro, los que con pincel en mano buscan retratar en el llano lienzo los vestigios del mundo platónico, donde perviven entidades universales, perfectas y eternas.
Emerge la divinidad de la causa primera oculta en lo recóndito de nuestras partículas elementales y el arte se convierte en el altar donde el hombre se descubre infinito, no porque pretenda ser Dios, sino porque de él deriva la capacidad de crear donde antes no había nada.
A veces sólo se requiere una pequeña llama para iluminar el instante que nos fue concebido.