CARLOS FLORES
No se alarme, estimado lector, si por un momento el título de este texto le hace pensar en el apocalipsis o en un par de hermanos tocando a su puerta para hablarle sobre John Smith y la biblia americana, pues al elegir este título pensaba más bien en Nerón, tal vez en el gober precioso o en algún o alguna directora institucional, no estoy seguro, ya que, como el fenómeno Jacakbson, una cosa me llevó a la otra; y a propósito del nombre, creo que este será uno de los últimos días en los que podré hacer uso de la libre expresión, pues los políticos de ahora parecen ser de la generación de cristal y ya no estarán dispuesto a que una bola de babosos, como quien aquí escribe, hagan mofa de sus babosadas.
Regresando al tema, quiero comentarle, mi estimado lector, que al estar revisando la literatura clásica con uno de mis grupos de clase, rescatamos un texto, que no es clásico en absoluto, pero habla del famoso emperador romano, Nerón, aquél que, dicen las malas lenguas, quemó una parte de la ciudad de Roma, la parte pobre, para ser exactos, para poder construir su palacio de oro –un lugar para él y su grandísimo ego–, culpando a los cristianos incipientes de haber sido los perpetuadores del gran incendió acontecido allá por las primeras décadas del siglo I.
La historia también hablaba de cómo llegó al trono: siendo hijo adoptivo del emperador Claudio el trono no estaba destinado para él, sino para el hijo legitimo de aquél, Británico; sin embargo, con un poco de ayuda de su asesina madre, Agripina, quien mató al emperador, y un poco de su propia voluntad, también homicida, manifestada a través del asesinato del legítimo heredero, Nerón pudo usurpar el trono para la desgracia del pueblo romano, pues el nuevo amo de Roma resultó ser un mediocre gobernante, un humano estúpido y vanidoso, así como un ególatra que pensaba sólo en sí mismo y nunca en su pueblo, como todo aquél que, al no ser un líder nato, termina ahogado por el poder, confundiendo el buen gobierno con la satisfacción de sus caprichos.
Y es que, para ser un buen gobernante, sobre todo en la antigüedad, primero habría que haber sido elegido por los dioses, aceptado por el pueblo, y, sobre todo, amar con toda el alma y el corazón al pueblo que se va a gobernar. Pero cuando se llega al poder de manera ilegítima o tramposa, el hombrecillo que logra estar en la silla de poder primeramente se abruma con el sin fin de cosas que hay que resolver; toma decisiones erróneas debido a su falta de empatía con el pueblo que gobierna; termina atrapado entre una bola de gentes falderas que le elogian todo el tiempo, buscando sacar algún hueso o interés, creyendo de verdad, ante esa serie de elogios falsos y maliciosos, que sí es el gran gobernante que aquellos con sus lisonjas le hacen sentir; reflejando, de manera natural a un sujeto incapaz de hacer algo bueno con el poder que le fue otorgado, que termina odiando más y más a su pueblo por criticarlo, y que, en su inconsciente paranoia (pues en el fondo sabe lo que realmente es), es capaz de destruirlo, dejarlo en la miseria, en el desamparo y a su propia suerte… ¡Ay!, pobre de mi país, gobernado por este perfil por donde quiera que uno mire.