ENRIQUE GARRIDO
La moral me obliga a no desear el mal, pero la realidad deja pasar algunos demonios. Hace unas semanas la SCJN ratificó que Grupo Salinas debe más de 48,326 millones de pesos en impuestos, casi la mitad del patrimonio declarado del empresario. Me sentí feliz y no fui el único. Vamos, no simplifiquemos, pues estar de acuerdo en que este señor Burns de la realidad mexicana pague sus impuestos no significa ser partidario de la administración actual. Más bien lo considero un acto de justicia poética.
Y no es para menos, pues Ricardo Salinas tiene una fortuna estimada (en 2024) en más de 13 mil millones de dólares fruto de prácticas de crédito agresivo, productos financieros costosos y un amplio dominio mediático que fortaleció su imagen y presencia comercial, así como contratos y convenios al amparo del poder. Su deuda viene desde hace 16 años y, una vez que agotó todos sus amparos, en lugar de asumir su responsabilidad, decidió confrontar al Estado, cuestionar la división de poderes y amenazar con llevar el caso a instancias internacionales.
Al final tiene para pagar eso y más porque como buen capitalista no va a arriesgar su ganancia y probablemente precarice más las condiciones laborales de sus empleados, despida a algunos y busque robarse la Navidad. Personalmente dese que como a Pedro Páramo le cobren caro lo que debe y… no sé, que lo abandonen en una isla desierta o lo pongan a competir en un reality perverso, e insisto que no soy el único.
Desde hace un tiempo el cine de Hollywood ha impulsado un subgénero de películas cuyo objetivo es reírse de los ricos, exponiendo vicios como la avaricia, el clasismo, el individualismo extremo y la desconexión con la realidad social. Se trata de Eat the Rich, un tipo de sátira social en forma de comedia negra, drama o terror, que critica abierta y simbólicamente a las élites económicas.
Películas como Parasite, Triangle of Sadness o The Menu retratan la desigualdad social, la misoginia, la ignorancia y el racismo que acompaña a los capitalistas, usando el terror o el drama como amplificador del malestar social. No por un sentido de denuncia social, sino porque los productores detectaron el creciente interés, derivado del hartazgo de la clase trabajadora por historias que cuestionan la desigualdad.
Lamentablemente sólo cae en la vendetta personal y no propone otro tipo de relación estructural o social. Baste recordar a Luigi Mangione, quien asesinó a Brian Thompson, el CEO de UnitedHealthcare, el 04 de diciembre de 2024.Su acto no resolvió la desigualdad ni el abuso de las corporaciones de seguridad, sin embargo, para muchos fue un acto de justicia social. Así se presenta el cine Eat the Rich como una catarsis, una válvula de escape a un sistema que cada día nos oprime más, fantasías de revancha, de igualdad de condiciones; no obstante, si lo vemos del otro lado, también presenta al capitalismo como un sistema que no se puede cambiar, pues sólo mira lo personal sin poner atención a lo estructural.
Lo mismo sucede en el plano real. El caso de Salinas Pliego no cambia nada en lo profundo de la desigualdad, porque los millonarios siguen ahí, blindados con abogados, amparos y community managers que trabajan horas extras para convencerte de una conspiración, o de que son los empresarios quienes mantienen el país estable. Al final me quedo con la frase de la revolución francesa: “Cuando el pueblo no tenga ya nada que comer, comerá a los ricos”, así sólo nos queda fantasear que a los empresarios nos los comeremos en abonos chiquitos.
Hola, si fantaser, solo eso y sin ser partidiario de la administración actual como bien los dices, ese cambio, que nunca pretendio ser un cambio, no se dio de una manera tan visible, no puedes parar una locomotora, nadie podría, tenemos tantos años de anclaje neoporfista que atenderlos a todos y todo a la vez sería una labor titánica, digna de un Dios, aqui no hay eso. Pero, si se dicen ser los que gobiernan, diferentes, no podrían tratar los problemas de la misma manera que la de antes, aunque se hayan creado en aquellos tiempos, parece un tema gastado, pero a mí también me gustaría ver a Salinas Pliego pagando sus impuestos con un dinero que creció a expensas de su negocio con el gobierno y del que conveniente arremete ahora, llamándolo gobiernicola.