SARA ANDRADE
Hay un video en YouTube cuyo título (además del contenido) disfruto mucho: The internet used to be a place. Antes, el Internet solía ser un lugar.
Es una de esas frases que lees y te das cuenta que describen una sensación o una realidad que ya conoces de sobra, pero a la que no le habías puesto palabras. Antes, cuando querías navegar por Internet, tenías que ir a un lugar designado, llevar a cabo un ritual de conexión y pasar un tiempo designado para navegar sus aguas virtuales. Si continúo por ese símil, pienso que entrar a Internet, cuando era un espacio al que acceder, era como entrar a un tanque de agua para practicar buceo. Ése es otro espacio que a mí me intriga: esas piscinas de 30 metros de profundidad, cubiertas de azulejo blanco para aprovechar la mayor cantidad de luz reflejada en ese momento en el que la cantidad de agua impide el paso de cualquier tipo de iluminación. Ambos espacios, la piscina profunda y el Internet de los noventa, conectado por cable, poseen esta propiedad de espacio liminal, de backroom fascinante. Están poseídos por una soledad que nunca había considerado, sobre todo porque ahora el internet para mí significa justo lo contrario: estar siempre acompañada.
Pero la realidad del asunto es que el Internet solía ser una tarea de aislamiento: para poder conectarte tenías que desconectarte de la línea de teléfono, que en ese entonces era el único medio de comunicación inmediato. Para poder entrar a cualquier página web, había que escribir la liga en la barra de direcciones, porque antes no existía el directorio infinito de Google. Tenías que tocar directamente a la puerta y esperar a que alguien te abriera del otro lado. Así que, sentado en el trono, frente a la pantalla de cristal y plástico, escuchando el ventilador del CPU que pesaba kilos, te preparabas a ponderar en el orbe, solamente tú y aquello que apareciera en la pantalla.
Ese Internet estaba vacío y, visto en retrospectiva, era rarísimo.
Cuando entrabas a blogs o foros, la única persona en línea eras tú. Cuando te metías a una enciclopedia en línea o querías jugar un juego, el único visitante eras tú. Quizá en una sala de chat había cierto sentido de simultaneidad pero de ahí en más, eras tú y las estructuras digitales dejadas por un misterioso otro.
Hay una estética que ha estado tomando notoriedad en redes, acuñada “Utopian Scholastic” o Scholastic utópico, llamado así por el estilo de libros que la editorial Scholastic tenía a finales de los noventa y principios de los dos mil, sobre todo cuando solían hacer las ferias Scholastic (de las cuales pude participar en mi antigua primaria y secundaria) y del diseño de interiores que tenían las librerías en ese entonces: una mezcla cálida entre museo, cafetería y salón de clases, con representaciones de fenómenos naturales, plantas y animales, materiales escolares, objetos científicos, elementos arquitectónicos, patrones, como suelos a cuadros o teclas de piano. Piensen en el Encarta 2000. Piensen en el Mundo de Beakman. Algo así.
Cada que tengo un encuentro con esta estética, ya sea en TikTok o en Pinterest, no puedo evitar sentir un fuerte golpe en el pecho, algo entre la nostalgia y la sorpresa. No puedo creer que esa haya sido mi infancia. No puedo creer que ya haya pasado y no puedo volver nunca a vivirla: ahora, ese presente que me parecía tan futurista, resulta que no es nada más que un recuerdo, una estética vintage que ahora forma parte de un listado en el Internet hiperconectado que ahora me habita a mí y yo no en él.
Me queda esa sensación afantasmada, raruna, de que ese Internet ahora está clausurado, detrás de una reja que no puedo traspasar porque hay un candado sin llave. Es como ir a Plaza Futura y ver un local abandonado. Ahí, hace años, se había fraguado la idea de un futuro y ahora, 25 años después, no queda nada más que la impronta de un objeto. Como cuando quitas un sticker de una superficie luego de años y solamente queda su silueta.
Ahora ya no hay museos en 3D o foros con fondos desquiciados o blogs con música en midi. Ahora, hay Twitter o Instagram o Facebook y nada más. Ahora, todos estamos atrapados en el mismo lugar, gritando al mismo tiempo. Ya no hay tanques profundos y pacíficos, ya no hay rituales frente a escritorios hechos para sostener los armatostes de la conexión digital. El futuro en el que vivo es uno aún más increíble y totalizador del que pude haberme imaginado a los 9 años y, sin embargo, tan inmaterial e indiferente que no puedo evitar añorar ese tiempo mágico, especial, en el que el Internet estaba en un lugar.