FROYLÁN ALFARO
Cuando uno escucha por primera vez la frase “el mundo no existe”, lo más normal es pensar que quien lo dice tiene algún tipo de problema. Ya que sólo suena a truco filosófico para llamar la atención. Sin embargo, el filósofo Marcus Gabriel, que es uno de los fundadores del llamado nuevo realismo, utiliza esa frase, pero no para negar la realidad, sino para decir que hay una ilusión que venimos arrastrando desde hace siglos.
Permítame, querido lector, explicar un poco a qué se refiere con eso. Imagine que usted intenta capturar todo lo que existe dentro de una fotografía, y no me refiero a una panorámica, me refiero a todo. Desde las neuronas que en este momento se activan en su cerebro hasta las galaxias que orbitan a millones de años luz de nosotros, pasando por los pensamientos más íntimos de las personas, hasta la estructura del universo mismo. Es decir, una fotografía que contenga cada objeto y cada proceso. Imposible ¿verdad? Pues eso, precisamente, es lo que diría Gabriel, eso, capturar cada una de esas cosas, es lo que pretendemos cuando hablamos del mundo como un todo.
Para Gabriel, la palabra “mundo” nos engaña porque sugiere que existe un contenedor único donde cabe absolutamente todo. Como si existiera una caja gigantesca dentro de la cual se encuentran todas las cosas reales. Pero esa caja nunca la encontramos porque no hay un punto de vista desde el que podamos ver “el todo” sin excepciones. Lo único que encontramos son partes, regiones, fenómenos, dominios. Y cada uno de estos dominios (las matemáticas, la política, la biología, las emociones, el arte, etc.) tiene reglas y estructuras propias. No forman un gran bloque, sino que son una diversidad de sentidos y no siempre son coherentes entre sí, por lo que no podemos hablar de una unidad de todos estos sentidos.
Pero, entonces, ¿qué queda de la realidad? Bueno, el filósofo en cuestión nos diría simplemente que queda más realidad. Él llama “campos de sentido” a los diferentes dominios donde aparecen las cosas y reconoce que tienen un carácter objetivo. Las emociones, por ejemplo, existen en el campo de sentido psicológico-afectivo, aunque no puedan estudiarse de la misma forma en que estudiamos las partículas. Las leyes morales existen en el campo de sentido normativo, aunque no puedan pesarse o medirse como la masa o las distancias. La mesa frente a usted existe en el campo de sentido físico, aunque su estatus sea diferente al de una ecuación matemática.
Lo interesante, además, es que estos campos de sentido no derivan unos de otros. No hay un campo de sentido último que le dé fundamento a todos los demás. La física no explica el arte, aunque estudie sus pigmentos; la biología no explica las matemáticas, aunque estudie el cerebro de quienes la practican. Precisando un poco diríamos que, cuando Gabriel dice “el mundo no existe” se refiere a “mundo” en el sentido de construir un “sistema total” que incluya todos esos campos de sentido al mismo tiempo. Parece, como algunos de ustedes estarán pensando en este momento, que eso no es relevante, pues lo único que hace es cambiar la terminología con que nos referimos a lo que hay afuera, sea mundo o realidad o lo que sea, pero yo me atrevería a defender que no es así, pues hay algo de importancia en la reflexión de Gabriel y es invitarnos a abandonar la tentación metafísica de que hay una última descripción de todo, una teoría del todo, pues eso sería una ilusión similar a la de capturar todo en una fotografía.
Aunque, claro, ustedes, queridos lectores, impulsados por ese ímpetu filosófico que tienen podrían argumentar que el hecho de que no podamos observar el todo, no significa que no exista. Y ciertamente, no estaría usted muy alejado del pensamiento científico que confía en que hay una unidad que subyace a lo existente y que todavía no comprendemos. Y dirían, además, que la realidad es coherente aunque se presente de manera fragmentada, y sólo basta apartar la vista de este texto para confirmarlo, diría usted. Yo no podría decir nada en contra de eso.
Sin embargo, la pregunta sería ¿esa unidad es un descubrimiento posible o una proyección de nosotros? Es decir, tal vez la obsesión por una realidad o sustancia última no sea una exigencia de la naturaleza, del mundo o del cosmos (llamémosle como mejor nos suene), sino una costumbre intelectual heredada, esa tentación de capturar todo en teorías. En todo caso, la propuesta de Marcus Gabriel es en contra de los argumentos totalizadores, pero no para ir corriendo a abrazar un escepticismo fácil, sino más bien para reconocer que la riqueza de lo real se nos da en múltiples niveles y que reducirlos a un único marco o punto de vista nos empobrece.
Quizá, querido lector, decir que “el mundo no existe” es una provocación necesaria para recordarnos que la realidad no es un bloque uniforme, sino un mosaico de sentidos en el que habitamos sin poder abarcarlo todo.