DANIEL MARTÍNEZ
Quizá por las referencias con que cuento (que son más poetas que teóricos o críticos) y quizá también por una visión personal del mundo, siempre he entendido a la Poesía como el ejercicio que intenta acceder a la otra cara de la realidad; o a su reverso, a lo que se esconde entre los detalles, a lo que está en todos lados pero no lo podemos ver, a lo otro que está oculto. Detrás de lo que llamamos realidad y de la realidad sensible, hay otra: todo eso que se revela sólo en ciertos momentos de lucidez o de experiencias estéticas y que la poesía nos hace atisbar. Al escribir un poema, los poetas extraen una parte de esa otra realidad, de ese código secreto que está en todas las cosas. El poeta desencripta el código del mundo y lo presenta a la humanidad por medio del lenguaje poético. Al leerlo, pareciera que se nos revela la estructura interna, oculta, de las cosas.
Cuando hablo de “realidad”, me refiero a todo lo que experimentamos día a día por medio de los sentidos y la razón. Esa realidad incluye al universo físico en el que nos movemos todos los días, pero también abarca a otro dominio: el mundo virtual en el que buena parte de la humanidad incursiona cotidianamente. En The Game (2018) Alessandro Baricco llamaba a este otro mundo el “Ultramundo” y sostenía que los responsables de la existencia de ese ultramundo son todos aquellos genios informáticos que a lo largo de las últimas cinco décadas han ido conformándolo. Los más destacados entre ellos (un Mark Zuckerberg o un Steve Jobs) y la revolución que han ocasionado, son comparables ―según Baricco― a los grandes ideólogos y filósofos que en siglos anteriores fueron causa de grandes cambios en la humanidad: los filósofos de la Ilustración o del Marxismo, cuyas ideas sacudieron al mundo e inspiraron revoluciones, por decir un ejemplo.
Pues bien, este Ultramundo, como lo llama Baricco, ese otro orbe virtual en el que andamos por medio de avatares (nuestros perfiles en redes sociales) en verdad tiene un código, una estructura interna que lo constituye. Y los que están detrás de eso son todos los que pertenecen a la comunidad informática. De alguna forma ellos son los artífices del “Ultramundo”, de ese otro universo en el que todos nos presentamos e interactuamos cotidianamente con los demás. Entre aquellos genios informáticos revolucionarios, los “arquitectos de software” y todo el conjunto de los programadores, han edificado y sostienen al mundo virtual.
Visto de esta manera, puede hacerse una analogía entre los poetas y los programadores. Mientras que los poetas desentrañan los pliegues de la realidad y descubren el código secreto del cosmos, los programadores son los que tienen en sus manos el código del “Ultramundo” e interactúan con él día a día. No es que los programadores creen obras de arte o belleza o que conciban su trabajo como una labor artística. ¿O será que sí? Quizá en unas líneas de código haya tanta belleza como en las líneas de un poema, o los programadores, al leer o escribir código, experimenten algún placer estético. Habría que preguntarles. Pero el punto es que tanto unos como otros creadores realizan operaciones análogas a la inversa: mientras que los poetas tratan de desentrañar el código del mundo, los programadores tienen el código del mundo (virtual) pero luego lo convierten a su representación visible.
En ambos hay, de hecho, una poiesis, en el sentido del término griego del que proviene la palabra “poesía”, y que significa literalmente “hacer”, “producir” o “crear”. Por medio de su código, los poetas crean obras que intentan explicar el mundo y al mismo tiempo crean otro que es el reverso de este. Del otro lado, también por medio de su código, los programadores literalmente hacen, producen al mundo virtual que tanta importancia tiene para todos en estos días. La poesía tiene código y el código tiene poesía; ambos son poiesis. No sé si esto sea una analogía arbitraria, pero la amistad y familiaridad que tengo con personas de ambas disciplinas me llevó a hacer estas reflexiones. U ocurrencias; el lector tendrá la última palabra. Nos leemos en la próxima.

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