JESÚS UGARTE
I
Unos periodistas inscriben un piquette barato, disfrazado con una elegante etiqueta, en un prestigioso concurso de vinos… y ganan una medalla de oro. Una periodista instala de forma clandestina un cuadro pintado por niños de apenas dos y tres años en una feria de arte en España, y nadie duda de que el artista anónimo es un verdadero maestro con experiencia. Una marca de zapatos lowcost se hace pasar por una marca de lujo, recibiendo buenos comentarios sobre su calidad y diseño, y vendiendo sus productos a sobreprecio.
La apariencia es, sin duda, el acceso a un mundo maravilloso de posibilidades. No es un camino fácil. Hay que ser astuto para encubrir la falta de talento o calidad bajo una envoltura despampanante, sugerente o emotiva. El mismo efecto de consumir estos sucedáneos es el que nos ha llevado a aceptar una vida rentada. Nada es de nosotros, pero aparenta serlo: encubriendo la precariedad al llamar al hacinamiento “roomies” o “coworking” y luego adornar el anuncio de dichos espacios con un “pet friendly” o “tenemos café gratis”.
Salir del hacinamiento, ver al vago que está tirado en la esquina de la acera y evitarlo, aunque por definición su condición sea igual a la de nosotros: homeless = sin casa. A una gripa de terminar con nuestra fuerza de trabajo y recurrir a la deuda, que no es otra cosa que pagar renta por nuestras vidas.
Si no ha existido un descontento generalizado, es precisamente por el envoltorio. Porque crecimos viendo Friends, pensando que no era malo juntarse a vivir con amigos (aunque luego los actores vivieran en grandes mansiones), sin contar con lo difícil que es compartir un baño entre cinco personas o mantener bajo resguardo los alimentos que algún gandalla quiera tragarse. Amigos que se van, te dejan con la renta incompleta y buscando a un nuevo inquilino. “Ambiente amigable, no discriminamos, somos todos hijos de Dios”.
II
“Hay que saberse vender”, me dijeron un día que acudí a una entrevista de trabajo para formar parte de un corporativo farmacéutico. El puesto era de vendedor ejecutivo, y nunca me imaginé que, para vender medicamentos, había que ser un tipo entusiasta, alegre, carismático, lleno de energía. Misma razón que me ha llevado a cuestionarme el papel de las botargas del Dr. Simi.
No las entiendo. Puedo entender las caricaturas en los cereales para niños (cuya presencia se halla hoy casi extinta por incitar al consumo insalubre de edulcorantes), pero no entiendo a quién le puede llegar a atraer comprar medicina sólo porque hay una botarga de un doctor con obesidad bailando El pasito perrón. —“¡Mira cómo baila el Simi, vamos a comprar unas aspirinas!”— es algo que no puedo entender.
Y con esa mentalidad, fui rechazado para el puesto. La recomendación de la entrevistadora fue que me supiera vender, que mostrara una “actitud positiva”. Y de pronto eso me sonó a prostitución: a que debía agradarles, seducirlos, atraerlos.
Se quedó en el puesto un tipo con camisa slim fit, que seguramente pagaba su suscripción al gimnasio y hablaba con una seguridad que jamás he tenido. Después del desaire, me miré en la ventana de un auto y vi que mi cuerpo enclenque sostenía un saco que me quedaba nadando. Supe entonces que jamás vendería nada.
Mi hermano es, en cambio, un vendedor de camionetas Jeep. Un tipo como Tony, de la novela de Fresán, que acapara los reflectores y que pocas veces tiene dudas sobre lo que va a decir a continuación. Yo camino con cautela —una que raya a veces en la indecisión y la desidia— mientras que él es capaz de alegrarte y convencerte de que hoy será un buen día.
Y no siempre está mal. ¿Pero que todo sea así? No nos preguntamos si es factible comprar un carro en una ciudad atiborrada de vehículos, sino por qué no habríamos de tenerlo: “Yo que me he partido el lomo”, “yo que merezco abundancia” (como dijera la esposa de un famoso servidor público que quería curar con agua a niños con cáncer). “El que poco pide, poco merece”, dice el refrán, y ahí están las cadenas de oración para pedir prosperidad o el borreguito que tu tía te regala todas las navidades… después de llevarse medio pavo en sus tuppers.

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