ENRIQUE GARRIDO
Uno de los gags de los Simpson que más me gusta salió en la temporada 25, en particular el episodio cuatro, y en este caso es en inglés. En una de sus tantas platicas de dormitorio, Marge dice: “I feel kind of, oh, melancholy”, a lo que Homero piensa “Mmmmm… Melon collie…” mientras se imagina un perro collie constituido de rebanadas de melón. Sé que parece burdo, pero me gusta pensar que el chiste tiene más profundidad.
Cuando se piensa en melancolía, creo que no se tiene una idea a lo que se refiere, generalmente se le relaciona a un estado de depresión o tristeza, ya sea como sinónimo o equivalente. Sin embargo, en ella habita una luz particular, algo que nos atrae, que quizá nos muerde, pero que también nos invita a la reflexión, a la introspección, a conocernos a nosotros mismos. Ítalo Calvino decía que “la melancolía es la tristeza convertida en luz”, lo que ya la separa de la penumbra en la colorimetría del estado de ánimo.
En el libro En contra de la felicidad. En defensa de la Melancolía, el autor Eric G. Wilson señala la relación entre la melancolía y la creatividad. No se puede vivir en un estado permanente de felicidad, pues es insostenible, y un ideal inalcanzable, además de que su búsqueda puede ser destructiva, como en el abuso del prozac. Por su parte, la melancolía, según Wilson, es necesaria para que cualquier cultura prospere, pues en ella subyace la fuerza de toda idea original. Lo anterior la convierte en la musa de la buena literatura, pintura, música e innovación y pone de ejemplo a Francisco de Goya, Emily Dickinson y Marcel Proust, todos ellos melancólicos confirmados.
Para los griegos, la melancolía no estaba en el corazón o la cabeza, sino en el hígado. Melancolía viene de melán (negra o triste) y kholé (bilis). Los antiguos creían que el temperamento de las personas dependía de las secreciones, es decir, de los humores segregados por el organismo. Eran propensos a la depresión en quienes predominaba la bilis negra, un estado de ánimo que se le llamó melancolía o humor melancólico.
Tiempo después se separó de la depresión, más no se alejó mucho. Para James Hillman, “la depresión abre la puerta a algún tipo de belleza”. Y es en ese espacio, entre el fin de la felicidad y el inicio de la tristeza, donde navegamos a través de las aguas turbias de aliento y agonía, que nos abre horizontes hermosos y lúgubres. Además de intersticio de creatividad y peligro, tiene algo de laberíntico con el vértigo de perdernos. Bajo un paisaje azul, toda excursión aquí coquetea con la estadía.
Ahora bien, no toda creación nace de la melancolía, pero cuando lo hace, suele cobrar una densidad inmensa. Hablar de melancolía no es referirse a la depresión clínica, la cual exige atención, cuidado y acompañamiento. Cuando nos quedamos en el naufragio en alta mar de la noche, cuando dejamos de ver al collie de melón, es importante buscar ayuda.
Tal vez la melancolía no nos pida respuestas, sino sólo escucharla atados a un mástil; no huir de ella ni glorificarla, conocerla sabiendo que incluso lo frágil, raro y oscuro puede iluminar, y si la vemos de más, dejarnos ciegos. Como dijo Nietzsche: “Todo aquel que confíe lo que sufre al papel se convierte en un autor melancólico”. Así, abrazar nuestro lado oscuro, aceptar los nubarrones, la “felicidad de estar triste” como la definió Víctor Hugo, es aceptarnos a nosotros mismos, es traspasar un umbral que no todos están dispuestos, y flotar por esa penumbra amable, donde la levedad de felicidad ya no alcanza y la tristeza se siente, y de esa forma tener la posibilidad de mirar de distinto modo.

Hermosa tu introspección.