JOSÉ MÉNDEZ
Tus ojos amanecen bajo un umbral de silencios.
¿Quién eres?
Espejo de luz arrodillado al aire,
isla de la tarde que detiene la muerte de las olas,
bolsillo de la ráfaga,
Vocablo inventado para sustantivar el faro que ahoga una despedida.
El sitio de la tormenta avanza después de la fijeza que detiene la astilla.
Así nombras tus desdenes,
el destierro ínfimo que se clava como cristales entre uñas.
De tus manos la carne vuelve al polvo,
En este espacio la memoria detiene cada sombra de barro,
cada mordedura encarnada en las costillas.
Te ato a las ramas de mi cuello,
balanza que hunde las hojas no hay vacío,
la nada a la ovación de tu cuerpo, al chasquido.
Vuelvo como el firmamento a la incertidumbre de tus dudas,
dejas caer los labios sobre las cicatrices de este oasis,
Te sientas y finges las postura de un horizonte,
un desierto que desaliña la caída del incendio.
Eres la herida que petrifica la hoguera negra de mis males.
Me sanas sobre la copa de un ángel,
me arrullas sobre las alas de un árbol.
Límite entre la transparencia y la locura de tu cisne.
Deja caer tus labios nuevamente,
desciende a esta orilla,
a la llave que a b r e fuego al refulgir,
A la soledad de este otro destierro,
a tus manos figurando el mundo,
al exilio que pasas por alto toda madrugada.