El cuerpo recuerda lo que la memoria niega. Y la poesía, con su paciencia de animal nocturno, vuelve siempre a ese territorio primero: la piel que late, que tiembla, que arde. Abrimos este número de El Mechero con la certeza de que toda escritura nace ahí, en esa frontera donde el impulso se vuelve palabra y la palabra, al tocar el mundo, lo modifica.
Hay poemas que respiran antes de ser leídos. Se abren como una espalda que se estira al amanecer, como un tórax que busca aire después de un largo silencio. En ellos la vida pulsa con una sinceridad que el lenguaje apenas puede sostener: el cuerpo como herida, como brújula, como casa que se reconstruye a pedazos. Un cuerpo que sabe caer, pero también sabe encenderse.
La poesía de este número se mueve en esa zona viva, donde la tinta parece sangre y la imagen, una cicatriz que ha aprendido a nombrarse. Las voces que aquí se reúnen no buscan ocultar sus temblores; por el contrario, los llevan a la página como quien ofrece un fruto partido. Sus textos atraviesan la garganta, la carne, el latido entre costillas. Escribir el cuerpo es también tocar lo sagrado que habita en lo mínimo: un pulso, una respiración, la sombra de una mano.
Quizá porque el cuerpo es también territorio político, afectivo y espiritual, estos poemas se plantan en la vida cotidiana con la fuerza de una raíz inesperada. Dicen lo frágil sin sucumbir, reclaman su sitio con el gesto suave de quien sabe que el lenguaje puede ser un refugio. Hay fuego y hay agua en estas páginas; hay manos que aprenden a sostener lo que parecía imposible; hay una danza que no esquiva sus contradicciones.
Si algo nos enseña la poesía es que la existencia no está hecha sólo de grandes gestos, sino de pequeños estremecimientos: el parpadeo, el músculo que tiembla, la voz que se quiebra y vuelve a levantarse. Por eso este número es, ante todo, una invitación a leer con el cuerpo entero, a sentir cómo cada verso toca una fibra, cómo cada imagen despierta una memoria dormida.
Queridas lectoras y estimados lectores, encendemos El Mechero una vez más para iluminar estos pliegues. Que las palabras aquí reunidas acompañen, abracen, desarmen, curen. Que quienes abran este suplemento encuentren en sus páginas un espejo donde la piel —su propia piel— pueda respirarse de otro modo. Porque toda poesía verdadera vuelve al origen: el cuerpo que tiembla, el cuerpo que insiste, el cuerpo que arde. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero