DANIEL MARTÍNEZ
Un hombre en sus cincuenta y su suegro conversan, cerveza en mano, en una reunión familiar. La charla ocurre en los noventa. El suegro es el prototipo del gringo conservador republicano retrógrado. El yerno es un hombre frustrado y un tanto hipócrita. El diálogo es este:
SUEGRO: Cosas como ésas no pasaban por aquí cuando era joven. La gente decía “señor”, “señora”; las familias permanecían juntas. (…) Había más dignidad. No estaban todos en las calles gritando sobre sus derechos.
YERNO: Sí, bueno… Si las cosas estaban tan bien, nunca habrían cambiado.
SUEGRO: ¿Me estás diciendo que el mundo no está empeorando? He visto a los chicos de hoy: todos de negro, con maquillaje, cosas en la cara. Todo es sexo. ¡Clinton!
YERNO (visiblemente exasperado): Sabes, a lo largo de la Historia, apuesto que todos los hombres viejos probablemente dijeron lo mismo. Y los ancianos mueren y el mundo sigue girando.
El diálogo pertenece a una de las mejores series que he visto en su primera temporada: True Detective. Martin Hart, el yerno, aunque es un personaje detestable por hipócrita, en esta conversación da una respuesta contundente que deja al quejumbroso anciano sin palabras. Y tiene razón: generación tras generación y a través de los siglos, seguramente muchas personas mayores han dicho algo semejante y el mundo sigue evolucionando, no sabemos si para bien. Hace unos días vi una imagen de una tabla de arcilla en la que se leía más o menos: “Vivimos tiempos malos, los valores ya no son los mismos, los hijos ya no obedecen a sus padres, el mundo está perdido”. La tabla pertenece a la antigua Mesopotamia y tiene como 4000 años de antigüedad.
Cuando vi por primera vez la escena de True Detective, pensé: ojalá nunca sea como ese viejo. Y trato de no hacerlo, pero pasados los treinta años, a varios nos ha pasado que nos sentimos así. Y no puedo evitar preguntarme, como quizá cada persona y cada época lo ha hecho, si en realidad vivimos tiempos tan malos. Cuando pienso que no, me cuestiono si no estaré cayendo en un falso optimismo autoimpuesto por una necesidad de congraciarme con los tiempos actuales, de no sentirme ajeno a la época en que vivo y condenado a ser el tipo amargado que está siempre hablando de un pasado mejor. Y a pesar de lo que dicen algunos gurús de la modernidad y la era digital, no puedo dejar de experimentar una sensación de extravío con mi época: la violencia cotidiana, la música que prolifera, la decadencia de la cultura escrita, la frivolidad de los contenidos que consumen adolescentes y niños, la opinología de las redes sociales. Todo pareciera degradarse, pero supongo que es la sensación que todas las generaciones han tenido.
Nací en 1988. Pertenezco a la generación que se ha llamado “Millenial” o “Generación Y”, la de los nacidos entre 1981 y 1996. Como muchos de mi generación, fui niño en los noventa y eso vaya que significa mucho. Recuerdo la fiebre de los tazos y las leyendas que se esparcieron sobre ellos: que Elvira podía salir de uno y ahorcarte, que un tazo había degollado a un niño, que el cerdito de unos de ellos se había materializado y asesinado a un otro… Que eran, pues, objetos diabólicos que había que evitar o deshacerse de ellos. Hubo quienes los incineraron, realizando una especie de quema ritual de algo malvado. Por supuesto, fueron inventos de los adultos para combatir esa adicción que muchos niños de entonces llegaron a experimentar. Fuimos bastante ingenuos: recuerdo también el miedo al Chupacabras y todo lo que se decía: que si era un alienígena, que acababa con los ganados, que se había aparecido en tal o cual lugar. En verdad creíamos eso, que por ahí andaba una criatura sobrenatural, prueba evidente de la existencia de algo más allá de lo conocido en esta vida o en este planeta. Porque vaya, hasta los noticieros hablaban de eso. Desde luego, fueron inventos de Televisa y el gobierno priista para distraer a la población mientras perpetraban sus desfalcos; una “cortina de humo”.
Como muchos, fui adolescente en los dos miles. Y esa, no los noventa, fue la década que nos empezó a formar musicalmente. Crecimos escuchando a Linkin Park (y toda la onda del Nu Metal), P.O.D, Limp Biskit, Papa Roach, The Strokes, Franz Ferdinand, System of a Down, Evanescence, Kings of Leon, The Killers, Arctic Monkeys (o para quienes les gusta más lo Pop Punk o Emo, Green Day, My Chemical Romance o The Rasmus); artistas que ya tenían algunos años pero en los dos miles empezaron a sonar más, como Foo Fighters, Deftones, Blink 182, Marylin Manson; u bandas que ya tenían sus años pero que en los dos miles pegaron fuerte, sobre todo Red Hot Chili Peppers con su Californication y By The Way. Y hay también canciones que son emblemas de la década, como “Hey Ya!” de Outkast, “Island in the sun” de Weezer, “Are you gonna be my girl” de Jet o “Float on” de Modest Mouse. Y sí, lo diré también: cuando MTV todavía era un canal de música. Nos servía como un radar musical y a muchos nos ayudó a empezar a formar un gusto personal. Sé que dejo de lado muchos artistas de otros géneros como el pop, pero me enfoco en el rock porque fue el que me formó a mí y porque incluso considero que los dos miles fue la última década en la que el rock todavía tuvo un lugar de privilegio entre la música más escuchada.
En cuanto a la época que nos tocó vivir, creo que la generación realmente transicional fue la nuestra. Vivimos el paso de lo analógico a lo digital, pero más importante aún: Internet llegó cuando estábamos creciendo y en ese sentido fuimos pioneros. A varios nos tocó ser los primeros en utilizarlo en nuestras familias, pueblos o ciudades; utilizar chats a la antigua, el Windows Messenger o descargar nuestra música con Ares o Lime Wire. Fueron tiempos fascinantes. Pero lo mismo: tal vez es lo que todos dicen de su época y generación. Quizá la generación Z dice lo mismo de su era de hiperconectividad, tiktokers e influencers.
Y ese es, de hecho, otro punto que causa divisiones sobre los tiempos actuales: ¿Hasta qué punto puede tener poder la opinión y publicaciones de una persona como ellos? Juan Villoro dice en un libro reciente (No soy un robot, 2024):
Si Instagram y TikTok pueden ser vistos como espejismos de la realidad, para la mayoría de los jóvenes el pasado es una irrealidad. En este ámbito, la credibilidad de la información no depende de la autoridad intelectual o la reputación de la fuente, sino de un tutorial anónimo o de un influencer cuya reputación depende menos de lo que comunica que de la cantidad de seguidores que tiene.
Y Jorge Volpi, en un libro aún más reciente (La invención de todas las cosas), escribe:
Para los nostálgicos, el fin de las figuras de autoridad se asimila a una catástrofe (…) ¿Qué hacer cuando no queda ningún criterio nítido para evaluar una ficción? ¿O, más bien, cuando cualquier opinión se asume tan válida como otra? Las redes sociales exacerban aún más el relativismo: no es tanto que cualquiera pueda opinar como que puede hacerlo de forma intempestiva. Influencers, tiktokers y youtubers, ―nuestros efímeros críticos actuales―, no son ya expertos sino figuras cuyo prestigio se basa únicamente en su número de seguidores.
De nuevo: todo parece tornarse difuso y algunos llegamos a sentir que nos ahogamos en estos días. Pero esa es, supongo, la historia de todas las generaciones. Mientras tanto, para no ser el suegro de Martin, podemos despreocuparnos y entonar una de nuestras canciones emblemáticas:
And we’ll all float on OK
Already we’ll all float on alright
Don’t worry even if things end up a bit too heavy
We’all float on alright

Imagen: Freepik