ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
El género de la biografía falsa tiene en William Beckford a uno de sus más finos y esmerados impulsores; el hecho de que las vidas que el autor inglés relata en su obra: Memorias biográficas de pintores extraordinarios, no estén signadas en documentos de estado, no quiere decir que su existencia sea nula, tan sólo nos asevera que vida y literatura duermen en la misma cama, apenas separadas por la sábana de popelina. Los artistas retratados por Beckford vivieron y aún viven cada que acontece ante el lector la maravilla de sus días en el texto que escribió quien, se dice, fue “maestro” de Lord Byron.
Entre estos pintores se encuentra el macabro Blunderbussiana, hijo de pirata, asesino natural y pintor de escenas lóbregas. Su carrera como artista plástico inicia en el bosque mientras da caza a pequeños animales, luego, mientras horada el cadáver de un gato, un artista maduro lo toma por modelo y enseguida como aprendiz, el joven que había quitado vidas animales y humanas logró ser conocido en el mundo artístico por su evidente talento y estilo original. Le gustaba la bebida y con frecuencia acudía a los cementerios, borracho ahogado y en compañía de sus compinches, para desenterrar un cadáver al que desmembrar y tomar por modelos los despojos. Hasta que un día su peculiar búsqueda de motivos artísticos le provocó una fiebre intensa que lo hace alucinar con los miembros cercenados: pies y cabezas. El delirio terminó en muerte y el cuerpo del artista como objeto de estudio en el colegio de cirujanos. Sus obras, escribe, Beckford: “siguen aterrando a los tiernos de corazón”.
Pienso, al leer la obra arriba citada, en el pintor Theodore Gericault, me atrevo incluso a imaginar que él capítulo de Beckford acerca el pintor artista y profanador de tumbas mucho le debe al autor de La balsa de la Medusa, eso o es que el impulso morboso por pintar cadáveres es tan frecuente como el mismo que origina los paisajes con florecillas y los retratos de abuelas mendicantes. Gericault, como antes Rembrant y antes Da Vinci y otros tantos de sus contemporáneos, hasta el paisano Francisco Goitia, pintaron cadáveres humanos como un esfuerzo sagrado por encontrar en la carne las respuestas al eterno misterio de la vida del ser humano. En la actualidad artistas como Teresa Margolles, con sus instalaciones con desechos y rastros de la guerra de carteles en México y otras violencias,, y el fotógrafo Max Aguilera-Hellweg en su serie “El Sagrado Corazón: atlas del cuerpo humano visto a través de la cirugía mayor”, en la que presenta momentos crudos de la práctica cotidiana de un cirujano, lo que un cirujano ve durante su vida profesional, pero con la sensibilidad y la mirada de un pintor del Tenebrismo español.
Tomar como modelo y como pretexto estético a la víscera, a los “adentros”, es muestra de sinceridad y manifiesta una certidumbre fundamental de lo que somos, antes de cualquier insuflación mística, anterior al discurso, somos “eso” y es “eso” lo que experimenta la existencia material y sensual que luego se transformará en rasgo de carácter y personalidad para finalmente interactuar en el gran organismo que es la cultura. Somos ese amasijo de carne, huesos, viscosidades y sangre, tejidos, membranas, mucosa, primeo que nada y antes de todo. ¿Qué pasa cuando no se trata de nuestras vísceras ni de nuestros tejidos ni adiposidades, ni la obra es una exploración cruenta de la forma abyecta que nos constituye y en cambio el modelo es la carne y las tripas de ese otro con el que compartimos el mundo: el animal?
Paulina Dhamar Navarro, artista y bióloga, ha realizado pinturas y obra gráfica en donde los modelos son cadáveres de animales, vísceras y órganos de criaturas a las que ha podido manipular, observar como otros observan amaneceres o escenas románticas, pasear su mirada por las protuberancias turbias y membranosas de la carne blanda, en estado puro, como queda demostrado en la obra “Latidos y texturas”. Luego de la observación científica, escrupulosa y metódica, Dhamar Navarro ejecuta una representación fidedigna de lo que ha experimentado sí con su vista, pero también con el resto de los sentidos, como Gericault al pintar los miembros cercenados sobre la mesa de su estudio. Que se trate de animales hace que su obra sea doblemente impactante: estamos frente a la verdad de lo que existe y ante la verdad de nuestra miseria, pues ¿no nos hemos valido de los animales para toda suerte de actividades humanas, desde explotarlos, convertirlos en alimento, usarlos hasta destruirlos ya sea en nombre del hambre o del conocimiento? La mirada sincera sobre los detritus animales que pinta Dhamar Navarro alzan las sabanas de la cultura y nos sorprenden en nuestra desnudez, tanto física como emocional y cultural, así como Blunderbussiana, un ser hermoso y atroz, dueño de una mirada maligna, pero inocente. Aún hasta aquí prevalece la duda: ¿en dónde está o de dónde viene lo que anima a esas tripas? Recomiendo poner atención a la carrera de esta joven pintora y no perderse ninguna de sus obras honestas, sangrientas y conmovedoras por su verdad y su crudeza.

Autora: Paulina Dhamar Navarro
Título: “Latidos y texturas”
Técnica: Acuarela sobre papel
Dimensión: 35×30 cm
Instagram: @paulinadhamar