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—Para usted todo es fácil: se hace el loco cuando le conviene y listo.
—No vaya a creer que es tan fácil. Sostener el desequilibrio
cuesta tanto como mantener el equilibrio.
Me cuesta, oficial. Me cuesta mucho ser libre.
José Sbarra
JESÚS UGARTE
¿Cómo terminar una conversación? Si todo ha fallado, si la confrontación es directa e inminente y se dirige hacia ti esperando que des una opinión sobre algo que te parece controversial o simplemente desconocido, con el riesgo de que, si hablas, parezcas un feroz sectario o un ignorante irremediable, aún existen métodos de evasión efectivos que garantizan la imparcialidad de tus palabras y un escape escurridizo.
En casa de mis padres se advertía, cada que esperábamos alguna visita, que no debíamos tocar los temas: dinero, política y religión, a los que se sumó el futbol, debido a que mi padre gustaba de molestar con burlas incisivas a quien asomara su felicidad por alguna victoria o la esperanza de remontar en el marcador. Con esto, las conversaciones se volvían llanas, acomodaticias.
De mi madre aprendí esa forma tan práctica de salir del paso ante la incomodidad del otro. El silencio en las conversaciones de mesa era intolerable y había que llenarlo pronto con algún chascarrillo, para lo cual mi madre utilizaba alguna anécdota de sus hijos que resultara lo suficientemente vergonzosa para olvidar la incómoda pasividad. La carne de cañón también podía utilizarse como cebo, pues después de quedar expuesta la postura de mi madre ante algún tema, y en vista de que la humillación hacia sus hijos era insuperable, el invitado se sentía confiado para hablar.
Nunca me gustó esa manera comodina de ser. Los temas que quedaban marginados parecían albergar un secreto emocionante. Hablar de dinero me llevó a tener conciencia de clase, a reconocer el papel del trabajador y desmitificar la relación tan propagada de esfuerzo-trabajo-bienestar; la política me acercó al pasado de un gobierno opresor, su continuidad y prevalencia en el poder; la religión supuso una crisis existencial que me condujo hacia mis primeras lecturas de filosofía.
Y no fue que encontrara resonancia en la academia. Aún en la universidad encontraba estas formas tan originales de evadir el debate respecto a estos asuntos. Los profesores hablaban de «dirigirse con respeto hacia los compañeros» como medida de contención, como un evitar confrontaciones. Pero lo peor, para mí, era que, ante la postura de alguien, ante su opinión sobre algo que por fin parecía contener sustancia, se le coartaba ese camino con un: «Bueno, cada quién».
«Cada quién», como si el hecho de respetar al otro tuviera que ver con darle la razón para no vulnerar su individualidad o la nuestra. Si cada uno tiene razón por el simple hecho de ser alguien, entonces nadie la tiene, y de esa forma se apuntala una condición de neutralidad conveniente para no tener que seguir hablando y hacer como que se olvida la cosa.
Pero a veces la frase es otra. Cuando se trata de una situación en la que hay una posición dividida entre argumentos que podrían originar una fructífera conversación, se opta por sacar de la baraja el comodín: «Bueno, creo que el secreto está en el equilibrio», repartiendo, de nuevo, la razón hacia dos puntos de vista. ¿Quién podría estar en contra del equilibrio? ¿Quién sería tan ciego como para denostar la posición de grulla?
Estamos tan acostumbrados a escuchar que las cosas pueden suceder si se hacen con medida, que no se nos hace extraño que algún exalcalde confiese que alguna vez robó, pero poquito. Como el «nomás tantito» que nos mantiene sin poder avanzar en el tránsito, pero que, en compensación, nos reconforta el alma con un: «gracias, carnalito».
El equilibrio presupone cierto grado de conformidad entre las partes, como las negociaciones entre empresarios o el regateo que se le hace al comerciante. «Ni tú ni yo», decimos, aunque siempre salga alguien raspado.
Hemos creado un lubricante social que parte de suponer que lo importante es mantener el agrado, el no importunar al otro con argumentos que luego acaben en un conflicto más grande. Porque si vemos a un gordo —que decir “gordo” ya es motivo de revoluciones— que trata de meter su humanidad en el vagón del metro, es más fácil que lo empujemos, pese al pronóstico que nos da el principio de impenetrabilidad de la materia, a que le digamos: «No cabes, ¿no estás viendo?» y señalemos su panza.
A la obesidad la vestimos de moda y le llamamos body positive, aunque esta condición aumente el riesgo de padecer diabetes —una de las principales causas de muerte en México y otros países—; se pide tolerancia a la diversidad de los transespecie que se identifican como perros (y que convenientemente no se identifican como ornitorrincos), pero no existe preocupación alguna por la crisis de salud mental en la que vivimos; se condena a las mujeres que hacen pintas en los monumentos históricos exigiendo justicia, mientras que la celebración del Mundial de Argentina dejó un saldo de al menos tres personas que «murieron felices» y en el que los destrozos fueron parte de una «pasión desenfrenada».
Al migrante acaudalado se le llama inversionista; al pobre, terrorista. Se restringen algunas palabras en redes sociales por la «preocupación» en la calidad de los contenidos, mientras que en Israel se festeja el genocidio en televisión abierta. ¿Debería de ser esto tolerable?
¿A quién íbamos a señalar, si no es al impostor que no se ciñe a eso que dicen que es la vida? No es más ambicioso un Joseph Blatter que un Al Capone, en tanto que lo que persiguen, en esencia, es lo mismo. No es mayor el dominio que impone sobre los demás el Estado norteamericano, en sus más de doscientos años de hegemonía, que el que quisiera imponer el Estado Islámico en Medio Oriente y Occidente. No es más la sangre que podrían derramar los cárteles que toman por la fuerza lo que quieren, que la de los regentes que utilizan el aparato del Estado para ejercer una violencia «justificada». Esa clase de hombres es ya bien conocida.
En este mismo orden de ideas, ¿qué clase de hombre es entonces un Julian Assange, a quien The New Yorker sólo tuvo palabras para catalogarlo como un «filtrador de secretos», un whistleblower? ¿Qué clase de mujer es una Leonila Vázquez, que alimentaba gratuitamente a los migrantes sudamericanos subidos en La Bestia para irse a enfrentar a un país donde no se practica ese tipo de amor por el prójimo? ¿Qué clase de mujer es una sufragista radical como Emily Davison, quien antepuso en más de una ocasión su integridad física en favor de los derechos de las mujeres? ¿Qué clase de hombre es un Ricardo Flores Magón, encerrado en un calabozo de Kansas, donde dio sus últimos suspiros sin arrepentirse de haber soñado con un destino de «libertad, justicia y bienestar para todos sus semejantes, sin distinción de razas o credos»?
Estos son, sin duda, los imprescindibles. Los que han tensado el arco. Gente que no se ha puesto a jugar a los dados, sino que ha propuesto renunciar a ser parte de algo obsceno, absurdo y oropelesco.