Fotografías: Cortesía
JUAN GERARDO AGUILAR
Dicen que la vida no nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos. Lo que pasa es que la mayoría de las veces lo que necesitamos no nos gusta porque implica dolor, sacrificio y sacarnos de nuestra zona de confort: una pérdida, un cambio, la quema de las naves.
Nadie pide eso en voz alta. Pero ahí está, como una bofetada existencial, como una lección que no pedimos pero que, por alguna razón oscura, terminamos agradeciendo cuando ya pasó… Claro está, si es que logramos sobrevivir al proceso sin volvernos cínicos profesionales.
La búsqueda del sentido de la vida es y ha sido siempre una cuestión primordial de los seres humanos. No importa si lo preguntamos con solemnidad filosófica, con angustia existencial o con un meme a las tres de la mañana. La pregunta sigue ahí, incómoda, insistente, sentada en la orilla de la cama: ¿para qué todo esto? ¿para qué levantarse, amar, perder, insistir, volver a intentar?
Todos lo hacemos en mayor o menor medida, voluntaria o involuntariamente. Hay quienes lo buscan en los libros o en podcasts; hay quienes lo persiguen en los aeropuertos, quienes lo intentan encontrar en el amor. Hay quienes lo buscan en el gimnasio, en la terapia, en la espiritualidad o en la resignación elegante. Y hay quienes, simplemente, un día deciden largarse al fin del mundo.
En estos días se hizo viral una secuencia del documental Encuentros en el fin del mundo (2007) de Werner Herzog, que dieron en llamar “El pingüino nihilista” en la que se ve a uno separarse del grupo y contemplar las montañas para luego comenzar a caminar, obstinado, hacia el interior de la Antártica, lejos del mar, lejos de la comida, lejos de cualquier lógica de supervivencia.
Herzog explica que ese pingüino no va a ningún lugar útil. Va a morir. El asunto es que esa escena, tan breve como demoledora, tocó a millones. No por el pingüino en sí, sino porque ahí estábamos muchos. Caminando en dirección contraria. Dejando atrás lo conocido. Yendo hacia un lugar que no sabemos explicar, pero al que sentimos que tenemos que ir, aunque no tenga sentido.

Todo el documental en sí es una variación del Viaje del Héroe que plantea Joseph Campbell. Personajes que llegan a la Antártica no sólo por trabajo, sino por huida. Un filósofo, un lingüista, un banquero… Personas que, habiendo agotado las respuestas convencionales, se van al confín del planeta para ver si ahí, entre el hielo y el silencio, algo se les reacomoda por dentro.
La Antártica como refugio. La Antártica como escapatoria. La Antártica como ese lugar simbólico al que uno se va cuando ya no encaja del todo en el mundo que dejó atrás. Porque no siempre huimos por cobardía; a veces también huimos para no traicionarnos del todo.
Esa imagen del pingüino me recuerda el cuadro “El caminante sobre el mar de nubes”, pintada por Caspar David Friedrich en 1818, y que se volvió un icono del romanticismo. Un hombre de espaldas, frente a un paisaje inmenso, contemplando lo desconocido. No sabemos quién es, no sabemos de dónde viene ni a dónde va. Sólo sabemos que está ahí, suspendido entre el vértigo y la posibilidad.
Ambas imágenes dialogan entre sí a través del tiempo: el hombre romántico y el pingüino nihilista. Dos formas distintas de decir lo mismo: que vivir implica caminar hacia lo incierto, aunque no tengamos garantías, aunque nadie nos aplauda, aunque el final no sea feliz.
Y es que nuestra época tan llena de redes sociales, notificaciones, chismes y alharaca mediática nos obliga a tirar para el monte como el pingüino para encontrar la paz del descanso o, por lo menos, descansar en paz. Hay momentos en los que el ruido es tan ensordecedor que el silencio se vuelve una forma de resistencia. Apagar el mundo, aunque sea un rato, para escuchar lo que nos queda.
Quizá por eso esa escena se volvió viral. Porque todos, en el fondo, hemos querido levantarnos de la mesa, dejar el grupo y caminar en otra dirección. Porque todos hemos sentido esa incomodidad de seguir participando en una coreografía que ya no nos dice ni nos deja nada. Porque todos hemos sido, alguna vez, el pingüino raro que no encaja.
Lo interesante es que Herzog no juzga al pingüino. No lo ridiculiza ni lo romantiza. Simplemente lo observa. Como debería observarse la vida: sin exceso de épica, pero con atención. Porque no todo viaje del héroe termina con gloria; algunos terminan con comprensión. Otros, con silencio. Otros, con la aceptación de que no hay respuestas definitivas.
Tal vez el sentido de la vida no está en llegar, sino en atreverse a caminar cuando ya no hay mapas. Tal vez no existe una respuesta universal, un manual, un mantra que funcione igual para todos. Tal vez el error ha sido pensar que el sentido es algo que se encuentra, cuando en realidad es algo que se soporta, se negocia o se reconstruye cada vez que todo se rompe.
Eso sí, nadie sale ileso del viaje. El viaje del héroe no es una excursión espiritual con fotos hermosas para Instagram. Es una travesía donde uno pierde ánimo, piel, certezas, personas y versiones propias que creíamos definitivas. Y aun así seguimos. Como el pingüino. Sin discurso motivacional. Sin coach de vida. Sin garantía de retorno.
El pingüino no busca ser ejemplo. No quiere enseñarnos nada. No pretende ser metáfora… y, sin embargo, es todo eso y más. Es el cuerpo moviéndose cuando la mente ya no da para más. Es la intuición y el instinto empujándonos hacia un lugar que no entendemos, pero que sentimos inevitable. Es ese impulso incómodo de decir “hasta aquí” y levantarnos, aunque no sepamos bien qué sigue.
Quizá por eso nos duele verlo avanzar hacia el blanco infinito. Porque ahí va algo nuestro. Porque en ese andar torpe y obstinado reconocemos nuestras propias huidas: el día que dejamos un trabajo, una ciudad, una familia, una relación, una convicción, una fe. El día que nos quedamos solos con nosotros mismos y descubrimos que no éramos tan macizos como creíamos… pero tampoco tan frágiles.
Todos merecemos una parte de esa Antártica, porque al final, la vida es eso: un siempre estarse yendo. Irse de lo que fuimos y creímos ser. Irse de lo que ya no funciona. Irse incluso de las respuestas que alguna vez nos salvaron y hoy ya no sirven pa’ maldita la cosa.
Y no, no siempre hay redención. No siempre hay final luminoso. A veces sólo hay movimiento. A veces sólo está la dignidad de seguir caminando. A veces el sentido consiste en no traicionarse del todo, aunque el precio que paguemos sea bastante alto.
A mí me lo dijo un pingüino que se fue caminando hacia la nada. Y eso fue más que suficiente para creerle.
X: @JuanGerardoAg11
FB: Juan Gerardo Aguilar
IG: juan.gerardo.aguilar

Buen escrito mi buen, tocas fibras sensibles con un humor existencial muy fino, como un Diogenes callejero que le pasa revista moral a los de su generacion.