Camino luego existo. Camino para que fluya el tiempo. Escalo los peldaños y tallo la ciudad según mi deseo. Y mi único deseo es habitarla de manera incontrovertible, bregar en contra de los fantasmas que llenan este lugar de humo.
Sara Andrade, Elogio de la escalera.
KAREN SALAZAR MAR
0. El origen
Conocí a Sara en un salón de Prepa I. Estaba sentada en la tercera o cuarta banca de la línea pegada a la pared. Leía un libro monumental, uno de Haruki Murakami y supe que sería mi amiga, la mejor. Teníamos quince años y había algo claro para ambas: vivíamos por y para los libros, nos poseía la misma pasión por las palabras y el deseo de convertirnos en escritoras nos unía, dos frutos asiéndose a la misma raíz apenas eran semillas.
Seguramente fue la primera persona que consideré mi colega: nos obsesionaban los protagonistas, antagonistas y las tramas, conocer otros cuerpos en las páginas (yo), saber de otras filosofías y lugares exóticos (ella). Me gustaba escuchar sus ensayos y saberme escuchada por ella cuando llegaba mi turno. Tuvimos suerte de pertenecer a un extraño grupo de prepa que fue un experimento fallido: muchos leíamos y escribíamos, pero sólo ella me escuchaba sin egos ni pretensiones de competencia.
En nuestro salón fuimos descubriendo a la par sobre autores, algunos ella ya los conocía porque tenía la fortuna de pertenecer a una familia lectora (su abuela más que ninguna persona en el mundo); y yo tuve la fortuna de contar con su generosidad de acogerme en su hogar, entre sus libros, con Sonny meneando la cola cuando me veía entrar y su computadora.
Si quisiera poner aquí todas las experiencias que hemos acumulado juntas, con aprendizajes y derrotas, con llantos y sonrisas, con trovadores persecutorios y sopas instantáneas en jornadas periodísticas, o páginas leídas, no me alcanzarían ni siquiera las páginas virtuales de este Word que ahora está frente a mí.
Sin embargo, quisiera contarles, hoy y aquí, la primera vez que Sara me llevó a su casa, encima de la colina, tras subir por calles empinadas y tras darme un tour por la casa de los gatos, a la derecha una casa con un jardín lleno de rosas preciosas, su escalera favorita, su plaza, las horas sentadas frente a la iglesia de San José de la Montaña, la plaza del llanto y, un poco más arriba, la del escondite junto a una obligada Virgen de Guadalupe que causaba compasión (más por el rostro medio malhecho, que por la devoción). Una casa antes de llegar a la suya era especial: la de su infancia (porque claro, ya éramos unas adultas de 15 años) compartida con sus tíos y su abuela, con sus padres y Diana, a quienes apenas iba a conocer. Y ahí estaba yo, en esa calle llamada “cerrada”, aunque para mí más que cerradura fue una puerta, unas escaleras y la bienvenida.
1. Borde
Cuando leo a Sara pasan dos cosas: la leo con su voz y la leo como si me estuviera contando una confidencia. No estoy segura de que eso suceda a fuerza de entendimiento por los años de amistad o por la sinceridad que tiene al momento de escribir. Quiero decir, no sé si me pasaría lo mismo si la leyera sin conocerla, aunque mi intuición lectora me afirma que así es. En este momento, por ejemplo, puedo leer este ensayo y recordarla sentada en la cima hablándome sobre la ciudad, los fantasmas y las alturas, sobre los caminos zigzagueados hechizos por la gente que ha caminado por tantos años hacia arriba y luego hacia abajo. “Borde” es el primer capítulo de este ensayo compuesto por tres. “Borde” es la justificación de una mujer que ha nacido y crecido aquí, entre callejones y escaleras, es la premonición de una vida de ascenso, descenso y descanso.
“Borde” es el avistamiento de un águila y de una rodilla sobre el adoquín, descarapelada de tanto caer. “Borde” es Sara, concluyo, pero también es los ojos de turista de quien acompañada o sola sube y baja por el placer de hacerlo, de disfrutar de la construcción urbana, de los caminos pisados, la vista de la Bufa y desde la Bufa. Son los pensamientos colocados en papel de alguien que los ha rumiado por mucho tiempo, con la paciencia y el disfrute de quien ve la misma película una y otra vez por el placer de hacerlo. El motivo es el deseo, ¿cuál otro podría ser el móvil?
2. Callejero
Sara traza un mapa imposible. Habla de esas líneas invisibles que, más que marcar un orden, exponen su propia falsedad: no son simétricas ni obedecen a una lógica aparente. Son marcas que siempre se miden en relación con el otro, y que, como las ruinas, sobreviven a fuerza de estar delimitadas. Desde esa mirada, la ciudad se convierte en una casa enorme, llena de habitaciones que se comunican por pasillos torcidos y por escaleras que parecen inventadas para esta geografía.
En la lectura de este libro, caminar no es sólo moverse: es afirmar la existencia, dejarse atravesar por el tiempo y sus fantasmas, convertirnos en los fantasmas del futuro. Zacatecas, nos dice, es inevitablemente cerro; dondequiera que se mire, el horizonte está cercado por su relieve, y todas las líneas de la ciudad parecen converger, ideológica y físicamente, en el crestón de la Bufa.
Ahí la escalera se vuelve clave: une lo alto y lo bajo, lo bajo y lo alto, ofreciendo pausas y descansos. Su función es bilateral, pero su experiencia es siempre direccional, marcada por el esfuerzo de subir o el alivio de bajar. En esta ciudad, llegar a cualquier parte exige una negociación con la pendiente, con el aire más delgado y con la historia que se adhiere a cada piedra. “Callejero” es, entonces, la cartografía de esa conexión: un mapa de líneas inventadas, que al final no llevan sino al corazón del cerro y a las escaleras que nos invitan a recorrerlo, pero también es el conocimiento, la habituación y la apropiación, hacemos este pedacito del mundo nuestro.
3. Abismo-bóveda
“Abismo” es el capítulo de las interrogantes sobre la pertenencia, del querer ser, del dudar sobre lo que somos, sobre la espera y la extrañeza, es la infancia que dialoga con el crecimiento y los miedos que acechas como fantasmas, como nosotros mismos desdoblándonos en lo que es cotidiano para unos y diferente para los otros: La Tienda de Abarrotes (así con mayúsculas y tan frágil ante la industria del capitalismo), el patio de la casa, el pirul, la plaza. Todo en singular, casi con nombre propio en nuestro abismo personal. “Bóveda” es el adentro y el encuentro con el afuera, es el límite, el conocimiento del mundo y la diferencia que encontramos entre el aquí y el allá, entre lo nuevo y lo viejo, la permanencia y el movimiento. “Abismo-bóveda” es la nostalgia que nace de ese choque. Ahora también somos esos vagabundos y fantasmas que se convierten en uno y otro sólo a fuerza de conocernos y conocer nuestros pasos.
Alguna vez me dijo un amigo que él todos los días cambiaba de camino, aunque fuera del mismo lugar al mismo otro lugar. Esto lo hacía para evitar convertirse en fantasma. Durante muchos años temí convertirme en un fantasma en un edificio del Centro Histórico a fuerza de trabajar 10 horas diarias; ahora me dicen que no importa el lugar, me apareceré frente a una computadora, ¿ya es la ruina virtual digna de ser un lugar poético para convertirse en un fantasma posmoderno capitalista? No estoy segura de nada, salvo que creo que, ahora, después de ser lectora errante, no suena tan mal convertirse en un fantasma en estas calles porque ahí estará Sara caminando, tropezando, deseando.
0. El reinicio
Conocí a Sara hace 17 años. Estuve ahí cuando la vi subir y bajar esas escaleras. Estuve ahí para celebrar y refugiarnos en la tristeza en una banca de cantera o sentada en una estrecha escalinata. Estoy ahora ahí, imaginativamente, y la veo pasar con su uniforme del colegio (aunque aún no la conocía), la veo pasar con su cabello corto y luego largo, la veo bajar aprisa y subir con tranquilidad, la veo alimentando gatos y maldiciendo las luces LED porque las color ámbar eran sus amigas, la veo despotricando contra el Hotel Don Miguel, pero documentando las bodas en el Quinta Real, la veo deteniéndose porque olvidó algo, aunque no se acuerda qué, la veo sobándose la pantorrilla, aunque siempre se pega en el mismo sitio, la veo emocionada y la veo con el corazón roto, la veo subir niña y bajar como una escritora que publica sobre el amor que le tiene a Zacatecas con todo lo que es: cerro, cantera, escaleras y deseo, su casa. Y yo la esperaré, fantasma también, para subir y bajar, acompañarla, en esta escalera: la vida.
Agosto de 2025
