GONZALO LIZARDO
Valoro a Hugo Ibarra por ser un filósofo atípico: un pensador que le concede a la escritura literaria un espacio privilegiado en su vida intelectual. Por lo mismo le agradezo que me compartiera su nueva novela, Aída (Taberna Libraria, Zacatecas, 2025). Antes que nada, destaco el oficio que ha adquirido como narrador. Su prosa es poderosa: una muestra de convicción y coraje. La historia, bien tramada, establece un contrapunto entre la voz del narrador (Hugo) y la de su protagonista (Aída) con resultados casi hipnóticos. Podría ponerme estricto y cuestionar algunos aspectos de la trama, pero, parafraseando a Sábato, ¿a quién le importa deslumbrar al lector con un adverbio, mientras está en juego la vida de los personajes?
Lo señalo porque Aída es algo más y algo menos que una “novela”. Es una ficción sobre un hecho real —el suicidio de una joven víctima de abuso—, ubicado una época muy específica de Zacatecas: en los inicios de la Escuela de Humanidades, que yo viví de rebote, por testimonios de amigos comunes. Me alegró reconocer a mis amigos, “Las ratas”, leer sus aventuras con los wixaritari, acordarme de cuando yo era estudiante y creía que podíamos cambiar el mundo si le echábamos conciencia crítica a nuestra formación.
Por esos amigos me enteré entonces (sin detalles) de los sucesos que sustentan la novela: la muerte de esa estudiante, llamada Aída, por culpa de un cobarde pseudofilósofo que aprovechó su poder para seducirla y deshacerse de ella. Nunca conocí en persona a esa muchacha, pero al leer esta novela, su destino me ha dolido hasta el tuétano. Es verdad, su comportamiento me desconcertó más de una vez (también el de Hugo), pero la complejidad de su persona es un acierto narrativo. Su obsesión por amar a quien la hiere y no a quien la quiere, es un trastorno del alma que muchos hemos padecido.
Pienso en lo difícil y doloroso que fue para el autor evocar y transcribir esa historia, sobre todo en las escenas que exponen el abuso sufrido por Aída. Pero el resultado trasciende ese dolor. Aída es una denuncia necesaria y, sobre todo, un monumento a su memoria. Es una historia que merecía ser contada sin concesiones y, además, la denuncia de una infamia imperdonable. Pero, sobre todo, es un emotivo gesto de amor para que el olvido no tenga la última palabra.
Gracias Gonzalo Lizardo