ENRIQUE GARRIDO
Una de las tantas leyendas sobre la corrección de estilo cuenta que un corrector, cuyo celo “no dejaba pasar ni el aire”, en una ocasión colocó fecha de muerte a alguien que todavía departía con los terrenales. Frente a la impresión de todos los pliegos, y la imposibilidad de modificación en el papel, sólo había una salida, hacer coincidir la realidad con lo impreso. El corrector mató tres pájaros de un tiro: a la errata, al escarnio editorial y a un simple mortal. Dicha anécdota viene incluida en la biblia de muchos editores El libro y sus orillas del santo patrono Roberto Zabala Ruíz.
Cada 27 de octubre se celebra el día del corrector de estilo, pues corresponde al nacimiento de uno de los correctores más comprometidos de la historia: Erasmo de Rotterdam, quien traducía obras del latín a lenguas vulgares con un estilo sencillo. Además, en un ejercicio de verdadera introspección, en 1511, escribió Elogio a la locura, pues, parafraseando a Ginsberg, vi a las mejores mentes de mi generación destruidas por una corrección.
La gente que nos dedicamos a la corrección de estilo somos verdaderos parias de la edición, una subcultura que apuesta por el anonimato como modus vivendi, una secta ancestral que vive al margen de escritores y escritoras, editoras y editores, como arqueólogos del error. Buscamos la mancha en el manto blanco, el lunar en la piel del texto, lo profano en lo sagrado.
Seres oscuros que descienden a los temidos infiernos de la gramática, correctores y correctoras exorcizan el mal, devoran pecados sintácticos. Heriberto Yépez, en “¿Quién es el corrector de estilo?”, lo plantea así: “al estrenarse, el corrector está obsesionado con lo feo y sobrante, lapsus y gazapos, horrores ortográficos y alreveses sintácticos, repeticiones y libertinajes, barbarismos y falacias, neologismos sospechosos de no serlo y vocablos que no saben su sexo”.
Muchos profesamos una fe en la errata, sabemos que existe, la hemos visto, se ha manifestado, y es la que muchas veces nos provee. Culto pagano que la busca descartar, mas no eliminar. Nuestra existencia depende de su existencia. Estamos conectados por el hilo rojo del destino. Vivir del error es vivir de lo humano. Una máquina no se equivoca porque no tiene alma.
Pese a que enfrentamos errores indecibles, y a veces incorregibles, somos seres temerosos. El miedo responde a nuestra naturaleza inquisitiva. Como expertos en la naturaleza de la imperfección, no aspiramos a la pureza, la cuestionamos empezando por nosotros mismos.
Camilo Ayala Ochoa, en Invisibles: Reflexiones sobre la corrección de estilo propone unas “Leyes del trabajador editorial freelance” cuyo primer precepto es “No importa cuánto hagas, nunca será suficiente”. Así, nuestra fe en la errata funciona como cualquier religión: por más esfuerzo que hagas, jamás serás perfecto, porque perfección significa trascendencia, superación, exceder el límite, traspasar la frontera; sin embargo, un corrector tarda en dejar un texto, le obsesiona saber que pudo hacer más, le da vueltas a esa coma que no quitó, a ese punto que omitió. Ni siquiera los autores y las autoras viven con esa carga. Por eso nuestra naturaleza es trágica e incógnita, purificamos sin mérito y vivimos condenados a las sombras, salvo que se materialice nuestra razón de existir: la errata.