ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Pocos placeres son comparables con la infinita delicia de perder el tiempo en una obra negra, para los que no conozcan el término me refiero a las construcciones inacabadas, esas cuyas paredes muestran las estructuras de varilla y concreto colado, sin instalación eléctrica y con pisos aun de tierra o puro cemento. Irrumpir en una propiedad ajena, de alguna manera “habitarla” antes que sus legítimos dueños es un placer profano que algunos vagos gozamos en nuestras horas de infancia o en nuestra lasciva dipsomanía adolescente. Recostarse sobre la pirámide de arena, hacer asientos con tabiques, usar de baño lo que será la sala o los dormitorios, recibir en el cuerpo desnudo al dios sol en toda su gracia, bañando de tierna luz la piel erógena de los amantes, por supuesto fuera de la ley y siempre pendientes de que no aparezcan ni los dueños ni los policías, que tan poco entienden de estos deleites invasores.
En su famoso y polémico ensayo “El fin del arte”, Arthur Danto analiza el fenómeno de la representación en la pintura y su transformación progresiva en la línea del tiempo de la historia. El arte de la pintura ha llegado a un punto chato en el que ya no puede avanzar ni transformarse (se transformó antes en fotografía, luego en cine), la instalación, el performance, la pintura expandida se parecen más al arte dramático, a la arquitectura y a la ilustración o a un síntoma de este final de algo que alguna vez se supuso eterno: la representación pictórica. Actualmente presenciamos una vuelta a la pintura figurativa, parece que en la posmodernidad no importa tanto si algo ha llegado a su fin, porque ya no nos interesa avanzar, nos sabemos protagonistas del fin de la historia, vamos tras el batidillo transhistórico, mezclamos modas, estilos, propuestas, o seguimos pintando como hace cuatrocientos años, pues lo que importa es flotar en la inmensidad de reels y frivolidades con los que sostenemos la esperanza de durar en el tiempo. El arte es una forma excelente, mi favorita, de utilizar el tiempo, no creo que Danto esté equivocado ni le concedo la verdad absoluta, me gusta que aún se pinten retratos, escenas costumbristas y paisajes.
Los seres humanos comenzaron a pintar paisajes desde las primeras expresiones cavernarias, pues el primer “otro” al que se enfrentaron era precisamente ese: compuesto de plantas, grandes árboles, feroces ríos e imponentes montañas. Pintar el paisaje o representar plásticamente el paisaje fundamentalmente es un diálogo con ese ser inmenso y múltiple que nos contiene, en el que se mueve el cuerpo y las percepciones se desenvuelven. Al representar el paisaje y al observar esa representación lo que vemos son las percepciones del observador y del artista, vemos entonces nuestro propio reflejo- reflejándose.
Las acuarelas de Paulina Medina son representaciones plásticas de figuración realista, su ejecución es meticulosa y respetuosa de la técnica del arte de pintar con transparencia, destaca el uso de la luz y el sabio manejo de los blancos y del agua, su pincelada es precisa y honesta, los objetos y las escenas que pinta aparecen ante nuestra mirada como dobleces de la realidad, la pared de ladrillo, el bote de plástico, los cables de la energía eléctrica, todo corresponde a “una realidad” conocida y, sin embargo, también son escenas de ensoñación, algunas casi pesadillas y otras que alientan la nostalgia por parajes urbanos, como aquellas obras negras que yo invadía.
En esta acuarela Medina no sólo ha ejecutado con virtuosismo un paisaje urbano, también ha realizado un bello retrato de la degradación del antropoceno: infinitas extensiones urbanas construidas por obreros paupérrimos que nunca poseen nada de lo que edifican, estructuras de ladrillos rojos para los que se han talado bosques enteros y contaminado el aire en grandes hornos atizados con neumáticos y basura, varillas de metal en las que han dejado la vida millones de obreros y a la derecha resalta el bote con el que los alfeñiques transportan la mezcla de grava y concreto, está ahí con una extraña dulzura, una quieta ternura de un trabajador extenuado que ha cumplido otro jornal, al fondo la ciudad se extiende brumosa y aniquilante, infinita en su crueldad, pero el sol, el bendito sol de las azoteas baña de leche luminosa a toda la escena y una vez más se muestra triunfante contra todos nuestros ataques.

Paulina Medina
Acuarela sobre papel, 12 x 16 cm
Instagram: @paumedinahu