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MARTÍN ÓSCAR SÁNCHEZ BECERRA
El amanecer en el pueblo entra calando los huesos, con ese frío seco que no perdona ni a las piedras. Estaba todo quieto, en ese silencio mañanero donde solo se oye el resuello de las bestias en el corral. Las vacas echaban vapor por la nariz, acurrucando a los becerros entre las patas para atajarles el aire helado, y las chivas se apretaban unas con otras. Yo estaba en el catre, engarruñado bajo tres cobijas pesadas, sintiendo la espalda de mi mujer como un muro tibio que me separaba del mundo. Fue entonces, cuando el cielo apenas pintaba un gris sucio sobre los cerros pelones, que la sentencia cayó del cielo.
El tecolote cantó.
Lo hizo ahí mismo, parado en la rama seca del huizache que da a la ventana. Un canto hueco, rasposo, que retumbó en las paredes de adobe como si la misma tierra me estuviera hablando por su pico. En este pueblo, cuando el tecolote canta, el indio muere. No es cuento, es ley. Y esa mañana, el aviso era para mí. En lugar de miedo, sentí una sacudida en el pecho, una lumbre que se me prendió en la sangre. No fue susto, fue alivio; una emoción tan grande que me hizo temblar las manos. Después de setenta años de tragar polvo, de pelearme con la sequía, de partirme el lomo bajo un sol que raja las piedras, la Muerte me daba el indulto. Me mandaba llamar.
—Ya estuvo bueno —susurré en la oscuridad, con los ojos llenos de lágrimas de puro gusto—. Gracias, Dios, que te acordaste de este viejo.
Me levanté del catre como si tuviera resortes, aventando las cobijas. Sentía una fuerza bruta en el cuerpo, la urgencia de quien tiene poco tiempo y mucho que gastar. Salí al patio y el aire helado me supo a gloria. Miré el horizonte lleno de gobernadoras y palmas y pensé: «Ahí se quedan, yo ya me voy». Esa emoción de saberme muerto me dio una claridad tremenda. No me iba a ir como un perro, en silencio. Me iba a ir haciendo ruido, gastándome hasta el último centavo que le había arrancado a esta tierra miserable.
—¡Hoy se mata al marrano! —grité en medio del patio, espantando a las gallinas—. ¡Hoy se acaba todo!
Fui de puerta en puerta por todo el pueblo, con los ojos desorbitados y una sonrisa que me partía la cara de cuero viejo. Invitaba a todos: a los amigos, a los compadres y hasta a los que me debían dinero. «Vengan a mi casa», les decía, agarrándolos del brazo con fuerza. «Hoy pago yo. Hoy me despido». Mandé traer el tamborazo, ese que cobra caro y toca fuerte, para que retumbara en las calles polvorientas. «Toquen ‘El Puño de Tierra'», les ordené aventándoles un fajo de billetes sudados. «Toquen hasta que se les hinchen los dedos, que yo me llevo la música puesta».
Matamos las chivas más gordas, esas que cuidaba para la sequía. Hicimos un asado de boda rojo, espeso, con chile guajillo y cáscara de naranja, de ese que hace sudar la frente. El mezcal salió de las cajas como agua de manantial. Yo bebía y brindaba con una emoción que me ahogaba, abrazando a la gente, sintiendo que cada trago era el último, que cada abrazo era la despedida final. Me sentía ligero, como si ya estuviera flotando, libre de dolores, libre de deudas, libre del cansancio de vivir.
—¡Mírenme! —les gritaba subido en una mesa, con el sombrero en la mano y el pecho lleno de orgullo—. ¡El tecolote ya cantó! ¡La Flaca viene por mí y me va a encontrar bailando! ¡No me lloren, cabrones, envidien mi suerte, que yo ya descansé!
La fiesta duró hasta que la luna se colgó en lo alto. Yo estaba borracho de mezcal y de muerte. Cuando se fue el último, entré al cuarto tambaleándome, pero con el alma llena. Mi mujer ya estaba acostada, quieta bajo las cobijas.
—Descansa, vieja —le dije con ternura, pero sin lástima, porque yo me sentía el afortunado—. Ahí te encargo el rancho. Yo ya cumplí.
Me acosté a su lado, me crucé de brazos sobre el pecho y cerré los ojos, esperando el frío final. Esperando que el corazón se parara de golpe. Esperé la muerte con la ilusión de un niño que espera a los Reyes Magos.
Pero amaneció. El sol me dio en la cara, caliente y molesto. Abrí los ojos y vi el techo de carrizo de siempre. Me toqué el pecho. El corazón latía: pum-pum, pum-pum. Duro y terco. Sentí una rabia negra. «¿Qué pasó?», me dije. «¿A poco la Muerte se rajó?». No podía ser. El tecolote no falla. Entonces pensé en mis amigos de la cantina. «Claro, me faltó despedirme de la palomilla». Me levanté y me fui al pueblo, a gastarme lo que no tenía, a beber hasta borrarme, buscando a la Muerte en el fondo de la botella. Regresé en la noche, cayéndome, seguro de que ahora sí, no pasaba del amanecer.
Pero volvió a salir el sol. Me levanté mentando madres. «¿Pues qué quiere?». Fui a ver a mis padres al otro rancho, a pedirles la bendición, a llorar con ellos. Fue una despedida honda, de esas que duelen. Regresé en la noche, agotado, vacío, listo para entregar el equipo.
Y amaneció por tercera vez.
Me desperté con el sol quemándome la frente y una furia que no me cabía en el cuerpo. Me senté en el catre de un salto. ¡Era una burla! ¡Tanto gasto, tanta despedida, tanta emoción para seguir aquí, en este infierno de polvo! Miré a mi mujer, ahí acostada, dándome la espalda como siempre, indiferente a mi coraje.
—¡Vieja! —le grité, sacudiéndola del hombro con brusquedad—. ¡Despierta! ¡Mira nomás qué chingadera! ¡Sigo vivo! ¡El tecolote mintió!
Pero ella no respingó. Al tocarla, sentí algo que me heló la sangre más que el aire de la mañana. Su cuerpo se movió pesado, tieso, como un tronco de mezquite seco.
La volteé despacio.
Tenía los ojos cerrados y la cara pálida, cerosa, fría como la piedra del arroyo. Ya no había aliento.
Me quedé ahí, con la mano puesta en su hombro helado, mientras afuera las vacas empezaban a mugir pidiendo agua.
El tecolote no había mentido. El aviso sí era cierto. La liberación había llegado esa primera noche, puntual… pero no era para mí. Yo me quedaba aquí, condenado a seguir tragando polvo.