SARA ANDRADE
Imagínenme como un tirano severo en el podio de su conquista pop. Imagínenme como el Ciudadano Kane de los afanes ridículos. Yo frente a una audiencia de seguidores ciegos o atemorizados, mientras yo hablo y hablo, con la autoridad de los que se han creído la fantasía de que ellos son los únicos que pueden cambiar el mundo. Imagínenme en mis historias de Instagram, agazapada en mi cama, rogándoles a las 10 personas que me ven, que por favor, por favor, escuchen lo que tengo que decir sobre lo que acabo de leer.
Quizá sea una actitud remanente de los días que pasé postrada en cama luego de mi operación, pero de un tiempo acá disfruto de leer y desmenuzar, de manera obsesiva y malintencionada, las novelas que he devorado. Es como el reprise luego del evento principal. Y yo, sin temor a mostrar mi hambre por más, comienzo a gritar ENCORE, ENCORE. Así que el encore soy yo, sentada en mi escritorio, examinando el texto como un monje copista: título, portada, capítulos, largo, estructuras y estrategias A diferencia de lo que sucede en la vida real, dentro de un libro, todo significa algo y todo es susceptible al análisis. Y además, inundada de atajos y trampas de inteligencia artificial, encuentro satisfacción en subrayar, resumir y elaborar una reseña desde mi propia cognición, libre de pesticidas, producto local.
Sin embargo, mi asunto es que no puedo tomarme las cosas con mesura, entonces comienzo a hacer del deleite de la sobremesa en una sesión brutal de desenfreno académico. Leí una novela china sobre dioses inmortales que se enamoran, entonces, por supuesto, tengo que sacar How to Read the Chinese Novel de la Universidad de Princeton y enterarme de la historia de la marginalia en las publicaciones de la China del siglo XVII porque, por supuesto. Leí una novela sobre el amor que sobrevive el fin del mundo y lo primero que saco de mi carpeta de PDFs es la Anatomía de la Crítica de Frye y El Viaje del Héroe de Joseph Campbell. Leí un cómic perturbador, que me causó perder el sueño, así que tengo que sacar El Erotismo de Bataille y Los poderes de la perversión de Kristeva. Vuelvo a leer las novelas del universo extendido de Star Wars y, ufana, lo que saco es los ensayos que escribí sobre la saga, para nadie más que para mi satisfacción. Así que formulo una hipótesis, creo una metodología y elaboro un cronograma y me siento a trabajar en mi proyecto de investigación que presentaré ante las voces y los espectros y pasaré el resto del mes escribiendo monografías y, si me ha gustado lo que he leído, escribo un par de fanfics, para reafirmar lo aprendido, la práctica de la teoría. Luego, frente al celular, como maestra en una conferencia magistral, me dispongo a repartir mi sabiduría con las masas (mis seguidores de Instagram que no me han silenciado).
Es demasiado, quiero decir. No es necesario. Nadie me va a entregar un diploma por haber hecho esto. Yo no gano nada realmente, salvo la satisfacción de haberme esforzado demasiado por algo insignificante. Me encanta, quiero decir. Esto es lo único que puedo decir en mi defensa. Me fascina hacer simulaciones de tesis sobre mis lecturas. Lo hago por placer. Lo hago con perverso afán. Lo hago con una sonrisa amplia, los ojos brillantes, los dedos listos para hundirse entre hojas y teclados. Lo hago hasta causar incomodidad entre mis allegados, lo hago hasta obligarme a encerrarme en mi habitación, rodeada de los objetos de mi fetiche, riéndome por lo bajo, mientras escribo por enésima vez: “En este ensayo quiero probar…”.
Por esa razón, lo he acuñado como “hentai narratológico”. Hentai en el sentido original de la palabra en japonés: anormal, retorcido, extraño. Yo, haciendo cualquier cosa. Yo, leyendo, sentándome a analizar, escribiendo un ensayo de 50 cuartillas y luego guardándola en un cajón donde nadie pueda encontrarlo, porque el fin es mi deleite. ¿Qué decía Rosalía? Ya te quiero hacer hentai. En mi caso: Ya te quiero hacer un protocolo de tesis.