ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Adelaida tenía un calor ingobernable, seducía señoritas púberes y viejos profesores; le encantaba el sexo y era honesta con su pasión, no andaba por ahí con medias tintas ni con velos de hipocresía, se desayunaba al vecino y se cenaba al colega, al repartidor de agua, al soldado en día franco o a quien le viniera en gana y le diera, mínimo, una sonrisa. La mujer tendría entre veintitrés y veinticinco años, en su adolescencia había pasado lista a todos los compañeros y profesores desde secundaria hasta la universidad, su holgura sensual no habría sido un problema de no haber nacido y crecido en un pueblo pequeño, muy pequeño, apenas dos calles, la iglesia, la plaza y el kiosco. En este tipo de geografías la vida privada es de dominio público, todos en la localidad sabían de la jocosa concupiscencia de la hija de María, señora que en su juventud también se había ganado el odio de las gentes falsas y la admiración secreta de caballeros lujuriosos. Estas dos bienaventuradas hacían su vida ardiente en el pueblo sin importarles ni la maledicencia ni las miradas de desprecio, mucho menos los ojos de deseo que, apenas poner un pie afuera de su casa, les dedicaban hombres y mujeres con ganas pero amarrados de los huevos y las greñas por sus cónyuges, novias y familias. ¡Ah!, pero la vigilancia no puede ser eterna y apenas se asomaba la oportunidad les llovían visitas y encuentros fortuitos a estas dos benefactoras del placer carnal. Un día la maldad y la ignorancia fueron más poderosas que el amor y que el deseo, un tal Ramiro, muchacho loco y taimado, hijo del presidente municipal, quiso iniciarse en las artes de Afrodita y fue al encuentro de Adelaida a la salida de la primaria en donde laboraba. La siguió unos pasos, ella lo notó, pero lo dejó hacer. En el callejón que conducía a su casa la muchacha se paró en seco y confrontó al tímido cachondo, éste, nervioso y lerdo se ofuscó de tal manera que movió a la risa de la muchacha y eso fue motivo suficiente para que el cobarde, a tope de indignación y sintiéndose humillado, le enterrara el cuchillo cebollero que traía bajo la camisa, dos, diez, veinte veces entró la hoja afilada en la anatomía de Adelaida. Pasó un repartidor de tortillas pero tan rápido que no se fijó en el crimen, ni notó que las llantas de su camioneta dibujaron un rastro cruel con la sangre de la joven. El asesino corrió desaforado y en la oficina de su padre se desgañitó, hizo teatro y maroma y al día siguiente partió quién sabe a dónde. La mamá quedó sola, la calle maldita y el pueblo parió otra historia de injusticia de la que se habla en las tardes de calor cuando las señoras sacan la silla a la calle y hablan de la vida de todos que al final son nadie.
En “La quema de Judas”, Susana Malagón narra, con estupenda prosa, ágil, rítmica y abyecta, la historia de una venganza en un pueblo, al interior de una familia maldita. No pude evitar al leer este texto pensar en “Te di ojos y miraste las tinieblas” de Irene Solá, por la deliciosa escritura, por el tema ríspido, por las “personajas” con tanta dimensión. Al principio creí que me enfrentaba a un poema y, aunque hay poesía aquí, descubrí después que se trataba de un relato, quedé gratamente sorprendido.
La historia que narra Malagón sucede en un pueblo, uno de esos pequeños-grandes infiernos en los que acontecen historias brutales, de una violencia contenida que estalla; muchas veces al existir una fuerte dinámica social de simulación, las personas en las pequeñas localidades guardan por años la frustración, viven existencias disfrazadas, parece que todo es un mar calmo cuando en verdad el agua es turbia en la profundidad. Las aberraciones más crudas suelen acontecer al interior de las familias y como aún impera el “cuidar las apariencias” muchas veces crímenes y abusos son silenciados por generaciones.
El personaje central de este relato es un revire al arquetipo del galán déspota de pueblo, en este sentido el texto de Malagón le hace justa justicia a todas las mujeres burladas por Pedro Páramo en la novela homónima de Juan Rulfo y a las tristes y yermas en Al filo del agua, de Agustín Yáñez. La protagonista goza de una dimensión bien construida, realmente la vemos y llegamos a sentir su desventura y su firmeza de carácter, sin duda una mujer forjada a golpes de mazo sobre su corazón de hierro.
Esta publicación también es un bello objeto artístico, la edición y los collages interiores a cargo de la también poeta y artista Andrea Garza “Perro loco” consiguen fructificar un producto editorial hermoso, el formato de bolsillo, la portada de la mártir, las ilustraciones interiores con el estilo crudo y violento de Garza, entre lo dadaísta y lo punk hacen de este un material excelso, bocadillo glorioso para lectores y coleccionistas de publicaciones sui generis. Desde esta columna recomendamos ampliamente la lectura de “La quema de Judas” y les mandamos un abrazo a las autoras. Corran a pedir su ejemplar.

Autora: Susana Malagón
Edición: Andrea Garza
Impresión: Francisco Márquez
Ilustración: Andrea Garza
instagram: @Canis_insanus, Perro Loco
Hecho en Santiago de Querétaro, México /Abril, 2026