JESÚS UGARTE VÁZQUEZ
Freír en el mismo aceite de siempre, freír hasta el cansancio, freír hasta que el aceite se queme, freír hasta que ennegrezca el aceite y, luego de eso, seguir friendo.
Trabajar en una cafetería tiene sus encantos, pero yo no recomendaría que, si la cafetería es chica y el menú es muy grande, se pidiera algo más que un café y algún pan. La razón es que, aunque me gustaba trabajar detrás de la máquina de expreso, cuando me llegaban a pedir alguna hamburguesa con papas, me daba mucha pena entregar algo que en mi vida comería. No porque yo hiciera algo fuera de lugar, sino por el aceite. El mismo que el dueño insistía en reutilizar hasta el hartazgo, asegurando que todavía aguantaba más. Un aceite negro, espeso, que por las mañanas ya despedía un olor fétido en cuanto se abría la cocina. Un hedor que, de no ser por el café, habría sido insoportable. Como no había espacio suficiente en la cocina, ahí se freía todo: papas, totopos, alitas, boneless, nuggets, lo que fuera. El dueño siempre decía que aguantaba un día más, mientras veía mi reflejo en esa pasta negra que se asemejaba al chapopote. Evitaba ver que los comensales se llevaran todo eso a la boca.
Ante la inmundicia de ese aceite requemado, un impulso de salubridad, de ganas de no ser el culpable de alguna desgracia, me llevó a tirar toda esa porquería negra y gastar de mi propio sueldo en un aceite nuevo. Lavé como pude la freidora que nunca quedó del todo limpia porque el cochambre se había aferrado a las paredes metálicas. Puse el nuevo aceite y respiré con tranquilidad. Pese a esta acción que yo denominaría como un acto de sentido común y humanidad, mi jefe me despidió alegando, entre otras cosas, una insubordinación a sus instrucciones claras de no cambiar el aceite. Y tanto le gustaba el aceite así que al poco tiempo encontré el establecimiento con las cortinas cerradas y con los sellos de “clausurado”. Poco le importaba lo que comieran los demás, pero eso sí, el hombre era muy exquisito con su clientela cuando se paseaba entre las mesas para preguntar si todo estaba bien, si todo era del agrado de los clientes. Habría sido bueno arrancar la freidora de su lugar y mostrarles el obscuro pantano del que habían salido sus papas.
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Más allá del daño que provocan los radicales libres del aceite, lo refrito nunca es bueno. La RAE define, en su segunda acepción, la palabra refrito como la obra «recompuesta o refundida a partir de otras». El María Moliner, en cambio, es más directo: dice que es la «cosa sin originalidad, compuesta con trozos de otras». Esta diferencia es fundamental, porque nadie se atrevería a señalar que el Ulises de Joyce es un refrito; nadie afirmaría que lo es la música de Daft Punk, pese a los samples que utilizan; nadie diría que son refrito las cincuenta y ocho interpretaciones que hace Picasso de Las meninas de Velázquez. Entendemos por refrito algo sin originalidad, que además utiliza elementos de otras obras, pero no solo por esa «apropiación». La intertextualidad empieza a ser molesta en el momento en que la originalidad sale por la ventana y se le da la bienvenida a una formulita bien ensayada que se repite una y otra vez.
La fiebre del live action, que traslada las películas animadas de toda la vida a un formato más realista, es ejemplo de esa falta de originalidad. A esto se suma el mercado de la nostalgia, que muchos artistas han
aprovechado para explotar sus grandes éxitos y estirarlos hasta que la franquicia —o su condición
física— no pueda más. Sorprendentemente, bajo el imperativo de prevalecer en escena, el cuerpo
parece nunca querer descansar (fenómeno harto interesante que la ciencia debería explorar: la avaricia
como fuente de la eterna juventud).
Luego están los crossovers, que sirven para contar la misma historia, generar el hype de ver a dos personajes que antes no se habían encontrado y que ahora, o se enfrentan, o hacen equipo. Las películas aprovechan para ello el tema de las múltiples realidades, el multiverso, que ya no es exclusivo de los superhéroes, sino que se aplica a todo. Distinto a los cameos o guiños —también usados de forma indiscriminada—, que sirven, en última instancia, como publicidad.
Encima está la wokerización de los personajes, que lejos de fomentar inclusión o reivindicación social, molesta por alterar absurdamente una narrativa conocida. Como hacer que Blancanieves —personaje cuyo aspecto físico es esencial en el cuento de los hermanos Grimm— no sea blanca, sino morena y de ascendencia colombiana. Un modelo de negocio basado en la explotación de causas sociales o woke-washing, que reescribe las historias para incluir «nuevos rostros», cayendo inevitablemente en lo ridículo, en lo kitsch. Pedantería de una industria que pretende ser candil de la calle, mientras esconde tras bambalinas casos de abuso terribles.
—¡Shhh! —hace un hombre desde su butaca, molesto porque le arruinamos la película.
—¡Shhh! —insiste, incapaz de perderse la emotiva escena de Mufasa llorando la muerte de su padre en CGI.
La tecnocracia en el arte ha deslumbrado a millones con su nitidez, su alta definición, su detalle, su realismo. El pintor hiperrealista es un maestro de la luz, y pinta a una mujer con la cara embarrada de miel o chocolate. ¡Qué impresionante! Uno de los argumentos con los que se defiende al arte hiperrealista frente a los despropósitos del arte conceptual o del performance es que, detrás de esa mujer bañada en menjurjes, hay horas de trabajo. Una respuesta que no deja lugar a dudas: el hombre trabajó tanto que nos hizo creer que era una fotografía. Si cuestionamos si es arte o no, no sólo atacamos al hiperrealismo, sino a la esencia misma del esfuerzo. Como si al final del arcoíris no hubiera ninguna olla con oro. Qué injusticia.
«La ciencia no piensa», decía Heidegger. Las pinturas rupestres tuvieron su técnica: carbón, arcilla, pigmentos minerales… pero no interesa tanto el cómo, sino el qué. La necesidad de contar una historia, el sentido del pensamiento reflexivo como resultado del descubrimiento o del cálculo. No quiero decir con esto que la habilidad, la destreza, el dominio no sean importantes o que no tengan el potencial de maravillarnos. Sin duda todo esto pasa, hasta hacernos gritar con alegría un ¡Eureka! Pero es en el pensamiento reflexivo —en esa dimensión filosófica que apunta Heidegger— donde el ser se manifiesta a través de lo que domina. El mercado ha sustituido estas reflexiones con respuestas al más puro estilo del culto religioso. ¿Quieres saber si este cuadro es arte?: mira el precio; mira quién lo hizo; mira dónde se exhibe.
La tecnología nos quiere entretener diciéndonos que nos puede entregar la misma historia en una calidad superior. La esperanza del refrito es que el público, fuera del síntoma de la nostalgia, apruebe un resultado con base en lo que se puede identificar como «actualizado» en términos de lo trendy. Pero el resultado suele ser fatal. La sabiduría popular dice: «las segundas partes nunca son buenas», y hasta cierto punto el refrán guarda razón. El resultado de revivir a los muertos, así como en los cuentos de terror, nunca termina bien. Hay que pensar en el refrito como si fuera el hijo de la familia White en The Monkey’s Paw, donde la madre se niega al hecho de que Herbert haya muerto y está dispuesta a revivirlo pese al riesgo de que este despierte con su cuerpo martajado.
