Fotografías: Cortesía
Estoy harto de esta casa,
de sus vuelcos tenebrosos,
cansado de sentir su estremecimiento:
este mundo que es casa ya cansa.
Flor de sangre sembrada por el amor.
Óscar Édgar López
MARTÍN GALVÁN
¿En dónde habita lo abyecto? ¿En la sombra o en lo cotidiano? Lo indecible, lo censurable, eso que barremos con regaños y escondemos debajo del tapete de las buenas costumbres. Lo dejamos ahí fingiendo que no se moverá, que no hará cosquillas a nuestra consciencia, que la fría neurosis mantendrá intactos los pensamientos impuros, sólo para después comprobar —con vergüenza— que no sucedió, que como burbujas emergieron, explotaron y salpicaron nuestra cara con esa sustancia viscosa que recuerda nuestra naturaleza vil.
Esa naturaleza que nos sorprende en la agresión, en el sometimiento del otro, en la burla al miserable, en los deseos lascivos e incestuosos. Esa naturaleza que construye su propia jaula de represión para no ser señalados, para guardar al demonio de la locura y permitirle bailar a placer entre las rejas, o bien que exista en el otro, no en uno, siempre en el otro que es el malo, el despreciable, el que está debajo de nosotros, el vagabundo, el loco, el enfermo. Es mucho más cómodo verlo fuera y allá manipularlo para evitar el escarnio, el señalamiento, para escapar de la demencia.
Óscar Édgar hace el trabajo sucio, baja al abismo y saca a la luz la piedra incómoda que todos llevamos en el zapato. Encuentra el hogar de lo ruin y lo señala para que lo veamos, para reflejarnos y poder reconocer lo que también nos constituye como humanos, o humanosos.
En estas líneas encontramos la frialdad de la muerte, esa que atrapa a un maestro ebrio en su departamento, víctima de la muerte como se acostumbra en nuestro país: monótona, distante, ejecutada por un sicario encomendado a su dios bigotón, quien al terminar acomoda su camisa, sacude sus botas, juega con los cadáveres, esquiva a los gatos testigos y terminada su jornada laboral vuelve a su escondite; encontramos la desesperación de una madre que espera en cada coche a su hijo y siempre, siempre, se le escapa la violenta paciencia; nos entrega el anverso de la muerte fría, esa que llega envuelta de placer, porque ¿quién ha salido ileso de la ruleta rusa del amor? ¿Quién se puede llamar victorioso en este juego? Ni los humanos ni los humanosos, menos la amante del hombre de hojalata y látex.
Alguna vez, Óscar me dijo: entre todos escribimos el libro de la vida. Y así entre literatura, psicologías, filosofías, inventamos nuevas casas, nuevos mundos a través de la palabra porque éste en el que nos tocó nacer no nos alcanza, nos da asco, porque queremos escapar de lo animal, porque nos creemos seres pulcros capaces de vivir en sociedad. La pluma de Óscar Edgar aterriza con un apapacho cruel a ese soñador que pretende escapar de lo que somos: unos simples y siempre insatisfechos, humanosos amorosos seres monstruosos.


