ENRIQUE GARRIDO
Reír: oasis en la sequía, negación de la negatividad, placebo contra la realidad. Sonreír en medio de la tormenta es desafiar al contexto. No hay nada como el humor a contracorriente, ser el bufón en los velorios. Žižek dice que los chistes no tienen autor porque nacen del inconsciente colectivo. Para él, fue el chiste, y no el martillo, lo que nos hizo humanos. Mi favorito es ese donde “entran dos personas a un bar…”. Hay infinitas versiones: un mirrey y un godín, un americanista y un cruzazulino, un israelí y un iraní, un palestino y un gringo.
Así como el humor, las cantinas son trincheras donde las diferencias se disuelven con alcohol. La sabiduría popular lo resume fácil, si tienes un problema con alguien, dispárale una caguama, no una bala. Películas como Drunk o Casablanca muestran a los bares, aunque sospechosos a la moral, más civilizados que cualquier potencia de Occidente, cualquier ministerio de guerra, cualquier acuerdo entre naciones, vamos, más humanos que cualquier ejército de paz.
Porque matar no es tan fácil como parece. Salvo que tengas algo personal contra el enemigo, cuesta trabajo disparar por la patria o la libertad. “Alta traición” diría José Emilio Pacheco. Lo mismo pasa con los animales, por ejemplo, los osos grizzli no matan a otros osos. Las pirañas no se muerden entre sí. Simio no mata simio. Y entre humanos, también hay un freno.
S. L. A. Marshall, oficial e historiador del ejército estadounidense, publicó en 1947 Men Against Fire, libro basado en entrevistas con soldados de la Segunda Guerra Mundial. Su hallazgo fue demoledor, pues señaló que sólo entre el 15% y el 25% de los combatientes disparaban su arma en combate real. No por cobardía, sino por humanidad. Hay un límite interno, una repulsión ética. La respuesta del ejército no fue repensar la guerra, sino hacerla más eficiente. Diseñaron tácticas para romper esa resistencia como entrenamientos con estrés, pérdida de identidad, brutalización, desensibilización, y lo más grave: despersonalización del enemigo.
En 2016, Black Mirror llevó esta idea al extremo en el episodio “Men Against Fire”. Un grupo de soldados con chips implantados en el cerebro ve a sus enemigos como monstruos. Hasta que algo falla. Uno de ellos empieza a ver la verdad: no son bestias, sino personas, familias. No lo soporta. Le borran la memoria… Otra vez.
No se trata de banderas, ni de ideologías, credos o negocios disfrazados de causas justas, sino de seres humanos matando seres humanos, y eso no es natural. Por ello los desfiguran, los distorsionan, los convierten en manchas, en cifras, en enemigos sin rostro, pues el problema no es matar, sino darle un rostro, ver sus ojos, el parecido, el reflejo. Disparan, pero a ciegas, y así empezará, si no ha empezado, la Tercera Guerra Mundial, con personas que no quieren matar, obligadas a no ver. Así que, en tiempos interesantes, hay que disparar… pero una caguama. Porque quizá fue un chiste, uno bueno y contado a tiempo, lo que alguna vez nos salvó del fin del mundo.
Me parece un gran artículo que ciertamente hace pensar en qué puntos nos llega a unir como personas; y lo que, por desgracia, por intereses meramente políticos nos separan. Gracias