ENRIQUE GARRIDO
Scrolleando por Facebook recordé una anécdota de cuando fui cajero en un centro comercial. En mis primeros años en la licenciatura en Letras Latinoamericanas tenía un bolsillo estrecho y un familiar enfermo; padecía tiempos difíciles. Mantener mi carrera y apoyar con los cada vez más asfixiantes gastos me obligaron, durante tres años y medio de 4:30 pm a 10:30 pm de lunes a domingo (descansando los jueves para ir al taller de creación literaria del Centro Toluqueño de Escritores) a tomar un empleo. Dormía poco, mi primera clase era a las 7, y mi hora de llegada a casa era incierta, sólo había un automóvil para el personal de cierre. Sí, una realidad para los que nos tocó trabajar y estudiar.
En una ocasión un hombre viejo de traje gris pasó a mi caja a pagar un café, leche y galletas. Lucía desorientado. Llegó su turno, balbuceando palabras sacó algunas monedas y, con gestos de alguien aturdido, me las entregó. Su valor no cubría el monto de sus productos. Para alguien cuyo padre también era un hombre de edad, vibró una fibra sensible y decidí perdonar el restante, cosa que hacíamos con nuestro dinero al cierre de la caja, pues esos negocios no le pierden. Así lo hizo un par de veces más, hasta que concluí que su vida de deudas no iba a pagarse a costa de mi miserable sueldo. Le exigí lo que faltaba, primero se resistió, luego aceptó y sacó un fajo de billetes de alta denominación que alcanzaba para pagar la cuenta de todos en la fila. Resulta que este hombre era dueño de algunos edificios y negocios del centro de la ciudad, pero vagaba por las tiendas pidiendo algunos pesos.
Lo recordé, pues es planteamiento de varios microdramas que me aparecen día con día en las redes. Ya saben, historias donde un mesero ayuda a un vagabundo que resulta ser el dueño del restaurante, o el multimillonario que premia o da una lección, dependiendo de la reacción que tenga; gatitos con IA que pierden a una anciana y se vuelven bomberos fornidos; romances entre diferentes clases sociales. Como diría Homero Simpson, todas esas cosas que suenan bien, pero que no funcionan en el mundo real.
Los microdramas o “wei duan ju” (微短剧) son producciones ultracortas pensadas para el consumo rápido en teléfonos móviles, un género que nació en China y está redefiniendo el ámbito del entretenimiento en la era móvil, pues se trata de una respuesta directa a los hábitos digitales actuales donde el tiempo es limitado, la atención es breve y el teléfono es la pantalla principal. Historias cortas de entre 1 y 3 minutos, sencillas y burdas, que generan millones de dólares.
Dentro de los muchos cuestionamientos que tienen destaco dos. De entrada, funcionan como una especie de parásito cognitivo, es decir, que su estructura sencilla hace que se puedan ver varios en una sentada, responden a la naturaleza más cercana al reel que a una verdadera historia desarrollada, con personajes y contextos complejos que exijan la atención del espectador, lo que los vuelve vacíos, adictivos y superfluos. Lo que nos lleva al segundo problema, dado que crea una perspectiva fantasiosa e ilusoria del mundo, reduciendo las interacciones a dicotomías de buenos y malos, y presentado a los empresarios como una especie de genios de fantasía que cumplen los sueños de quienes lo merecen.
Al contrario de lo anterior, mi microdrama acabó de una forma digamos más realista. Al descubrir el truco, no me dio la oportunidad que me hubiera sacado de pobre, ayudado a mi familia y convertirme en un capitalista solidario, sólo cambió de cajero, y luego de tienda. No tuve una historia de éxito, sino una perspectiva realista y una anécdota para esta columna. Tiempo después me lo encontré cerca de la tienda, ahora pedía que le acompletaran para sus medicinas. Lo saludé con una sonrisa de complicidad y seguí mi camino a mi jornada nocturna de trabajo.
Asombroso, creo haber escuchado algo parecido, con aquel personaje de pseudónimo «el copelele», quien solía pedir limosna dentro de la terminal. Creí que era un mito, creí que era una historia afortunada, que solo podría vivir en la imaginación.