DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
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Es un día de 1722 en España. Cumplidos los 15 años, casan al joven príncipe con una mujer –¿o debiera decirse “niña”?– de comportamientos extraños. Podríamos suponer que todo el cielo de Madrid se llenó de malos augurios. Es probable que alguien hubiera visto un león entre las nubes herido por saetas. La futura reina es francesa, tiene 12 años y se llama Luisa Isabel de Orleans.
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En la casa de los condes Santiago de la Laguna, aquí en Zacatecas, José de Urquiola organiza una fiesta para celebrar aquella boda. Para ello, manda a construir un teatro efímero octagonal, con un obelisco principal pintado, pero, según José de Rivera Bernárdez, “sin ninguna locución secreta”. También prepara la representación de comedias, desfiles, mascaradas, carros alegóricos y un barco gigantesco construido con madera de pino. Se convocaron además a los ingenios de la época a un certamen literario que tomaría el nombre de Estatua de la paz, porque representa la unión (y la paz, naturalmente) entre España y Francia.
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En 1724 el rey español, Felipe V, abjura de su trono en favor de su hijo, Luis. Lo nombraron así en honor de un antiguo rey de Francia. Como era la costumbre, le colocaron un número seguido de su nombre: Luis I.
El nuevo rey moriría un mes después de su entronización.
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Si nos acercamos un poco, algunos años atrás, podemos ver al joven bachiller José de Rivera Bernárdez leyendo detenidamente las páginas del Oedipus Aegyptiacus, del jesuita Athanasius Kircher. Revisa el grabado del laberinto egipcio. Analiza sus símbolos. Se pierde en esas cuadraturas, puertas y bifurcaciones que parecen no tener fin. Hay tantos dioses, animales y figuras geométricas. Llega con vehemencia a la pirámide y al obelisco, esas figuras que también le gustaban mucho a sor Juana. Detiene su mirada en las imágenes que adornan aquellas construcciones egipcias. Las imágenes le hablan.
Luego él las dibuja en el aire con su dedo.
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Es el año de 1724 en Zacatecas y Rivera Bernárdez, convertido en conde, decide extender la celebración por el nuevo rey con la construcción de un obelisco, esta vez de piedra. Pero en agosto, el joven Rey murió de viruela. Tal vez Rivera Bernárdez se enteró de la muerte del monarca pocos meses después. El obelisco zacatecano, sin embargo, estaba de pie. Medía poco más de 12 metros de alto y su base era de tres metros por lado. Este obelisco, a diferencia del anterior, sí tiene “locuciones secretas”. En cada una de sus cuatro caras había un león coronando la cima de los jeroglíficos. Se erigió aquí enfrente (aún sin los permisos oficiales) y alineaba su punta altiva con la redonda cúpula de la capilla de Nuestra Señora del Patrocinio, en el cerro de La Bufa.
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Aquel matrimonio de los reyes, por el que se originaron todos los festejos, fue infortunado, ciertamente. A Luisa Isabel, desde un principio, no la quisieron sus suegros. Se dice además que tenía comportamientos extravagantes en el palacio, al punto de que la encerraron.
“Luis I ordenó a la camarera mayor, la condesa de Altamira (Dª. Ángela de Aragón) que la llevara al Palacio Grande, esto es, al sombrío alcázar de los Austrias, en vez de al Palacio Chico, (El Buen Retiro), y que no le permitiese salir ni tener contacto sino con las personas nombradas por el monarca. Era el 4 de julio de 1724.”1
Sin embargo, durante las fiebres por viruela del Rey, ella no se despegó de su lado.
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Vamos de nuevo a Zacatecas. Es el año de 1727. Se ha publicado el libro y la relación de la justa poética Estatua de la paz. Al final de sus páginas se anexa un texto del propio Rivera Bernárdez titulado Obeliscus Zacatecanus. Se trata de la descripción y explicación de los jeroglíficos inscritos en el obelisco de piedra. Viene acompañado de un dibujo similar al realizado en el oficio que daba el permiso oficial de su instalación, realizado por la Audiencia de Guadalajara en 1725.
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300 años después, en Zacatecas, podemos situarnos en un espacio tranquilo. En las calles aledañas se oye el leve rumor de los automóviles. La habitación es un estudio rodeado de libros que hablan sobre la imagen y la escritura. Tiene una ventana grande por donde entra una luz extática. Una mujer hojea las páginas del Oedipus Aegyptiacus, luego las del Obeliscus Zacatecanus. Hay un hilo misterioso que une esas imágenes. Hay un misterio mayor que une la historia con las palabras, como si, dictadas desde las estructuras celestes, la vida y las acciones se entretejieran con una ciudad que parece un laberinto. Aquella mujer sabe que sus propios laberintos –el de la mente y el de los afectos–, se unen al cielo, a las calles y a la oquedad del inframundo. Piensa en sus maestros, los libros y el silencio. Hay un pacto misterioso por saldar y descifrar el lenguaje de nuestro paisaje, piensa.
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El libro que ahora presentamos y que puedes tener en tus manos, apreciado espectador, Obelisco zacatecano o elogio jeroglífico extraído del arte de los egipcios, de José de Rivera Bernárdez, alberga la historia de al menos seis obeliscos:
1) Uno de cartón dispuesto para un escenario teatral, con otros ocho más pequeños adornando los vértices de una base octagonal.
2) Un monumento de piedra.
3) Un dibujo de 1725.
4) Un dibujo de 1727.
5) Una écfrasis o descripción de las imágenes del obelisco.
6) Y en efecto, el estudio del obelisco, realizado por la Dra. Carmen Fernández Galán Montemayor.
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Este libro se encuentra escrito con calma y erudición. Eso revela cada una de sus oraciones. Tal vez de eso se trata la sabiduría, de tener calma frente al conocimiento, paladearlo, darle la vuelta, vivir el tiempo con él. La presente edición del Obelisco zacatecano, avalada por la prestigiosa colección El Paraíso en el Nuevo Mundo (Iberoamericana-Verveurt, 2024) y por un prólogo del renombrado historiador Antonio Rubial García, con el arte y diligencia con que fue hecha, conduce al lector por caminos que se vuelven necesarios de transitar para cualquier interesado en la vida y escritura de esta ciudad. Al mismo tiempo que el lector conoce las circunstancias que llevaron a la construcción y escritura del obelisco de piedra, con sus duplicaciones en imagen y escritura, se deleita con la articulación conceptual de sus partes. Las mencionaré para que el público sepa de lo que hablo:
• El contexto cultural de Zacatecas en 1722, con sus particularidades económicas y sociales.
• Las inquietudes intelectuales y políticas de José de Rivera Bernárdez.
• La influencia del arte egipcio en los ingenios del Nuevo Mundo.
• La fiesta barroca y el aparato festivo de la época.
• El método para “escribir” una estatua.
• Las fronteras del jeroglífico con otras artes, como la emblemática.
• La metamorfosis de la palabra en imagen y de la imagen en palabras.
El estudio es exhaustivo. Carmen F. Galán no sólo analiza los horizontes interpretativos del obelisco para un lector especialista, sino que, en su arte y diligencia, sustrae al propio lector a los campos de la imaginación y la inteligencia a través de conexiones simbólicas entre historia, escritura, imagen, influencias paganas y divinas, incluso astronomía. Es decir, no sólo es un estudio, sino un texto creador que, a su vez, mueve a la creación de otros textos. El rescate de este obelisco escrito se presenta, anotado y analizado, en su versión en latín, con las traducciones al español y al inglés. Además, se ofrece una lectura fonética de los jeroglíficos que adornaron el obelisco de piedra dividida en tres partes: la imagen, el significado de esa imagen en 1722 y el significado de esa imagen en lengua egipcia original.
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O descifras los jeroglíficos, o te vuelves uno.
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No diré más. Durante esta tarde, los aquí reunidos hemos construido otro obelisco de palabras. Dejaremos al lector con la expectativa de los reyes jóvenes. Sobre todo, toca a los presentes descubrir en el Obelisco Zacatecano e elogio jeroglífico extraído del arte de los egipcios, qué sucedió con todos estos obeliscos; qué pasó con Rivera Bernárdez; qué dicen los jeroglíficos de las cuatro caras, etc. Toca a ustedes, próximos lectores de este libro, descifrar el enigma de la vida de Zacatecas (sus imágenes, geometrías, laberintos) a través de una escritura que ha llegado hasta nosotros, después de 300 años, gracias a las manos, el arte y la inteligencia de Carmen F. Galán Montemayor.
Con cariño y admiración, David Castañeda Álvarez.
Texto leído en Palacio de Gobierno, antigua casa de los condes Santiago de la Laguna, el 28 de agosto de 2025.
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Referencias
1Luis Núñez Boluda. Luis I, un reinado breve y un debate constitucional. Tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid., p. 67.
Fotografías: Cortesía



