DANIEL MARTÍNEZ
No recuerdo cómo fue que me empecé a interesar en Mircea Cărtărescu (1956), ese escritor rumano contemporáneo, aspirante al Nobel, cuyo nombre veía mencionar por aquí y por allá en artículos o publicaciones sobre literatura actual. Su nombre me produjo una inexplicable atracción, casi diría que un llamado. Se trata de un autor culturalmente distante: dentro de las romances, su lengua es la más lejana y menos parecida a las demás, como el español, el portugués, el italiano o el francés. De la literatura de su país no conocía nada. De su historia nacional o de su patria dentro de la historia europea y mundial tampoco tenía registro alguno (y salvo lo que he investigado, sigo sin conocer). Sin embargo, algo me llevó hacia él y fue un hallazgo fascinante. De tal manera que investigué y me adentré en su obra, de la cual he leído ya Nostalgia (1993), Solenoide (2015) y la trilogía Cegador (1996-2007). Sobre esta última quiero hablar.
Cegador (título original Orbitor) es una trilogía de novelas publicadas entre 1996 y 2007 en rumano y luego en español apenas entre 2018 y 2022 por la editorial Impedimenta. Su composición tripartita se presenta con títulos que aluden a una mariposa, de modo que el primer libro lleva como título El ala izquierda, el segundo se llama El cuerpo y el tercero El ala derecha, conformando así el organismo completo que es la obra Cegador (un total de 1510 páginas). Esta figura animal parece representar para su autor el arquetipo de la perfección y la simetría, del conjunto armonioso y acabado, además del estatus casi sagrado que le otorga a la criatura. En cierta parte del tercer libro dice: “Porque las mariposas, decían los helenos, son el verdadero símbolo del espíritu. Y el Espíritu Santo, descendido sobre Aquel que estaba sumergido hasta las rodillas en el agua del Jordán, recibiendo el bautizo de Juan, tenía sin duda forma de mariposa”.

Imagen extraída de Gaceta UNAM
La definición de “novela” o trilogía de novelas para esta obra es insuficiente. En segundo lugar debe decirse que la obra completa es una autoficción, es decir, una autobiografía en la que se combinan elementos de realidad y fantasía. Pero aun así nos quedamos cortos. Cegador es en sí misma un mundo: retrato de una época, historia familiar, novela de formación, tratado religioso, relato histórico, manifiesto político, disertación filosófica… en los que el autor hace un despliegue de su desbordante erudición, entrelazando religión y ciencia, hinduismo y budismo con física cuántica y astronomía, ocultismo, historia, política, anatomía, zoología… En sus páginas asistimos a un universo en el que se confunden, por un lado, lo onírico, las alucinaciones/ensoñaciones, el microcosmos, el Yo y el libro (autobiográfico); y del otro, lo real y la vigilia/lucidez, el macrocosmos, el Todo y el Mundo. En esta obra se funden microcosmos y macrocosmos, aspira a ser un libro-mundo, pues para el autor el Yo, en tanto es tu, su o nuestro Todo, es el Todo.
Un ejemplo: en la tradición hindú existe un concepto que se denomina “Akasha” (término sánscrito que literalmente significa “éter” o “espacio”), que es el infinito en el que existen, se interrelacionan y se comunican todas las cosas y en el que están registrados todos los acontecimientos, actos y pensamientos. Algo así como una telaraña cósmica que contiene e interconecta todas las cosas y seres existentes en el universo. Este término religioso se ha asociado, analógica o metafóricamente, con conceptos de la física cuántica, como la energía oscura (que es como una especie de trasfondo cósmico y de lo que está “compuesto” aproximadamente el 70-80% del Universo y que aún no se sabe con exactitud qué es), el campo cuántico universal y el principio de la conservación de la información. Pareciera que aquellas nociones religiosas tan antiguas contenían ya los misterios del universo que la humanidad está apenas desentrañando. Tanto en un dominio como en otro, se apunta a que todo está relacionado: que el Todo, el Uno y el Yo son lo mismo.
Quiero compartir un par de fragmentos que hablan sobre esto. Casi en las primeras páginas de El ala izquierda, nos dice:
“El propio cosmos, en un nivel superior al paisaje de las galaxias y los cuásares, se refleja en sí mismo, en una súper-mente cuyo fundamento es la memoria. Existe una memoria universal que abarca, almacena y destruye la noción de tiempo. Existe Akasha, y el Akasha es la salvación del universo, y fuera del Akasha no existe esperanza de redención. Él es el ojo en la frente del Todo que abarca la historia del Todo con todo lo que es, ha sido y será. En el Akasha no existe la muerte, tampoco el nacimiento, todo es coplanario y todo es ilusorio. Todos los acontecimientos del mundo y cada partícula de sustancia y cada quantum de energía están presentes allí en una luz transfinita, en el Recuerdo.”
Y casi en las últimas de El ala derecha:
“Puesto que tengo la misma sustancia que el escalón en el que me encuentro, que el aire que me rodea, (…) puesto que no hay frontera alguna entre tú y yo, (…) puesto que hace cincuenta años yo estaba desperdigado por la superficie de la Tierra, (…) y dentro de cincuenta años estaré de nuevo diseminado en el polvo y en el viento y en la carne de esta tierra bendita, puesto que todo lo que se ve y todos nosotros somos tan solo momentos de cristalización, místico-tecnológica, de un polvo de ecuaciones, de una suma de historias posibles, puesto que llevo en cada instante, en mi mente, mi cerebro, mi carne, mi materia, la memoria de cada suceso ocurrido alguna vez, desde el instante actual, cuando te miro, Mircea, hasta el instante en el que, en la escala de Planck, el átomo originario, la unidad más pequeña de espacio y tiempo, que se encuentra a una temperatura y una densidad infinitas, empezó a expandirse, puesto que somos hologramas del mundo verdadero, que presenta una dimensión de más respecto a nosotros, puesto que Platón tenía razón ―somos sombras del mundo verdadero―, por todo ello y por muchos otros innumerables “puesto que”, cada uno de nosotros puede decir, junto con la gota de rocío, la brizna de hierba y la supergalaxia, junto con los eones y los mundos de los mundos, con la luz de la luz: “¡Soy Todo! Soy el que soy, eterno, inmutable, perfecto. Soy Uno.”
En una entrevista dijo Mircea Cărtărescu que con Orbitor, se propuso hacer un libro “a su imagen y semejanza”: una copia o un reflejo de su yo, que a la vez sería una proyección de su cosmovisión y de “todo lo que él sabía sobre este mundo”. Durante 14 años edificó ese monumento literario. Y lo construyó, cabría decir, ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, pues por increíble que parezca, lo escribió a mano. Letra a letra levantó un monumento a su propia persona y vació todo su ser en ese tríptico monumental, que alcanza alturas como las de La montaña mágica o La guerra y la paz, como bien afirma la entrada al primer libro: “Una catedral de la imaginación y la erudición que catapulta a Cărtărescu a los más altos niveles de la literatura europea”. Así, la infancia y vida de un hombre de la Rumanía socialista de la segunda mitad del siglo XX se convierte en la fábula del mundo, que culmina con la revolución del invierno de 1989, en la que se derrocó, procesó y ejecutó al autócrata Nicolae Ceaușescu, en un final apoteósico en el que se entremezclan realidad y fantasía, la historia, la política y la religión. En este monumento literario Mircea Cărtărescu nos demuestra que uno mismo puede ser el mejor tema sobre el cual escribir. Con libertad y con fe ―nos dice―, partiendo de nuestro mundo interior, podemos soltar amarras y escribir para describir todo el mundo exterior. Pese a la distancia cultural, me he encontrado identificado en muchos momentos de la obra, como si ese llamado hubiera estado destinado a enseñarme algo. Y no creo exagerar cuando afirmo que por extensión, profundidad y abundancia, ha sido el viaje lector de mi vida.


