Alguna vez, siendo niña, me hablaron de la capacidad de asombro. Luego crecí y esa frase siguió presente en las aulas de la facultad, pero se repetía cada vez menos en los pasillos de oficina. Recuerdo, por ejemplo, mis primeras emociones como editora en un periódico local: la obviedad del nerviosismo, toparme en seco con mis primeras erratas con consecuencias, aprender a desaprender, tuve que vincularme con rostros de políticos, de los que era totalmente analfabeta, conocer cómo funcionaba el engranaje del Estado; mi jefa inmediata solía decir que me faltaba terreno, a mí, quien habitaba con total placer el mundo celeste: el de la literatura.
Sin embargo, probablemente lo que más me provocó asombro fue la nota roja: el que llamaban “muertómetro del día” me parecía una falta de respeto, aunque notaba la practicidad de llegar a la cifra histórica para estar listos cuando fuera necesario para realizar la nota de ocho —tampoco sabía que era una nota de ocho—.
Esas jornadas nocturnas me provocaban una psicosis a la que no estaba acostumbrada: temía, asaltos, homicidios y accidentes, salía en la madrugada, entraba todavía con la luz del día y, como dice Josefina Vicens en El libro vacío —y parafraseando para acomodarlo a mi circunstancia—, yo no conocía la luz del amanecer porque estaba dormida y tampoco la del atardecer porque estaba detrás de un escritorio en horario laboral.
Poco a poco esa capacidad de asombro se fue haciendo mínima, me veía a mí misma cometiendo menos errores, aunque los había, llevando la lista de los homicidios del día, escribiendo y editando con lenguaje periodístico, dejando que el polvo se acumulara encima de los libros, pero llegó otra cosa: un feminicidio infantil, apenas una pequeña de cinco años que conmocionó al estado y a mí. Otra vez esa capacidad de asombro, la humanidad puede realizar cosas terribles. Y me indigné, por supuesto, le puse todo el ímpetu a la edición del día como un pequeño homenaje a la víctima, pero también hice corajes con cosas banales, como horarios y horas de salida; en retrospectiva, mi humanidad también estaba quebrada.
Pasa el tiempo y la verdad es que cada vez nos dejamos sorprender menos: normalizamos a los niños descalzos que piden dinero y tiran los dulces, a las madres que tienen frío y a los perros que caminan lastimados por el Centro Histórico como si fueran almas en pena; hay menos, también el estado se ha encargado de remover para que no dañen la sorpresa positiva de los turistas que viajan a conocer una ciudad patrimonio.
Tal vez por eso estoy tan contenta de este hallazgo, compartido a través de los ojos de Alberto Avendaño, porque lo imagino con los ojos redondos como platos —con perdón de ustedes por el lugar común poco sorprendente— caminando de una sala a otra encontrando no el arte en una nota roja, sino una nota roja ficcionalizada, reimaginada, por aquella desautomatización y encuentro con una voz que se acerca a nuestra poética.
Siempre bromeamos Alberto y yo de que escribimos muy similar, incluso sin advertirlo ni compartirlo nos hemos dado cuenta de algunas imágenes, temáticas y versos similares ya cuando nos acompañamos en la lectura final. Nosotros también escribimos de los muertos, de la decadencia, de los despojados. Como dice Alberto, Martha Pacheco “no pinta sobre lo bonito” y nosotros tampoco lo escribimos.
Hoy, queridas lectoras y estimados lectores, celebro el encuentro de Alberto con el asombro y con la obra de esta artista, y espero que —como a mí— también a ustedes les cause esta fascinación: lo que te atrae y te aterra al mismo tiempo. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero