DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
Una de las labores no dichas del poeta es el acto de nombrar para insuflar vida en las cosas inanimadas. Tal vez el mejor ejemplo de lo que digo es una anécdota del maestro Basho, quien enseñaba a sus alumnos a crear un haiku:
Estaba el maestro Basho en una sesión de renga. A Kikaku, uno de sus discípulos, se le ocurrió el siguiente haiku:
¡Libélulas rojas!
Quítales las alas
y serán vainas de pimienta.
El maestro reflexionó como paladeando el haiku y al cabo de unos instantes le dijo a Kikaku que así mataba a la libélula. Un haiku debe dar vida, no quitarla, concluyó Basho. Su corrección, poner el haiku de Kikaku del revés, fue brillante:
¡Vainas de pimienta!
Añádeles alas
y serán libélulas.
El poema, en este punto, es una suerte de emancipación contra la muerte. Vivifica la vida misma desde sus ángulos más discretos. Pero eso es tan sólo una parte de un entramado más complejo. El poema nombra (y cada vez con más frecuencia) hechos incómodos que, en la inercia del mundo contemporáneo, veloz y narcisista, hemos querido eludir con apariencias y tecnología, cosas como el dolor, al abandono, la soledad y el tedio.
A. E. Quintero es uno de los poetas que escriben de esa otra libélula que no quiere ser pimiento ni libélula, sino un ser que sólo quiere estar callado. Y del hombre extenuado por la vida, porque la vida misma es una palabra extenuante. Dice, en uno de sus poemas:
Entiendo que se queden calladas.
Que las plantas
se queden ahí
en su inteligente no decirle a nadie;
en su admirable no hablar, no meterse.
El poeta clásico ha jugado a meterse donde no le llaman. Con razón Sócrates desconfiaba de todos ellos. Pero el otro poeta, nombra la desolación y las pasiones más detestables; es decir, emociones que realmente no quieren ser nombradas, pero están latiendo en las cámaras más oscuras del corazón. En otro fragmento de Quintero dice:
Y te odio porque quiero llamarte para decirte que te odio
y que te odian conmigo también los floreros de mi casa.
Todo lo que guardó la tarde en una bolsa negra
está echando raíces de agua bajo esta tierra envejecida.
Quizás el hilo rojo que une a todos los poetas sea, en efecto, la manía de nombrar cosas. Unas veces se da voz al cuerpo:
Mi pecho se cree camión de carga.
Mis pies sí son camiones de carga.
Mis piernas
prefieren otras piernas.
Mis tobillos llevan más de cuarenta años
esperando que los mencione.
Y mis nalgas… pues bien,
aquí, sentadas,
esperando a ver qué pasa.
Otras veces se nombra el nombre, la sombra que se forma mientras se enuncia:
Cómo me gustaba, a partir de ti, de conocerte,
cómo me gustaba tu nombre,
cómo me gustaba que te llamaras así,
que yo te llamara así.
Me gustaba tanto oírme decir tu nombre.1
A.E. Quintero escribe sobre las heridas, incluso sobre la felicidad a costa de sí mismo. “Amanecí contento, pero no es mi culpa”, dice. Es una rara avis que no se preocupa en darles o quitarles las alas a los pimientos, como Basho y su discípulo, sino que deja las cosas tal y como están y sólo se limita a nombrarlas, que ya es mucho. ¿Para qué dar vida a los frutos si hay cuentas por pagar y hay que reparar los zapatos? De esa rara tristeza, entre otras muchas otras formas de nombrar el mundo, escribe Quintero. Nos leemos después.
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1 Todos los fragmentos de poemas se tomaron del libro Porque el corazón se siente como ir montado en un caballo. (Poesía reunida 1996-2019). Editorial De otro tipo. 2019.

Fotografía extraída de FB: @ AE Quintero