Ansia de movimiento. Irte para regresar distinto, siguiendo los mandatos del poeta, oler fragancias nuevas, encontrar piedras preciosas, hacer que el viaje valga la pena: con su ausencia, con el desarraigo, con la Ítaca sitiada. También irte para regresar más sabio, dice Kavafis, y no estoy segura de haberlo logrado: conocimientos, no tengo la certeza; con la sorpresa, todavía asomando por el brillo de la pupila. Así partimos, regresamos más ricos: no teníamos zafiros, pero sí nuevas amistades.
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de presenciar algo único y maravilloso: cuando dos amigos se encuentran. La amistad es maravillosa, es un ente extraño que muta y se mueve contigo, cambia, a veces desaparece, otro se queda persistente –a veces en contra de nuestra voluntad–, pero hay amor. En la amistad hay amor, en las reuniones semanales para quejarnos de la vida, en los audios interminables, en el amor transferido a los hijos, en los duelos, en las mudanzas y en las risas.
A veces la amistad se sostiene en el tiempo y queda ahí, en una habitación especial del corazoncito, una canción a media tarde, un recuerdo jugando parchís con la abuela, una tarde de café, libros y chismes –otro tipo de literatura–.
En algunas ocasiones las amistades “se van por cigarros”, como dice Luis Humberto Crosthwaite, y otras se consolidan en las caladas, en la vida resumida entre ocho y 10 minutos, en la vía pública, en un café, en un balcón: amistades de humo, amistades que no fuman y te acompañan –con distancia prudencial– a pesar del asma.
Hace unas semanas atestigüé un milagro: el reencuentro de dos amigos que se conocen y reconocen, que se admiran y se acompañan: Luis Humberto Crosthwaite y Gonzalo Lizardo rompiendo las estadísticas norteñas, juntos en Xalapa de Enríquez, compartiendo una mesa con Magali Velasco, para hablar de El rito del poder, la censura editorial, política, una sonrisa sardónica y un norteño descomunal irrumpiendo en tierras zacatecanas. A veces, de alguna manera, me da una especie de nostalgia (no sé si portuguesa) –dirían fomo los más pequeños– de no estar ahí, en esos recuerdos, pero aquí tengo los míos, con mis propios acompañantes y me parece que de alguna manera la literatura también es eso: lo que no está en la página, lo que se queda en la lectura del manuscrito –menos pulcro, pero más genuino–, en la cerveza, en los viajes, en las marcas rojas hechas con el mismo rigor que cariño.
Por esto y muchas cosas más, queridas lectoras y estimados lectores, les dejamos en esta edición de El Mechero el texto de presentación que nos regaló, con gran generosidad, nuestro ahora amigo Luis. Le agradecemos a él y a Karla por abrirnos las puertas de su casa, por el café a mediodía y las fotos compartidas de gatos.
Espero que, como yo, disfruten mucho de la lectura y no lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero