FROYLÁN ALFARO
Imagina, querido lector, que un día te invitan a una charla sobre metafísica. Llegas, te sientas, y la persona que está frente al micrófono empieza a hablarte de chakras, decretos, energías positivas y la famosa ley de atracción: “Si lo piensas, el universo te lo concede”. Quizá sonríes, quizá te incomoda un poco, como a mí, pero ¿esto es realmente la metafísica?
La confusión es comprensible. Actualmente, la palabra metafísica se asocia casi siempre con algo misterioso, espiritual o esotérico, algo que está “más allá de lo físico”. Sin embargo, la metafísica original, la que nació con Aristóteles hace más de dos mil años, no tenía nada que ver con decretar abundancia ni con conectar con tu energía interior. En realidad, la historia de este concepto es mucho más interesante.
La palabra metafísica no nació de un filósofo iluminado, sino de un editor. Aristóteles nunca escribió un libro llamado así. Después de su muerte, sus discípulos recopilaron sus tratados y notaron que, tras su famoso texto sobre la física que trata sobre el estudio del movimiento, las causas y las leyes del mundo natural, había otro conjunto de escritos que hablaban de cosas todavía más fundamentales.
Al no saber cómo llamarlos, los catalogaron como “ta meta ta physiká”, que significa: “lo que vienen después de la física”. Así, por puro orden de estantería, nació uno de los términos más influyentes de la historia de la filosofía.
Pero, con el tiempo, la gente empezó a interpretar “meta” no como “después”, sino como “más allá”. Y así comenzó la idea de que la metafísica es el estudio de lo que trasciende lo físico, lo invisible. La palabra cambió de sentido, y con ello dio paso a siglos de malentendidos.
Aristóteles veía la metafísica como la “filosofía primera”, es decir, la más básica de todas, porque pregunta por los fundamentos mismos de la realidad. Por ejemplo, imagina que tienes una taza de café en la mano. La física puede explicar su temperatura, su composición química o la velocidad a la que el vapor se eleva. Pero la metafísica pregunta: ¿qué es una taza, realmente? ¿Es solo un conjunto de moléculas? ¿Es la idea que tienes en la cabeza?
La física mide, la química analiza, la biología describe, pero la metafísica se pregunta qué significa todo eso. Sin este nivel de reflexión, cualquier conocimiento sería como construir un edificio sobre arena porque podríamos levantar paredes, pero no sabríamos sobre qué terreno descansan.
El problema es que, a lo largo de los siglos, la palabra se fue desprendiendo de Aristóteles y acabó mezclándose con todo tipo de discursos espirituales. Desde los manuales de autoayuda actuales hasta vibras, decretos y energías cósmicas.
Por ejemplo, cuando alguien afirma que la metafísica enseña a “atraer abundancia con tus pensamientos” está usando la palabra de una forma completamente distinta a la original. Esa no es la metafísica aristotélica, sino una corriente espiritual que busca dar sentido a la vida mediante creencias personales.
No es que esas búsquedas estén prohibidas, todos necesitamos construir significado. Pero confundirlas con filosofía es como llamar astronomía a leer tu horóscopo. Una se basa en la reflexión y el análisis conceptual, la otra, en la fe y la experiencia subjetiva. Ambas pueden convivir, pero no son lo mismo.
Puede parecer que estas preguntas antiguas ya no tienen lugar en un mundo lleno de ciencia, tecnología e inteligencia artificial. Pero ocurre lo contrario, pues cuanto más sabemos, más necesitamos de la metafísica. Por ejemplo, cuando debatimos si una inteligencia artificial podría ser consciente, la respuesta no está solo en el código o los algoritmos. Necesitamos preguntarnos ¿qué significa “ser consciente”? ¿Qué hace que algo sea “alguien” y no “algo”?
O cuando los físicos discuten si el tiempo es real o sólo una ilusión, en realidad están haciendo metafísica. Están tratando de entender los conceptos más básicos que sostienen nuestras teorías científicas.
La metafísica, entonces, no es un lujo intelectual ni un pasatiempo de filósofos, es la gramática de la realidad, el sistema de reglas que hace posible que entendamos lo que vemos, lo que sentimos y lo que creemos saber.
Hoy la palabra metafísica está secuestrada. Para muchos, suena a rituales, decretos o fórmulas mágicas para que “el universo” te cumpla deseos. Pero, siendo más concretos con el término, el valor de la metafísica no está en ofrecer soluciones fáciles, sino en enseñarnos a pensar más profundo. En este sentido, cada vez que te preguntas qué significa existir, cada vez que te cuestionas si hay un sentido detrás de las cosas o por qué hay algo en vez de nada, estás haciendo metafísica.