ADOLFO VLADIMIR
El libro Mitad humano, mitad muñeco contiene un texto introductorio de Pedro Valtierra, conocedor de la labor fotográfica y del momento en el que se elige una escena y se dispara en la calle, y quien nos presenta el trabajo propuesto por Eduardo López Moreno, autor del libro que hoy nos reúne en este lugar. Además, la obra también contiene un magnífico texto de Rogelio Villareal, quien, impulsado por las imágenes, indagó sobre los orígenes de maniquís, muñecos y robots, nombrados en la historia, que sirven como preámbulo para aproximarnos a las fotografías que Eduardo documentó a lo largo de aproximadamente ocho años.
Eduardo López Moreno es fotógrafo social y anfitrión de la calle, rescata el trabajo documental desde lo cotidiano: caminar, recorrer pueblos y mercados, caminar y caminar, pero en el proceso sentir los momentos y buscar un elemento que atraiga la atención, el asombro y las miradas, detenerse y tomarse el tiempo para disparar. Llegar a ese instante, cuando logramos encontrar lo que nos hace poner en el mismo momento el corazón, la mente y la mirada: ésa es la búsqueda de la fotografía en la calle y éste es un libro que nos invita a comprender el proceso.
En este libro, Eduardo nos muestra su proceso creativo. Cuando caminas por la calle, buscando fotos, puedes encontrarte perdido por la cantidad de historias, personas, luces, rostros, miradas, elementos y sensaciones. La calle es rica visualmente hablando, pero también puede ser un laberinto que desemboca en el sentimiento de no saber a qué disparar, a unas personas no les cuesta trabajo, pero otras tenemos que buscarle más, detenernos más tiempo a observar.
Me parece una gran faena la que realiza López, como ejemplo del proceso creativo para identificar lo que nos mueve: identificó a los maniquís como creadores de sus historias visuales efímeras, registra los momentos, que en totalidad construyen el tema, la historia. Los instantes capturados reflejan las preguntas que Eduardo se hace para comprender su espacio, el que comparte con esos muñecos inmóviles; asimismo, con el mismo propósito, recorre todos los países hasta encontrar a su personaje: lo busca, va detrás de sus pasos y lo documenta; sin embargo, en cada toma se transmite una cercanía distinta, un contexto diferente que se devela en cada uno de estos seres inanimados.
A lo largo de las páginas sobresale el elemento sociológico en sintonía con la formación del autor; hay marcadas diferencias que se notan a través de la fotografía documental. Las fotografías muestran un valor estético y compositivo, pero también se revela –consciente o inconscientemente- diferencias que para mí fueron muy claras y que el público puede observar también. Una de estas características es la lejanía en la que un maniquí se encuentra a las personas; generalmente, en los países del norte global, o en el llamado primer mundo, están más lejos, bien vestidos, siempre del otro lado del escaparate, impecables y mirando desde el interior con desprecio, nunca se les ve junto a la gente, tal vez como una metáfora bien lograda de la sociedad que habita en ese lugar.
Sin embargo, en otros países, el sur global o el llamado tercer mundo, el acercamiento de estos muñecos de fibra de vidrio es tal que se incorporan a la cotidianidad de las personas, pareciera un reflejo contradictorio porque, no obstante a lo anterior, no son figuras hechas a imagen y semejanza de las personas negras, originarias u orientales, quienes viven en esos lugares geográficos. De algún modo, esos seres inanimados son la contraparte: el racismo, la blanquitud, “la estética” hegemónica impuesta por el mercado como necesidad básica. Cabe resaltar que, además, esta sección resalta por el número de capturas realizadas, pues es mayor que la que se efectúa en el llamado primer mundo.
Es interesante analizar cómo las sociedades no incluidas en el escaparate comercial son las que, no obstante, se acercan más fácilmente a estos muñecos, los integran a su día a día, los vuelven parte de su vida y precisamente esa cercanía es la que se transmite en las fotografías de López: la compañía en las calles, camiones, mercados, transportes tradicionales, como si fueran acompañantes de la pobreza y, al mismo tiempo, seres que fraternan con esos egos blancos.
Habría que hacer un análisis mucho más profundo justo de la simbología y la semiótica que hay en las imágenes de Eduardo López, pero visualmente es muy claro: la construcción de dos realidades con el mismo elemento conductor.
Sin duda alguna es un libro con una gran calidad estética y documental que, acompañado del blanco y negro, evoca la intimidad que se genera con los otros y construye ese puente visual entre países. Eduardo es contundente en el mensaje a través de los maniquíes: hay una memoria viva de las cosas.
Sólo para nombrar algunos ejemplos, en el libro hay fotografías destacadas, como ésa en la que una mujer de talla grande contrasta con la figura estereotipada de belleza de la cabeza de una maniquí que carga bajo el brazo, cuya escena es enmarcada con un segundo plano de las pinturas de otras mujeres al estilo Botero.
O la otra, en la que resalta una figura femenina entre sombras en Tuxpan con una calidad artística que sobresale por el contraste y el baile entre fotos informativas y momentos mucho más poéticos.
O aquella en la que una mujer lleva en un balde varias cabezas femeninas de maniquíes en medio de la calle, en algún pueblo de Nairobi, Kenia. Esto no sólo nos hace pensar en el valor artístico en sí, si no que nos habla de la espera necesaria para lograr esa toma, nos remite a la paciencia, al silencio, al instante.