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RENÉ FALCÓ
Odio con lo más profundo de mi ser a todos, y espero que con esta profundidad en la que ahogo esa furia que desprecia su existencia comience a volverse más plena, más tranquila. Espero alejarme jodidamente de la plasta llamada humanidad…
¿Qué hace uno como amante del arte cuando siente tanto de esto y de nada? No quiero más las doctrinas, ni los dogmas, ni la libertad, ni el discurso, ni saber quiénes se aman y quiénes se odian. Tampoco quiero saber quiénes cogen y quiénes pierden. No quiero saber qué estudian o qué hacen. No quiero ver las jetas perdedoras en el transporte público, las trifulcas de supuesta paz, ni los diálogos imbéciles que salen de una conciencia que sólo nos dota de dolor, ignorancia y cobardía.
No necesito toda esta pueril y estéril existencia que hoy me jode el pecho como a quien le joden toda una siniestra oscuridad. Así me siento, así me siento: en una siniestra oscuridad donde mis libros ya no me hablan, la música ya no me palpa la ternura y la pintura no me quita los temblores de la mano…
¿Qué hace uno cuando tanto odio comienza a crear un desprecio incluso por los bordes y las texturas del arte? Lloro así, sobre mi cuarto que apenas alumbra azulado. Miro mis bocetos iniciales de un texto, en la mugre de algún día, en el polvo del suelo, en la mancha de alguna pintura que derramé, en los textos que no he terminado, en la cerveza que veo con tanta infamia…
¡Quiero otro trago! A la chingada con todos, me repito, mientras sigo sin entender por qué la espesura del arte me trata como un mendigo; por qué mi padre me trata como huérfano y mi madre como bastardo; por qué mis hermanos me denigran la personalidad; por qué mis amigos sólo quieren de mí lo que ellos ya tienen; por qué ella no quiere mi amor ni dejarnos ser plenos.
No entiendo nada de esto: los ninguneos de los desbalagados artistas, a quienes ya hubiese madreado uno por uno, pero que no haré, porque defenderé con autoridad mis lágrimas derramadas antes de que ellas quieran comerme con todo este odio.
El odio, la nada, lo que ya no fue… ¿Eso es arte? El odio, el odio… ¿Eso es arte? ¿Despreciar todo? No quiero esta vida. Y sólo estoy preparando a mi propio entendimiento para cuando mi corazón colapse y no esté más aquí, quejándose, desollando y buscando.
Dios, si eres real, no quiero que me perdones. Ojalá nunca hubiese conocido la vida como la conozco: con sus tenues y bellas formas de expresión, con las melodías ocultas del jazz o el rock, con las miradas de quienes a veces no apreciamos en su totalidad por egoísmo.
A Miguel Fermín, Val, la doctora Rubí y a todos los innombrables.