Escribo como si quisiera salvarle la vida a alguien. Probablemente la mía.
Clarice Lispector
¿Cuál es mi casa?/ ¿dónde vivo?/ Mi casa es la escritura/ la habito como el hogar/ de la hija descarriada/ la pródiga/ la que siempre vuelve para encontrar los rostros conocidos/ el único fuego que no se extingue.
Cristina Peri Rossi
KAREN SALAZAR MAR
He aquí 17 plumas que atestiguan la libertad de una mujer frente a una hoja en blanco, frente a la escritura como un posicionamiento: levantar la voz para gritarle al mundo que hay algo importante que decir, lo que sea. Aquí hay un libro publicado porque también hay pies firmes asentados después de siglo de silenciamiento, de guardar los manuscritos en un cajón, amarrados con listón, tocados a la luz de la vela, incendiados antes de mostrarlos a alguien más.
No todas las alas son visibles. Algunas no se ven, pero se sienten en la respiración, en el eco de una página que pasa, en el temblor de una voz que se anima a pronunciar aquello que antes no se atrevía. Plumas del desierto es un libro y, al mismo tiempo, un vuelo colectivo: diecisiete mujeres, unidas por un hilo invisible que se teje en talleres, círculos de lectura y espacios de acompañamiento, han encontrado en la escritura un lugar propio y compartido.
No todas viven de la literatura, pero todas viven en la literatura. Entre ellas hay maestras, estudiantes, amas de casa, trabajadoras, mujeres que vienen de oficios y caminos diversos. Su vínculo no está hecho de títulos académicos ni credenciales, sino de una certeza más antigua: la de que narrar es un acto que sostiene, que nombra, que defiende.
El libro que han dado forma no es un catálogo de géneros ni un muestrario homogéneo; es, más bien, una constelación de voces. Hay narrativa, poesía, prosa poética; hay textos eróticos y de desamor, hay poemas que justifican el escribir y textos que denuncian la urgencia de hacerlo. Hay páginas que se deslizan con suavidad y otras que arañan, que incomodan, que se quedan en la piel. La libertad editorial se percibe de inmediato: no hay un molde que domestique el decir; cada texto respira a su modo, como si las autoras hubieran escrito con la ventana abierta al desierto, dejando entrar la luz y el viento sin filtros.
En ese territorio plural, los personajes (casi siempre mujeres) emergen con fuerza. Son personajes redondos, dueños de sí mismos, con matices que rompen cualquier molde. No hay aquí el estereotipo de la mujer escrita únicamente desde la fragilidad o la ternura, aunque la sensibilidad esté presente; hay, además, resistencia, humor, deseo, y la certeza de que la vida de una mujer puede contener la furia de una tormenta y la calma de un amanecer, en el mismo cuerpo y en la misma página.
Entre estas voces encontramos mujeres campesinas que trabajan con las manos y con la memoria; mujeres brujas que se mueven entre la superstición y la rebeldía; mujeres niñas que aprenden a mirar el mundo desde un filo peligroso; mujeres viejas cuya vejez no es sólo un lugar de respeto, sino también de transgresión. Aquí, la edad no se cuenta con arrugas, sino con los riesgos asumidos.
La diversidad no está sólo en las temáticas, sino en el modo de habitar el texto. Hay piezas donde la nostalgia se derrama como agua lenta, y otras en las que se esconde un sentido del humor tan fino que uno sonríe sin darse cuenta. Algunas voces inventan mundos; otras, aunque partan de la ficción, dejan entrever una herida real. En todas hay una forma de decir: yo existo, y mi existencia tiene historia, risa, cuerpo, deseo, memoria y lucha.
Uno de los aciertos más grandes de Plumas del desierto es la manera en que dialogan la narrativa y la poesía. La prosa poética actúa como puente, llevando imágenes cargadas de lirismo hacia relatos más extensos, o infiltrando destellos narrativos en poemas que, de pronto, parecen cuentos a medio decir. Esa mezcla ofrece un ritmo propio: el libro se lee como un caminar por un terreno que cambia de textura (arena, piedra, hierba), pero mantiene siempre la misma dirección: hacia adentro, hacia el núcleo donde la escritura es refugio y trinchera.
Hay también un posicionamiento claro: se escribe desde una mirada de mujer que sabe que, aunque el mundo haya cambiado, aún persisten las cicatrices de siglos de silencios impuestos. En cada página se siente esa memoria larga, esa conciencia de que hubo un tiempo en que escribir podía ser un acto prohibido, un riesgo, y que todavía hoy, de formas más sutiles, hay barreras que derribar. Publicar, y hacerlo de manera autogestiva, es entonces un doble acto de resistencia: no sólo escribir, sino también poner el libro físico en las manos de quien quiera leerlo.
El carácter autogestivo de esta publicación no es un detalle menor. En tiempos en que parece que todo cabe en la pantalla y que lo digital lo devora todo, ver este libro en papel es un recordatorio de que la literatura necesita también cuerpo: hojas que se puedan tocar, subrayar, doblar. La autogestión, aquí, no es únicamente una estrategia de supervivencia editorial, sino una declaración de independencia. Estas plumas no han esperado a que alguien les abra la puerta; han construido su propia casa, su propio aire.
Y es que Plumas del desierto no busca encontrar “el hilo negro” de la literatura. No hay en sus páginas una obsesión por lo grandilocuente o por el artificio. Hay, en cambio, textos trabajados con cuidado, pero que conservan una sinceridad intacta. No se escribe para impresionar, sino para compartir, para tender un puente entre quien escribe y quien lee. Esa honestidad se siente: las palabras no están disfrazadas, y quizás por eso llegan más hondo.
El desierto, en este caso, no es sólo geografía: es metáfora. El desierto como espacio abierto, donde el horizonte se ve sin obstáculos, pero donde también hay que aprender a resistir el sol y la soledad. El desierto como lugar que parece vacío y, sin embargo, guarda vida secreta en cada grieta. Así son estas plumas: capaces de alzar vuelo incluso cuando el aire quema.
En las historias y poemas que integran el libro, las mujeres hablan y escuchan, se enfrentan a pérdidas, se encuentran a sí mismas en el deseo, se saben vulnerables y también invencibles. Algunas sobreviven al peligro; otras lo buscan porque allí, en esa orilla incierta, sienten que viven de verdad. Algunas miran el pasado con ternura; otras lo cuestionan. Todas, de alguna manera, están escribiendo su propio mapa.
Leer Plumas del desierto es encontrarse con un coro múltiple. Cada voz trae su acento, su ritmo, su manera de usar el silencio y la palabra. Algunas se quedan en la memoria como un susurro; otras, como un grito. Pero todas dejan una huella, como si en cada página se hubiera desprendido una pluma que el lector recoge para sí.
Quizás ese sea el mayor valor del libro: recordarnos que la escritura, cuando se vive con libertad y con compañía, no es un lujo ni un pasatiempo, sino una forma de estar en el mundo. Que la literatura no se hace sólo en las torres de marfil ni en las bibliotecas solemnes, sino también en las cocinas, en las aulas, en las plazas, en los cafés, en las camas donde alguien escribe antes de dormir.
Plumas del desierto nos muestra que las mujeres no escriben sólo de lo que se espera que escriban; que la literatura femenina, si tal etiqueta sirve para algo, es tan amplia y compleja como la vida misma; que en un mismo libro pueden convivir la ternura y la rabia, la risa y la melancolía, la denuncia y el gozo.
Y así, este vuelo de diecisiete plumas no es sólo un libro: es una invitación. A leer, sí, pero también a escribir. A creer que hay palabras que sólo pueden decirse si se escriben juntas, en compañía. A recordar que, incluso en el desierto, siempre hay pájaros… y plumas.
Fotografías: Gerardo Romo/ Extraídas de FB: @Plumas del desierto
















