Fotografías: Cortesía
IBÁN DE LEÓN
La obra de Patricia Iriarte es, en cada poema, una constante interrogación: la interrogación del ser, el para qué de andar entre los laberintos de una existencia que a veces pareciera no tener sentido. “En esta orilla”, dice el poema “Travesías” (Mal de amores, 1992), “se agolpan todas mis preguntas”. El abanico de posibles revelaciones se abre como un mar frente a quien lee: la sima de lo desconocido. Los siguientes versos, su complemento, son una afirmación inquietante: “En la otra/ aguardan las respuestas”. ¿A qué distancia está esa orilla?, ¿cuándo arribaremos a su playa? ¿Algo como la brisa que trae la muerte podría explicarlo?
A la pregunta fundamental, la poeta nos entrega una respuesta que va de un extremo a otro de sus libros, que se derrama como el agua de lluvia (elemento central de su universo poético) inundando cada página. Se trata del amor, recogido aquí y allá sobre la piel del otro, lo otro. Un amor que, entiendo, sólo puede tocarse si vislumbramos la materia elemental del mundo, sus pequeños milagros. Por eso la interrogación es constante, porque la respuesta tarda en llegar. Es necesaria cierta sabiduría para acceder a ella. Hay, entonces, el peso del tiempo, del humano, por la vida, que va deteriorando lo que palpa mientras busca. De ahí la violencia, la devastación, el sinsentido del mal y la sangre derramada por los “señores de la guerra”: habrá que asociar el desarrollo de lo que llamamos civilización, el crecimiento exponencial de la urbe, su legado de concreto, con la falta de respuesta.
La materia del mundo va entrando lentamente en nuestros ojos, en su comprensión. Pero dicha comprensión no es lineal ni ocurre de forma espontánea: tiene que ver con la experiencia. A mayor observación, mayor sabiduría. Observación es quizá la palabra correcta para describir el fenómeno. Observamos el mundo desde el primer instante, desde que la luz se hace en nuestros ojos (la luz es otro de los elementos medulares en la poesía de Iriarte). Frente a la oscuridad del mal, la destrucción, sus armas, el concreto borrando los veranos, la tristeza de una noche cerrada como tormenta, oponemos la luz de un sol que “todos los días se asoma tras la tapia”. Esa luz nos revela la belleza de la vida, de las presencias cotidianas que son milagros a los que ya no solemos prestar atención. La voz del poema convoca a volver la mirada hacia aquello que ha dejado de asombrarnos: árboles, insectos, pájaros, hierba. Si somos capaces de detenernos en medio del tráfago, podremos ir acercándonos al hallazgo de una respuesta.
El sentido del polvo llenando nuestros pasos, percibimos mientras nos adentramos en nosotros mismos, es lo que crece en el árbol de mango como una flor que alumbra las mañanas. Al mirar nuevamente la belleza que sucede a diario (el enigma de la savia que recorre los huesos), empezaremos a amar en el otro la parte que también somos. Porque sí: el árbol soy yo, el fruto, la tierra, sus pájaros. Estamos hechos del mismo barro. Todo lo que tiembla de sol, con su savia de fuego, conecta con el ojo que lo mira. Hay el milagro ocurriendo a cada segundo: misterio que no se puede explicar sino con la intuición. Amar en mí al prójimo que es la vida porque yo soy la vida: amar para reconocerme, porque “todo está escrito en estas tierras, en estos árboles, en estos caminos”.
El amor hacia mi semejante debería, entonces, manifestarse como conciencia que busque preservar lo que alienta sobre la tierra, sus criaturas primarias, el paisaje en lo alto de un domingo lluvioso. Otorgarle a las cosas su peso justo. Porque, ¿qué es más valioso: una “larga y rugiente carretera” o el manglar y sus raíces donde habitaban cangrejos y pájaros? Esta es la enseñanza. Al fondo del verso aparece una revelación esencial, aunque “el humano, en su ignorancia, sigue preguntándose la razón de su presencia” en este ir y venir que llamamos edad, las estaciones del cuerpo. Por este motivo, apunta Patricia Iriarte, “aún se confía en el poder de la poesía”.
