Pablo Salazar López, Tras la huella del ñandú,
Editorial Universidad de Guadalajara, Guadalajara 2025.
GONZALO LIZARDO
Tras la huella del ñandú es un libro de cuentos inusitado, acaso porque se inscribe en un canon inusitado: el canon de lo indefinible, de lo raro. Por encima parece un anecdotario personal, una colección de asuntos cotidianos expuestos por un narrador que identificamos con el autor del libro. Luego descubrimos que esta levedad es aparente. Si estos ensayos narrativos (o narraciones ensayísticas) consiguen despertar y sostener nuestra curiosidad, lo hacen por gracia de su escritura: por ese yo lúcido, autoconsciente y poético, que escribe sobre su propia vivencia, sobre los seres y los acontecimientos que conforman su existir. Descubrimos entonces que la escritura de ese yo (su alma siempre atenta) ha conseguido convertir la realidad en leyenda: en realidad digna y apta de ser leída. Y concluimos que este libro, en el fondo, es un autorretrato, de modo que Tras la huella del ñandú sería una novela fragmentaria, autobiográfica o autoficticia, siempre en construcción, en proceso, en perpetua reescritura.
Así se nos confirma desde el primer relato, que transcurre en un tren, tras la huella de una argentina. “Por aquel entonces, apenas empezaba a recopilar ‘retazos poéticos’, sin anticipar que se quedarían en eso, en fragmentos permanentemente inconclusos” (p. 13), nos dice el narrador para justificar su estrategia poética. Mientras recopila esos retazos, las circunstancias exteriores —los vagones del tren, los demás pasajeros, las contingencias del viaje— enmarcan y catalizan el verdadero asunto del texto: el diálogo entre el narrador y la argentina, un cortejo retórico que inicia gracias a un libro de Vila-Matas, Suicidios ejemplares, deriva luego hacia el tema del suicidio en los trenes y de ahí se traslada a los bosques de Kerala donde crece “el árbol de los suicidas”. En ningún momento sabemos por qué motivo viajan los personajes, ni qué pretenden con sus palabras, pero poco a poco intuimos que lo hacen adrede: porque de ese modo se les abren todas puertas, todas las posibilidades del mundo.
De cierto modo, Tras la huella del ñandú es un libro de viajes, aunque algunos sean inmóviles, travesías estáticas sin llegar a ser extáticas: el viaje como digresión o la digresión como viaje. A la manera de Efrén Hernández, Cortázar o del susodicho Vila-Matas, Pablo Salazar López es un maestro de la asociación libre de ideas, un erudito del debraye, un artífice de la analogía, ejercida como agudeza y arte de ingenio. Una simple paloma que viene a morir a su terraza, basta para que su pluma fluya y evoque el senicidio ritual de los vikingos, la muerte de Cristo o la obra de Bohumil Hrabal, mientras explora todos los nombres posibles de la paloma y todas sus posibles vidas. Al final, cuando Gustavo Gil desaparece, el narrador supone que era “un heraldo profético” que “tras entregar su mensaje, hubiera ascendido al pequeño Sinaí de mi terraza para desaparecer, arrastrada por el viento, hacia las alturas. De entre todas las posibilidades, esa me parecía la más digna. Tal vez la escritura lleva a eso y está bien” (p. 31).
Pero muy triste sería el viaje que nos propone Tras la huella del ñandú, si su trayecto no estuviera plagado de sorpresas. El cuento que da título al libro, comienza con una imagen prestada de Felisberto Hernández, el escritor uruguayo: un ñandú que se come un corazón de piedra verde. Mientras rumia su propia piedra —un pisapapeles—, el narrador piensa en sus propios pueblos de la memoria y piensa si será posible escribir una novela readymade, al estilo de Marcel Duchamp. ¿Puede ser arte un urinal? ¿Puede ser la búsqueda del ñandú una novela? Ni el lector más avispado podrá imaginarse que esa pregunta conducirá al narrador hacia una historia de su infancia, en la reserva de El Triunfo, en Chiapas: la muerte de la última águila arpía de México, que terminó metida en una olla de barro, hirviendo sin terminar de cocinarse nunca.
En este cuento se manifiesta otra de las virtudes del libro. Además de explorar la relación entre el viaje y la escritura, Tras las huellas del ñandú nos relata la amorosa relación entre el yo que escribe y la Naturaleza que lo rodea, que lo intriga, que lo fascina o lo alimenta. Por eso nos habla de las peleas de grillos, de las palomas y los quetzales, de las flores de castaño o las virtudes afrodisiacas de la piña, que lo obligan a preguntarse:
“Habría que escribir sobre la decadente piña rusa de los albores de la revolución o rastrear los orígenes de la desafortunada acepción de la piña peruana. Buscar las claves de la agresiva piña argentina o de la homofóbica piña salvadoreña, sin olvidar a la opulenta piña miel que madura bajo un sol abrazador a la vera del Papaloapan. Sería bueno profundizar en el estudio de su influencia en la mejora y motivación del sexo oral, así como en la de su ancestral antagonismo con el espárrago. ¿Pero qué escritura sería esta? ¿Ensayos especulativos, crónicas, divulgación científica? ¿Odas, monografías? ¿Enumeraciones o itinerarios de escritura…?”
La respuesta ya la sabemos o al menos la intuimos: esa escritura sería un viaje, una digresión, una aventura del lenguaje tras la huella de una pregunta, de un recuerdo literario, de una metáfora viva. El narrador, ese viajero, nos conquista con su incansable capacidad de asombro, con su irresistible curiosidad por las creaturas, por las palabras, por las fotografías y las personas, sin tener que apegarse a nada (y mucho menos a las ex). Un coleccionista de epifanías, que nos invita en cada página a salir de nuestros lugares comunes para revisitar el mundo con nuevos ojos. “Como en esas caminatas en las que, en un momento de distracción, mis pasos volvían a andar por las calles de siempre: Tuxtla, la infancia en Chiapas, el calor omnipresente, los sueños y los hijos…” (p. 70) aunque jamás encontremos al ñandú que comía corazones de piedra verde.