FROYLÁN ALFARO
Es domingo por la noche. Tienes que entregar un informe el lunes por la mañana (bien podría ser una columna sobre filosofía). Pero en lugar de avanzar, abres YouTube, Facebook, o alguna otra red social, reorganizas los libros que no vas a leer, te haces un café (otro más), y piensas: “todavía tengo tiempo”. ¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué aun sabiendo que el tiempo corre, dejamos todo para después?
Procrastinar, generalmente, parece una simple falta de disciplina. Pero si miramos más de cerca, tal vez no sea pereza, sino algo más. Procrastinar puede ser un síntoma de una crisis existencial. Y eso, créase o no, ya lo pensaba un filósofo del siglo XIX llamado Søren Kierkegaard.
La filosofía existencial nos pone sobre la mesa una pregunta un tanto incómoda: ¿qué estás haciendo con tu vida? Y no se refiere a tus metas a largo plazo, sino a lo que haces minuto a minuto con el tiempo que tienes. Kierkegaard en obras como El concepto de la angustia y La enfermedad mortal, no habla de horarios ni de productividad, sino de la consciencia de que estamos arrojados al mundo, libres y sin excusas, como sacrificados a la nada.
Desde esta perspectiva, procrastinar no es sólo evitar una tarea. Es, en cierto modo, evitar enfrentarnos con nosotros mismos. Porque cada cosa que hacemos o dejamos de hacer es una elección. Y cada elección es una renuncia. ¿Y si elegimos mal? ¿Y si no somos capaces de ser lo que queremos ser? En vez de responder, postergamos. Porque decidir, de verdad decidir, da miedo.
Kierkegaard distingue entre el miedo y la angustia. El miedo tiene un objeto claro, por ejemplo, al dolor, al fracaso, al ridículo. Pero la angustia no apunta a nada concreto. Es el vértigo de saber que podemos elegir cualquier cosa. Es la libertad sin instrucciones.
Imagina estar en lo alto de un edificio. Quizá no sientas sólo el miedo a caer, sino también una extraña sensación de que podrías lanzarte. Eso es la angustia. Y vivir plenamente, dice Kierkegaard, implica sentirla. Sin embargo, la mayoría de las veces preferimos huir. Lo hacemos posponiendo, distrayéndonos, llenando el tiempo con ruido.
Por lo que la procrastinación no es sólo un mal hábito, sino una estrategia existencial, pues evitamos actuar para no asumir lo que significa actuar. Además, al no hacer mantenemos intacta la ilusión del “yo podría… si quisiera”.
Para Kierkegaard el mayor peligro no es fracasar, sino el hecho de no llegar a ser uno mismo. Él lo llama “la desesperación de no querer ser uno mismo”. ¿Te suena? Esa sensación de que uno se evade, se diluye, se esconde tras excusas. La procrastinación es cómoda, claro, pero su precio es el vacío.
A veces decimos “trabajo mejor bajo presión”. Tal vez. Pero también es posible que pospongamos porque tememos no estar a la altura de nuestras propias expectativas. Al dejar todo para el último momento, nos damos una coartada perfecta, pues si no sale bien, podemos decir que fue por falta de tiempo, no por falta de capacidad. Así, protegemos nuestro ego. Pero al costo de vivir siempre a medias.
Martín Heidegger, siguiendo a Kierkegaard, diría más tarde que el ser humano es un “ser para la muerte”. Es decir, vivimos con la certeza, aunque normalmente la ocultamos, de que el tiempo es finito. Cada segundo que pasa no vuelve. Sin embargo, actuamos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Procrastinar es tratar al tiempo como si fuera infinito y cada postergación es una pequeña negación de nuestra mortalidad. Lo haremos “mañana”, como si mañana estuviera garantizado. No se trata de ponerse dramático, sino de preguntarse honestamente: ¿qué haría si supiera que tengo poco tiempo? Porque lo cierto es que sí lo tenemos.
La filosofía, lamentablemente, no es como esos videos que se titulan “cómo dejar de procrastinar en 5 minutos”, no nos dice cómo salir de ese círculo vicioso, sólo nos ayuda a comprender que procrastinar no es simplemente una falla moral o una falta de voluntad, sino una manifestación de nuestra libertad y de nuestro temor ante ella. Kierkegaard no nos dice “trabaja más”, simplemente nos dice “asume tu existencia”. Sé consciente de que cada día es una elección y que esa elección te construye.
Por ello, tal vez, el primer paso no sea armar una rutina perfecta, sino dejar de escapar de uno mismo. Reconocer la angustia, aceptarla y actuar a pesar de ella.
Entonces, querido lector, la próxima vez que te encuentres viendo videos de gatitos en lugar de hacer eso que sabes que debes de hacer, tal vez puedas detenerte un momento y preguntarte: ¿de qué me estoy escondiendo? No se trata de culparse, sino de escucharse. Porque al final no hay un enemigo externo. Sólo estamos nosotros frente a la libertad, frente al tiempo, frente a la pregunta más simple y más difícil de todas: ¿qué voy a hacer con mi vida?