DANIELA ALBARRÁN
El pasado diciembre recibí como regalo el libro El ejecutivo al minuto: nuevas técnicas de dirección y, aunque se dice que no hay mejor regalo que un libro, a mí ese me pareció una ofensa y partiendo de ese regalo, en combinación de un reciente artículo publicado en El País1 me puse a pensar varias cosas que quisiera desglosar. El punto central del artículo es que se publican demasiados libros comparado con la cantidad de lectores que existen. Sí, hay una sobreoferta y, aunque la demanda no es escasa, todos los días se publican demasiados libros. El tema aquí es que se publican textos del tipo que cité al inicio: textos basura, y lo digo con todas sus letras.
Sorprendentemente, este libro está en librerías desde 1982 (y sí, le di el beneficio de la duda y comencé a leerlo; obviamente no seguí). El tema es que estoy segura de la sobreoferta de libros de este tipo; solo falta dar una vuelta por una feria del libro donde la oferta es cada vez más decadente. En el mejor de los casos, encontramos literatura popular2, como autorías tipo Anne Rice, Stephen King, Sarah J. Maas o todas las sagas de adolescentes (sí, yo también leí sagas cuando era adolescente), y, en el peor de los casos, libros de dudosos autores cuyo único objetivo, como lo dice el artículo citado, es llenar los estantes para ir a parar, en poco tiempo, a la guillotina.
Sí creo que hay un problema de sobreoferta, pero también veo dos problemas graves en torno a este tema:
Primero: El mundo editorial y la formación de los editores: ¿Realmente las personas que tienen el poder de decisión en editoriales de prestigio o universitarias tienen la capacidad para hacer un trabajo de edición o selección de textos? No supondré el amiguismo que impera, pero sí creo que muchos no tienen una formación literaria. Pienso en mi círculo geográfico: la editorial de mi universidad no está a cargo de una persona que se dedique particularmente a la literatura y eso se nota en su oferta literaria casi nula. En una perspectiva general, las editoriales están a cargo de personas cuyo conocimiento literario es escaso y, por ello, ofrecen libros de dudosa calidad.
Segundo: La literatura como símbolo de estatus: Hace unos días vi en un post de IG que se habla de cómo, en la actualidad, la literatura se ve como un símbolo de estatus porque solo algunas personas tienen el tiempo y el espacio físico y mental para la lectura. Eso ya es per se un problema, pero yo veo otro: a veces, la gente que puede hacer espacio en esta ajetreada vida lo hace para leer libros como el primero que cité. Leer basura que solo aporta «cháchara». En realidad, leyendo este tipo de literatura (y literatura popular) no se llegará a tener un horizonte estético, porque no se sostiene una conversación con un objeto artístico que sea un libro literario en la más estricta de las perspectivas.
La literatura es un arte y, aunque existen libros hechos para entretener y aportar «otro tipo de saberes», lo cierto es que se publican muchos más libros como el primer ejemplo que verdaderamente literatura, y eso contribuye a que la gente tenga acceso a libros “basura” que al final del día, y afortunadamente, terminarán en la guillotina. El tema es que, aunque hay acceso a libros, hay poco acceso a la literatura, y eso al final se ve tanto en la oferta como en la demanda. Yo constantemente me pregunto: ¿qué leen los que leen?, ¿cómo van construyendo su perspectiva estética frente a un texto?, ¿cómo conocer un libro nuevo?, ¿la gente ve recomendaciones en redes sociales?, ¿lee reseñas en internet?, ¿los que leen y tienen formación literaria hacen crítica literaria y la promueven?, ¿escriben reseñas? No lo sé, son preguntas que me surgen y quisiera poner a discusión en manos de aquellos que leen.
Referencias
1El dato que alarma a las librerías de España: la mitad de los títulos que tienen disponibles no vende nada: https://elpais.com/cultura/2026-04-12/el-dato-que-alarma-a-las-librerias-de-espana-la-mitad-de-los-titulos-que-tienen-disponibles-no-vende-nada.html
2Que ojo, creo que leer ese tipo de literatura te puede abrir el camino para después tener lecturas más serias.